Nunca en los veinte años que llevo viviendo en Colombia he visto tanta preocupación, tanta zozobra e inquietud en los colombianos como en estos días previos a las elecciones. Es normal: la simple posibilidad de que el candidato de las FARC y heredero de Gustavo Petro, Iván Cepeda, pueda ganar las elecciones del próximo 21 de junio genera terror entre los empresarios, los jóvenes que no ven luz al final del túnel y millones de colombianos y colombianas de todas las edades, condiciones sociales y ocupaciones que están aterrados ante tal perspectiva. No es para menos.
Tal posibilidad no debe descartarse porque la izquierda que gobierna Colombia es capaz de todo, porque seguramente es la más corrupta, sucia y tramposa de todo el continente, y el presidente Petro es una persona pérfida que ni siquiera reconoció en la primera vuelta el veredicto de las urnas y la victoria del candidato de la oposición, Abelardo de la Espriella, favorito en todas las encuestas para ganar esta segunda vuelta a celebrarse el 21 de junio.
Una vez asumido el escenario de una derrota histórica en las urnas, el presidente Petro, junto con su cohorte de cipayos, ha comenzado a amenazar con que, si se produce una victoria del candidato opositor —al que califican abiertamente de “fascista”—, habrá una protesta social masiva, al estilo de la que se organizó durante meses contra el expresidente Iván Duque, y a atizar el fuego de la protesta para sembrar el caos en el país. Generar el miedo, sembrar el temor entre la población decidida a superar la etapa más siniestra de la historia de Colombia e intentar cambiar la voluntad popular mediante argucias, engaños y trampas, incluso llegando a un fraude masivo, es parte de la estrategia de la izquierda en estas elecciones.
El propio presidente Petro, un irresponsable que en vez de dedicarse en estos años a moderar y sosegar el país sólo sembró divisiones, ha estado durante toda la campaña atizando con ardor la discordia, el odio entre los colombianos y enarbolando un discurso beligerante y provocativo, incluso insultando a los votantes de la oposición. Petro no ha ayudado absolutamente en nada a calmar las agitadas aguas por las que discurre el río de la crispada y polarizada sociedad colombiana. Fiel a su estilo marrullero, artero y retorcido, el mandatario ha amenazado con liderar el mismo ese estallido social si su candidato pierde las elecciones y hacer ingobernable el país.
Más lejos que el presidente Petro ha ido el exsenador del Pacto Histórico Gustavo Bolívar, quien ha lanzado una fuerte advertencia sobre el escenario colombiano al afirmar que podría desatarse una “guerra civil” si un eventual gobierno de Abelardo de la Espriella intenta “destripar” o “aniquilar” a la izquierda. Ante estas amenazas claras de varios dirigentes de la izquierda de replicar la victoria del candidato de la derecha con una protesta social violenta, el expresidente Álvaro Uribe, faro moral y ético de la Colombia que resiste al desgobierno de la izquierda, ha afirmado que “Petro merece destitución y encarcelamiento. Por desesperado que esté, porque Cepeda puede perder las elecciones, no tiene derecho a la cobarde instigación de violencia al pueblo colombiano, a la amenaza de más violencia si pierde”.
Está claro que estas elecciones del 21 de junio no son unos meros comicios protocolarios, sino que Colombia se está debatiendo entre la continuidad de su sistema democrático o la instalación, durante décadas, de un régimen de corte neocomunista al estilo venezolano e incluso cubano. Tanto el candidato Cepeda como Petro no han ocultado nunca su admiración por la dictadura comunista que rige los destinos de esa gran ergástula llamada Cuba desde hace ya sesenta y siete años.
Colombia se la juega este 21 de junio y se adentra en unos terrenos movedizos como nunca antes había pasado en su historia. Solamente una victoria rotunda, contundente y mayoritaria del candidato de la derecha, respaldada y reconocida por la comunidad internacional, podría conjurar estas amenazas y encaminar al país hacia una senda de prosperidad, progreso, seguridad democrática y bienestar. Pese a todo, lo que parecen desconocer Petro y Cepeda es que el entorno regional ha cambiado y que seguramente los Estados Unidos, con Donald Trump al frente, no permitirán un fraude masivo en las elecciones colombianas ni reconocerán a un presidente fruto de un proceso fraudulento.