Fue el Día del Libro ayer y a Honduras le vale. Apenas una tibias menciones. No se han distinguido los hondureños -al menos en la época moderna- por apreciar el conocimiento y el mundo que se abre en cada texto, queramos aceptarlo o no. Y se nota: los países con hábitos de lectura tienen niveles altos de educación, innovación, productividad, desarrollo y prosperidad.
Está demostrado que leer no solo enriquece el conocimiento, sino que desarrolla habilidades cognitivas, fortalece el pensamiento crítico, estimula la razón y el entendimiento y, lo más importante, permite la comprensión profunda para analizar problemas complejos. Muchos de los males hondureños tendrían respuesta en el raciocinio y la inteligencia.
Como el desafecto por los libros es casi general en Honduras -a casi nadie le importan-, el vacío resalta en todas las actividades: empresarios incapaces de crear nada; trabajadores sin iniciativa; votantes que escogen a cualquiera; funcionarios incompetentes; diputados ignorantes y la mediocridad en las profesiones y oficios. Y encima les molesta que se los digan, porque la soberbia es parte de lo mismo.
Visto así, el paisaje es desolador, un problema transversal que también sufre el Estado, las élites económicas y políticas, los medios, los gremios, la sociedad civil; como si estuviéramos condenados a la ignorancia y a la pobreza para siempre. Pero no es cierto, muchas naciones pasaron por lo mismo y ahora tienen prosperidad económica y social; lo llaman “milagro”, pero no es tal, sino una base sólida de cultura y educación.
No hay que blanquear la tragedia: que el desinterés por los libros o esquivar el conocimiento esté extendido a toda la población y se manifieste como un lamentable fenómeno cultural, no exime culpas, es una responsabilidad compartida por todos los actores que tienen el poder de cambiar las cosas.
Desde luego, no podemos esperar nada del Ministerio de Cultura, dirigido por funcionarios baldíos, capaces de quemar libros; no digamos del Congreso Nacional, cuya nutrida junta directiva desparrama lo cerril por todo el hemiciclo, con extraordinarias excepciones. Menos de grupos de sociedad civil que solo ven sus negocios.
Tampoco del Periodismo, aunque sus manuales de ética y en las aulas universitarias repitan como mantra que el compromiso es informar, orientar y educar. Antes, los periodistas eran intelectuales, incansables lectores y hasta escritores; ahora a muchos les preocupa más su imagen, sus “like” en redes, son “influencers” o “infotainer”, desatentos con los libros.
Claro que con lo que queda de los medios de comunicación y los movimientos culturales que sobreviven se puede hacer algo, incluso aprovechando las mismas redes sociales. Poco a poco. Parecido a sembrar en un erial abandonado. Que el 23 de abril no sea solo una pequeña Feria del Libro con un gran esfuerzo, un día cualquiera, mientras la ignorancia nos condena.