Palabras atribuidas a Pablo Neruda. “Nunca lo había pensado así, hasta que una mañana, con el café humeando, entendí que los años que tengo... ya se fueron, se quedaron en fotografías, en carcajadas viejas, en amores que ya no duelen, en ropa que ya no me queda y en sueños que mudaron de forma. Los verdaderos años que tengo son los que me faltan por vivir, los que aún no me han visto reír a carcajadas, los que todavía me guardan un abrazo, una charla bajo la luna o un brindis inesperado. A esta edad uno entiende que el tiempo ya no se mide en velitas ni en arrugas nuevas, sino en momentos que valen la pena, en risas que se quedan y silencios que no pesan. Los años que me faltan quiero gastarlos sin prisas, con la calma de quien ya no necesita demostrar nada.
Ya no me preocupa si el reloj corre o si la vida cambia de planes. Que corra, que cambie, que me sorprenda. Lo único que quiero es que los años que me quedan sean míos... vividos con el alma abierta, el corazón en paz y la certeza de que todo lo que fui, con errores y aciertos, me trajo hasta aquí. Y aquí estoy: tomando café, viendo pasar la vida por la ventana, agradeciendo los años que ya no tengo... y abrazando con amor los que me faltan por vivir”. Así mismo leemos a Mario de Andrade: “Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir que el que viví hasta ahora... Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: Los primeros los comió con agrado, pero cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente... Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena. Quiero rodearme de gente. Que sepa tocar el corazón de las personas... Gente a quien los golpes duros de la vida le enseñó a crecer con toques suaves del alma.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan... Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido. Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia”.