Una vida de códigos: Don Héctor, el telegrafista hondureño de 102 años

Aprendió el oficio de telegrafista cuando era la forma más común de comunicación en Honduras. Llegó hasta tercer grado, pero probablemente ha leído más libros que cualquier universitario

  • Actualizado: 28 de junio de 2021 a las 00:00
Una vida de códigos: Don Héctor, el telegrafista hondureño de 102 años
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Tegucigalpa, Honduras.-
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Pocos podrán descifrar el mensaje anterior. Don Héctor González Lanza pertenece al selecto grupo que puede convertir esos puntos y rayas en palabras y frases.

“Feliz cumpleaños”, leerían los ojos de este curtido telegrafista hondureño que este lunes arribó a los 102 años, uno de los pocos connacionales en superar la alta barrera del centenario.

EL HERALDO reconstruye, con ayuda de su familia, la vida de este señor cuyo nacimiento ocurre el mismo día cuando en Europa se firmaba el Tratado de Versalles para poner punto final -su vida girará siempre en torno a los puntos y rayas- a la Primera Guerra Mundial: el 28 de junio de 1919.

Cuando la mayoría de niños en la actualidad van a cuarto grado a batallar con las tablas de multiplicación, el hijo de Guillermo Lanza y Alejandra González emigraba a los 11 años de su natal Guaimaca, Francisco Morazán, porque cargaba con una tabla más pesada: debía trabajar como policía en la capital de Honduras para mantenerse.

El zarco de Alejandra -como lo conocían en su pueblo por sus atrapantes ojos azules- tiempo después aprendía, pero aún sin ser mayor de edad, que un punto servía para algo más que finalizar una oración y que una raya no solo era útil para encerrar ideas.

Telegrafista

Con varios puntos y rayas, además de la acertada interpretación de telegrafistas como Héctor, alguien podía explotar un conflicto bélico (como el telegrama que Alemania envió a México durante la Primera Guerra Mundial y que desembocó en la entrada de Estados Unidos) o intentar cerrarlo (como el mensaje de un oficial alemán de aviación intentando derrocar a Adolfo Hitler pocos días antes de su suicidio).

La magia de los telegramas, esos mensajes que digerían en la brevedad de cinco, diez o quince palabras para dar anuncios importantes por su alto costo, eran el WhatsApp y el Twitter de la época.

Para don Héctor, el código Morse fue su castellano y lo aprendió para toda la vida. ¿Todavía lo recordará?, se preguntan sus hijos. 'Claro, eso nunca se le olvida a uno... ni se me olvida manejar ni nadar. Lo bien aprendido no se olvida', responde él con firmeza.

Foto: El Heraldo

Héctor de joven. A temprana edad aprendió el oficio de telegrafista y se quedó con ese conocimiento para toda la vida. Foto: Cortesía Familia González.

Ademas de policía, trabajó como celador, mensajero y receptor. Según cuenta su familia, su andadura lo llevó a Santa Lucia, Valle de Angeles y San Juancito, en Francisco Morazán; La Paz, La Paz; Siguatepeque, Comayagua; y La Esperanza, Intibucá.

Finalmente se radica en Tegucigalpa, donde conoce a la profesora Hilda Argentina Banegas, con quien contrae matrimonio el mismo año cuando Uruguay dejaba en raya a Brasil con el Maracanazo del Mundial de 1950.

Acostumbrado a la brevedad de su oficio, Héctor con Hilda Argentina (QDDG) vive todo lo contrario, pues cultivaron un largo matrimonio de 64 años y procrearon cuatro hijos: José Luis, Sagrario Argentina, Hector Alejandro y Sandra, quien atiende a EL HERALDO vía llamada telefónica.

A esa descendencia se suman Juan Rafael González (QDDG), Alejandra González y Héctor Jacobo González, todos anteriores a su matrimonio.

Ese árbol genealógico en la actualidad se extiende a 19 nietos, 17 bisnietos y 7 tataranietos.

Con uno de sus 19 nietos, con quien comparte nombre, Héctor Luis.

Con uno de sus 19 nietos, con quien comparte nombre, Héctor Luis.

Derrame cerebral

Sandra, la hija menor, cuenta que la mano rígida del hogar la tuvo su mamá, mientras que su papá era el emblema de la unión familiar.

'Todos los matrimonios tienen sus peleas, pero las tendrían en privado, porque nunca oímos una mala palabra de él para mi mamá o para nosotros', recuerda con una nostalgia que evoca a los mejores años de su infancia.

Como todo hombre hay un talón de aquiles y él lo tenía en toda aquella bebida que llevara alcohol. Él mismo cuenta que se rendía a los pies de tragos de aguardiante y hasta cususa, a base de dulce, maíz y caña de azúcar.

