Una vez alguien me dijo: “El mundo no necesita a los escritores para que los humanos sobrevivamos; necesita del agricultor, del campesino”. Seguramente tiene razón. Nadie morirá de hambre si no hay escritores e, igual, son muy pocos los que leen, al menos en nuestro país. Pero los que sí disfrutan de la lectura entenderán que un libro te puede cambiar la vida.
Quien se siente identificado con el personaje de algún libro cuando el mundo no lo comprende es un alma que encontró un refugio ahí, en unas páginas, porque la literatura, aunque tenga mucha ficción, también está cargada de emociones, de sentimientos, de realidades que parecen ser individuales, pero que, sin duda, después se vuelven colectivas.
En un libro puedes encontrar un gran consejo del amigo que te hace falta; en un libro puedes entender lo efímera que es la vida y, a la vez, comprender la importancia de disfrutar de todos los momentos: aquellos llenos de felicidad y aquellos que, en su momento, parecen difíciles de superar, pero al final entiendes que son parte del proceso. Aunque Cien años de soledad esté lleno de realismo mágico, en algún momento de nuestras vidas todos estamos, aunque rodeados de personas, acompañados de una soledad que se cuajó en nuestra alma.
Además, quien lee El Quijote se da cuenta de que ese señor que se vuelve loco por seguir sus ideales no quiere otra cosa que un mundo más justo y que su lucha es justa, pues quiere vencer el miedo, la ignorancia y el miedo, mismo que utilizan para controlarnos. Es muy noble aspirar a que todos vivamos en igualdad de condiciones.Por otro lado, hay libros como la Biblia que muchos religiosos nunca han leído y, si lo han hecho, nunca la han leído completa.En conclusión, quien lee abre las puertas al mundo del conocimiento y entiende el mundo de manera distinta a como lo hacen los demás.