Un sobre blanco se convirtió en su mejor regalo.
Lo que para muchos significaría una hoja blanca con letras impresas, para Gilma Bardales era el inicio de una nueva etapa de su vida lejos de la leucemia linfoblástica aguda que le fue diagnosticada cuando tenía 11 años en su natal Yoro.
Los diagnósticos de sus últimos exámenes, luego de tres años de quimioterapia, de continuas inyecciones y de medicamentos de sabores desagradables estaban allí dentro, listos para ser leídos.
En ese momento no pudo esconder su ansia por conocer el contenido de aquel sobre que reposaba sobre el escritorio metálico de su médico.
Minutos después su médico, al que ahora consideraba parte de su familia, abrió el sobre, sacó la hoja y empezó una lectura rápida y en silencio.
Su cara no mostraba ninguna reacción, levantó su mirada, observó a la pequeña y su madre y con una sonrisa dijo: “Gilma, tus exámenes salieron bien”.
Esas son las cinco palabras que todavía hoy, a sus 21 años, recorren la mente de Gilma y la llenan de gran felicidad.
“Aún recuerdo esa sonrisa, yo estaba sana, mi madre comenzó a llorar de la felicidad, luego de tres años de tratamiento, quedé en vigilancia, ya no recibiría más quimioterapia”, recordó Gilma.
“Fue mi mejor regalo, ahora solo quedaría con la revisión de los médicos para ver que mi médula estuviera produciendo células normales, hoy llevo ya ocho años de estar en vigilancia y me han declarado libre de la enfermedad”, expresó.
La lucha que comenzó a lado de su familia, de los médicos y de la Fundación Hondureña para el Niño con Cáncer, había dado resultado y con eso venció los temores que durante tres años perturbaron su mente.
“Recuerdo que uno de los días que más miedo tuve fue al día siguiente de mi cumpleaños, porque tuve convulsiones y quedé sin visión, los médicos me llevaron al oftalmólogo en un clínica privada, pero gracias a Dios ya para la noche empecé a ver”, recordó la sobreviviente.
“Otra de mis preocupaciones era haber tenido que dejar de estudiar, eso fue muy triste para mí, pero mi deseo era poder curarme y creo que eso también me dio fuerza para declararle la batalla al cáncer y vencerlo”, expresó.
Al vencer la enfermedad, Gilma retomó nuevamente sus sueños: terminar sus estudios, servir a la iglesia y darse el mejor regalo de una mujer: ser madre.
“Me gradué de Técnico en computación y Bachillerato en ciencias y letras, fui asesora de un grupo de jóvenes de la iglesia a la cual asistía cuando vivía en Yoro, ahora recientemente me casé y vivo con mi esposo en Comayagua”, explicó.
“Actualmente me encuentro realizada como madre, Dios me bendijo con una niña bella y sana y eso me ha confirmado que el haber padecido cáncer no me ha limitado a poder cumplir mi sueño de ser mamá, le doy gracias enormemente a Dios, ya que la gente me decía que quedaría estéril”, comentó.
Gilma, que ahora se siente una mujer realizada, recuerda toda la ayuda que le fue brindada amorosamente por las personas que la acompañaron en su batalla contra el cáncer.
“Le doy gracias a Dios, quien me dio la oportunidad de curarme; a la Fundación, que me apoyó en todo lo necesario para mi tratamiento; a los médicos y enfermeras, que me ayudaron para hacer más fácil mi curación; a mis padres, que con su amor, paciencia y dedicación estuvieron siempre conmigo”, agradeció.
“Pero sobre todo quiero darle las gracias, ahora que puedo, al pueblo hondureño, porque colaboran con la Fundación para que a los que fuimos niños con cáncer y los que ahora lo son no les falten las medicinas”, expresó con emoción.
Esta experiencia llevó a Gilma a convertirse en uno de los cientos de padrinos que la Fundación Hondureña para el Niño con Cáncer mantiene para hacer realidad los sueños de otros menores.
“Ahora soy una persona feliz, vencí al cáncer y apoyo a la Fundación y hago una invitación a todas las personas para que apadrinen a los niños con cáncer, porque yo soy testigo de que el cáncer infantil tiene cura, si no mírenme a mí, sigo aquí”, concluyó.