Las democracias pueden extinguirse si el diálogo desaparece. En Honduras conocemos ese peligro. Hay que convocar a un Diálogo Nacional. Tal la propuesta permanente de la plataforma cívica Defensores de Honduras (DFH).
No por espectáculo, ni por impunidad ni por repartición de poder. Debe ser un diálogo entre los demócratas. Entre quienes creemos en las libertades públicas, en la economía de mercado, en la propiedad privada, en el pluralismo político y en el Imperio de la ley. Un diálogo sin extremos ideológicos y sin que se siga viendo al Estado como botín.
En las elecciones de 2021, los hondureños cansados de corrupción, pobreza e inequidad, decidieron. Pero esa esperanza fue traicionada y el clientelismo y la corrupción fueron exacerbadas, la confrontación elimino el consenso.
Aquella administración, la Castro Zelaya, sucumbió a la tentación de la izquierda orate latinoamericana: la colonización de la nación. Que confusión: hicieron del triunfo electoral un cheque en blanco. Olvidaron que la soberanía reside en el pueblo, que el ejercicio del poder es limitado, que la alternabilidad en la presidencia de la republica y los derechos fundamentales no dependen de caudillismos.
Con estos principios debilitados todos perdemos: el gobierno, la oposición, los indiferentes, pierde Honduras. No se avanza implementando el odio como estrategia electoral, menos la mentira.
Garantizar la libertad de expresión es la base del dialogo. La democracia es convencer no imponer.
Necesitamos inversión y para ellos, seguridad jurídica que genere confianza a traducir en empleos. Ya no se puede continuar distribuyendo privilegios. Hay que crear riqueza y solo se logra con institucionalidad fuerte.
Sobre esto tenemos que dialogar.
La conflictividad real en Honduras, no es ideológica. Es entre corrupción y anticorrupción. Entre el embate al estado de derecho y su defensa. Es entre el republicanismo y patrimonialismo. Entre libertad y opresión. Los demócratas tenemos que dialogar. Y pronto.