San Pedro Sula, Honduras. “Volvería si, con la edad que tengo, 59 años, me permitieran trabajar y ganar un sueldo digno, y también si fuera un país seguro”, respondió Lidia Erlinda Sevilla a una consulta realizada por EL HERALDO sobre qué tendría que cambiar en Honduras para considerar regresar.
Sevilla señaló que actualmente vive en España y que, de no encontrar esas condiciones, prefiere permanecer allí. Las respuestas son opiniones individuales; sin embargo, ponen rostro a una interrogante que también aparece en los datos del Banco Central de Honduras (BCH): ¿qué pierde el país cuando parte de su población en edad productiva tiene que irse para prosperar?
La opinión de Sevilla también coincide con algunas de las preocupaciones expresadas por Bayron Rodríguez, otro hondureño en el extranjero, quien mencionó que para regresar “tantas cosas tienen que cambiar, desde la inseguridad que vive el país, la falta de empleo y hasta oportunidades para emprender con un negocio”.
Una encuesta del BCH aplicada a 865 emigrantes hondureños entre el 5 y el 13 de enero de 2026 encontró que 48.8% manifestó intención de regresar permanentemente a Honduras. El sondeo fue levantado en aeropuertos y mediante llamadas realizadas por el Instituto Hondureño de Migración y la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Las razones que los empujaron a salir también se relacionan con las condiciones que esperarían encontrar si algún día regresan. Pero antes de hablar del retorno, hay una pregunta de fondo: ¿qué perdió Honduras con su salida?
La respuesta apunta a varios costos: mano de obra en edad productiva, producción que dejó de generarse dentro del país, trabajadores formados y experiencia laboral que terminó siendo aprovechada por otras economías. Los estudios y expertos consultados muestran que ese costo va más allá del dinero que posteriormente retorna mediante las remesas.
¿Por qué decidieron irse?
La encuesta del BCH permite conocer las razones que mencionaron los participantes para migrar. La búsqueda de una mejor calidad de vida encabezó las respuestas, con 36.2%. La reunificación familiar representó 25.5%, mientras el desempleo alcanzó 17.3%. Los bajos ingresos representaron 8.7% y la inseguridad ciudadana, 6%.
Las respuestas muestran que la salida no obedece a una sola causa. Factores económicos, familiares y de seguridad aparecen entre las motivaciones reportadas por los migrantes consultados.
Trabajan y se preparan afuera
Entre los emigrantes encuestados, 66.5% reportó tener un empleo permanente, 18.1% tenía un negocio propio y 15.4% trabajaba temporalmente. El informe identifica la presencia de esta mano de obra en sectores como la construcción, los servicios domésticos y de cuidado, hoteles y restaurantes, manufactura, transporte y almacenamiento.
A pesar de las barreras culturales y de idioma, algunos participantes señalaron que, tras salir del país, continuaron preparándose profesionalmente mediante cursos y diplomados.
Los resultados no son suficientes para afirmar que Honduras pierde exclusivamente trabajadores altamente calificados. Sí permiten observar que una parte de la muestra trabaja, emprende o continúa adquiriendo conocimientos fuera del país.
El costo de quienes dejaron de producir aquí
Otro estudio, publicado por el Banco Mundial, intentó aproximarse al ingreso laboral que los emigrantes habrían generado si permanecieran trabajando en sus países de origen.
Para una cohorte hondureña observada alrededor de 2014, los migrantes representaban aproximadamente 2.9% de los trabajadores locales. Los salarios que potencialmente habrían generado en Honduras equivalían a cerca de 3.5% del ingreso laboral interno.
La estimación representaba alrededor de 1.5% del producto interno bruto (PIB). Los investigadores también encontraron evidencia de selección positiva entre los migrantes hondureños analizados: sus características observables estaban asociadas con un potencial de ingresos superior al promedio de quienes permanecieron.
La cifra tampoco representa una estimación de lo que Honduras pierde actualmente. Sirve como antecedente para mostrar que el costo económico de la migración puede involucrar tanto la cantidad de trabajadores que salen como las características de esa mano de obra.
“El país está regalando su mano de obra”
Para el economista hondureño Ismael Zepeda, la salida de población en edades productivas representa “uno de los principales costos que asume el país”.
El problema, sostiene, no se limita a profesionales con educación universitaria. También involucra mano de obra necesaria para sectores como la agricultura, la agroexportación y la industria textil.
Zepeda menciona como ejemplo las dificultades para encontrar trabajadores durante las cosechas de café. También señala la reducción de personas disponibles para desarrollar algunos oficios.
“El país realmente está regalando su mano de obra y no la está aprovechando”, afirmó el economista. Zepeda explica que el costo puede medirse desde distintas variables, entre ellas el aumento de los costos laborales ante una menor disponibilidad de trabajadores y la producción que deja de generarse por falta de mano de obra.
A ello suma la inversión realizada en la formación de personas que posteriormente utilizan esos conocimientos fuera de Honduras, desde trabajadores capacitados en oficios hasta personas con formación técnica o universitaria. Aunque esa actividad laboral se desarrolla en el extranjero, parte de los ingresos generados vuelve a Honduras mediante las remesas.
Según los datos del BCH, 55.4% de las remesas regulares se destinaba a manutención, que incluye alimentación y ropa; 23.8% a tratamientos médicos y 7.7% a educación. El ahorro representaba 3.8%; la adquisición o mejora de vivienda, 2.2%, y la inversión en negocios, apenas 0.8%.
Para Zepeda, los beneficios de las remesas y el costo económico de la salida de trabajadores deben analizarse por separado.
“Quien realmente aprovecha la mano laboral inmigrante es el país que los recibe”, sostuvo. Su argumento es que la producción y experiencia del trabajador participan directamente en la economía donde desarrolla su actividad.
Honduras recibe parte del ingreso producido mediante las remesas, pero no necesariamente la actividad económica que lo generó. Para Zepeda, esos envíos cumplen principalmente una función de sostenimiento familiar.
El economista define la remesa como “un precio que paga por dejar a su familia atrás”. Los datos sobre el destino de los envíos muestran precisamente un fuerte peso de la manutención, la salud y la educación. Durante el primer semestre de 2026, Honduras recibió $6,515.4 millones en remesas familiares, un aumento de 12.34% frente a los $5,799.6 millones registrados en igual período de 2025. Esto significó $715.8 millones adicionales.
Estados Unidos concentró $6,410.6 millones de los envíos. España ocupó el segundo lugar con $66.1 millones, mientras Canadá y México registraron montos menores.
Las remesas tienen un papel fundamental para los hogares y para la economía hondureña. Los datos muestran que permiten cubrir alimentación, salud, educación y otras necesidades.
Pero los dólares no cuentan toda la historia. Detrás de los envíos existen personas que pasan años trabajando, emprendiendo y adquiriendo experiencia fuera de Honduras. Los antecedentes analizados muestran que la emigración también puede traducirse en producción e ingresos laborales que dejan de generarse en el país, además de la salida de trabajadores con experiencia y conocimientos.
La encuesta de 2026 añade otra pieza: casi la mitad de los emigrantes consultados por el BCH contempla regresar permanentemente. Para personas como Lidia Erlinda Sevilla, esa decisión también pasa por las condiciones que encontrarían al volver: poder trabajar, recibir un salario digno y vivir con seguridad.
El desafío para Honduras no es solamente cuánto dinero pueden seguir enviando quienes están afuera. También es si el país puede generar las oportunidades necesarias para que parte de esa experiencia y capacidad laboral encuentre razones para regresar.