Todo cambió en 1963.

El mismo año cuando le ponían punto final a la vida del presidente estadounidense John F. Kennedy, la existencia de don Héctor quedaba en puntos suspensivos tras sufrir un derrame cerebral.

De este impacto logró recuperarse en un 70 por ciento. Su familia agradece a la intervención divina, a los cuidados de su esposa Hilda, a la entrega de los médicos y a las terapias recibidas del Instituto Hondureño de Rehabilitación del Inválido.

Era 1970, un año después de la Guerra de las Cien Horas entre Honduras y El Salvador, y la nostalgia por los puntos y las rayas invade a don Héctor, por lo que junto a su colega Cornelio Escoto (ya fallecido) instalan una escuela de telegrafía.

El proyecto no duró mucho, pues el sonido de cada pulsación taladraba los oídos de don Héctor, además de que los alumnos no quisieron seguir solo con don Cornelio.

Pese a sobrevivir al derrame, fue el 15 de abril de 2014 cuando realmente él pierde la mitad de su vida. Muere su esposa. Entre sus relatos, suspiros y semblantes, sus hijos aseguran que todavía la extraña como el primer día.

Foto: El Heraldo

Don Héctor con su amada Hilda Argentina, de quien se despidió el 15 de abril de 2014. Con ella se fue la mitad de su vida.

Un gran lector

Don Héctor no necesitó estudios superiores (en realidad solo llegó hasta el tercer grado de primaria) para adquirir la dimensión de sabio, porque el tiempo y su misma pasión lectora se encargó de hacerlo, según cuenta su familia.

Sus ideas son socialistas. De los políticos actuales no encuentra ninguno que valga la pena, porque sabe que se interesan por el presupuesto de la nacion para robar. Nadie lo engaña en sus 102 años, tiempo en que ha visto tantas promesas incumplidas porque anteponen sus intereses personales por encima de los de Honduras.

Aprendió lo mínimo del lenguaje de Cervantes, pero probablemente ha leído más libros que cualquier estudiante universitario de la época, como que sus ojos no están felices hasta ver letras -y algún punto y un par de rayas-. Historia, política, geografía, novelas de ficción figuran en su biblioteca mental.

Prueba de esa firmeza es que don Héctor todavía se levanta a las 6:00 de la mañana y lo primero que hace es leer Diario EL HERALDO. No por nada presumen sus familiares, y calculan sin temor, que es uno de los lectores con más edad de este medio.

'Ahora por su edad ya no lee libros, ya solo lee EL HERALDO, pero a veces solo los titulares, porque la letra pequeña le cuesta más', relata entre bromas su hija Sandra.

Foto: El Heraldo

Todavía está muy lúcido. A las 6:00 de la mañana, don Héctor ya está leyendo Diario EL HERALDO.


A pesar de las 102 vueltas de sol, 'es bien independiente, se cambia solo, se baña solo... fuimos los primeros en pasarnos a la zona 4 de la Cerro Grande y tenemos vecinos que de niños lo visitaban, se fueron y cuando vuelven se asustan porque todavía está vivo, lo quieren mucho aquí'.

'Estoy viejo, pero tonteras no hablo', dice don Héctor cada vez que su edad sale a relucir en una conversación.

Superar el centenario, más un bienio, es motivo de bendición para la familia. 'Le agradecemos al señor porque está lucido', reafirma Sandra, quien admite también que el peso de los años es notable en su caminar lento, ayudado con un andador.

Estos dos últimos años (2020 y 2021) han sido particulares por el encierro. Esa independencia de poder ir a la pulpería o salir a caminar un rato ya no es posible por el virus, pese a que ya recibió la respectiva vacuna. Ni pudo recibir la visita de sus amigos para celebrar sus 101 años, el año pasado, por la pandemia.

'No recuerdo haber vivido algo así', le ha comentado don Héctor a sus hijos, a pesar que, tal y como bromea uno de sus nietos -que por nombre lleva el mismo de su abuelo-, ha pasado de la Gripe Española, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la Guerra entre Honduras y El Salvador y cinco golpes de Estado.

Con Sandra la llamada está por finalizar, pero siempre queda un resquicio de querer contar algo más. 'Es bien díficil resumir 102 años de vida...'

Seguramente don Héctor, con un telegrama, puede hacerlo.

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Eduardo Domínguez
Eduardo Domínguez
Editor de El Heraldo Plus

Editor de El Heraldo Plus y La Prensa Premium. Con más de 12 años de experiencia periodística. Licenciado en Periodismo por la UNAH y máster en Investigación y Datos por la URJC (España). Exbecario del International Center for Journalist y de CONNECTAS.

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