El anuncio del próximo retorno al país del expresidente Hernández uno no sabe si interpretarlo como si fuese un globo sonda que mida cómo andan los ánimos y el sentir de la población en general, o bien, es una decisión tomada por cuenta y riesgo del interesado. Si este último fuese el caso, aquí hay mucha tela que cortar.
Primero, es cierto que el exgobernante tiene en toda la República incondicionales partidarios que irán, incluso, a recibirlo al aeropuerto y, luego, en caravana, acompañarlo hasta su residencia en la capital, ondeando en todo el trayecto las banderas partidarias y las del gonfalón nacional, al son de gritería, cantos, pitos, vuvuzelas y toda la parafernalia propia de un carnaval. Tal como ocurrió en el pasado cercano con un político y empresario sampedrano que, tras estar “precioso” dos años en los Estados Unidos, volvió a casa y fue nombrado candidato a la presidencia de la nación. Agreguemos que, en el caso que nos ocupa, no faltarán las patrullas policiales y, seguramente, la seguridad militar que le corresponde por haber sido un dignatario de Casa de Gobierno. Por el contrario, para nadie es un secreto que JOH tiene en su contra cualquier cantidad de anticuerpos, algunos de los cuales podrían pasarle una indeseable factura. Pueden figurar aquí parientes, colaboradores, socios, amistades, etc., de las personas que, vía extradición, fueron entregadas por su gobierno a la justicia estadounidense. Luego están los miembros y simpatizantes de Libertad y Refundación que le guardan un odio exacerbado. Y lo mismo acontece con muchos liberales, otras personas y hasta un buen puñado de miembros de su mismo instituto político. Sus desaciertos administrativos, una reelección ilegal, corrupción institucionalizada y vínculos sospechosos con el crimen organizado provocaron que su partido fuera apabullado contundentemente en las elecciones del 2021.
En todo caso, llegado al país, mantenerse al margen y con un perfil bajo es lo más saludable que pudiera hacer.