Honduras

Angustiadas madres esperan para saber de sus hijos

Algunas han optado por escribirles cartas: “Manuel de Jesús, espero estés bien, nos vemos en la tarde.”

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07.04.2014

“Voy a buscar a mi hijo entre el cielo y la tierra”.

Su frase encierra la angustia, la desesperación, la incertidumbre y el inexplicable dolor que puede sentir una madre por no saber nada de su hijo.

Se trata de Antonia Perdomo, quien fue una de las protagonistas del ambiente de consternación y pesar que aún se vive en la Penitenciaría Nacional de Comayagua, después del incendio que dejó 357 muertos.

La desinformación por parte de las autoridades del penal es tan deplorable que a pesar de que han trascurrido tres días desde que sucedió la tragedia, hay familias que desconocen el paradero de sus parientes privados de libertad.

Confundiéndose entre personeros de organismos de derechos humanos, policías y de otros funcionarios, muchas madres de presidiarios lograron traspasar el portón principal, llegar hasta la guardia, unas para pasarles alimentos y ropa, mientras que otras a verificar si están vivos o muertos.

Por las afueras del reclusorio desfilaron desde jóvenes de ambos sexos hasta ancianas a las que, a raíz del trágico acontecimiento, las horas se les hacen largas para poder estar frente a sus parientes, abrazarlos y asegurarse de que están con vida.

Mientras tanto, el hermetismo de las máximas autoridades y de los mismos custodios no les permite tener respuestas satisfactorias a sus interrogantes.

Entre otros casos, sobresale el de doña Antonia Perdomo, quien se movilizó temprano de su casa ubicada en el barrio Lourdes de Comayagua con la esperanza de poder ver a su hijo, Óscar Alexis Perdomo, preso hace dos años.

Jamás se imaginó recibir la respuesta de los policías de que su vástago no estaba entre los sobrevivientes, a pesar de que la información preliminar que conoció es que únicamente había resultado con quemaduras leves.

“Yo quiero verlo con mis ojos porque él está vivo”, expresaba sin poder contener el llanto.

En su desesperación, la desesperada madre trató de abandonar las instalaciones gritando: “los voy a buscar entre el cielo y la tierra... malditos hijos de... todos, denme a mi hijo”, luego cayó desmayada en el suelo.

Desde Ajuterique, en el mismo departamento, llegó la anciana Elsa Marina Acosta, de 81 años, con la esperanza de ver a su hijo Denis Omar Acosta para dejarle un plato de comida y un refresco casero del que más le gusta.

“Le traigo una comidita, pepino con frijolitos, huevito y un fresco de maseca... a él le gusta el fresco de maseca”, expresó.
Prima de “El Chaparro”

En la fila de parientes que llevaban comida para los internos apareció la señora Enma García Ávila, de 74 años, madre de Manuel de Jesús Donaire García, desesperada por encontrarse con él y darle el abrazo que tanto ella necesita.

Aseguró que es prima hermana de Marco Antonio Bonilla, alias “El Chaparro”, el enfermero que logró salvar a varios compañeros al abrir las puertas de algunos módulos.

Llevaba en sus manos una carta de libertad con la cual reclamaba que sacaran a su hijo, pero le aclararon que él tiene pendiente otro delito.

Ante la imposibilidad de estar frente a su Manuel de Jesús, la anciana se puso a escribir una carta con el mensaje: “Manuel de Jesús, espero estés bien de salud, nos vemos en la tarde, porque nos han dicho que nos van a sacar para que nos veamos”, Enma, tu mamá.
Preso por un perro

Otros familiares reclamaban la libertad de otros presos, como el caso de una joven que aseguró que su tío José Gerardo Donaire tenía un año de guardar prisión por un perro al que él hirió para defenderse de un ataque.

“Mi tío tiene que salir, nosotros no estaríamos aquí sufriendo, imagínense por qué está preso, pagando un perro que está vivo”, expresó.

Aseguró que el único error que cometió Donarie fue defenderse de un perro pitbull propiedad de un pastor evangélico que lo atacó en la vía pública y él se defendió con un puñal.
Otras actividades

Desde horas de la mañana hubo movilización de reos, unos hacia los tribunales de justicia de la ciudad y otros a recibir asistencia médica al hospital Santa Teresa por las quemaduras que sufrieron.

Mientras tanto, otros realizaban labores de limpieza custodiados por agentes de la Policía Penitenciaria.

Al reclusorio llegó el equipo de la Oficina Técnica de Prevención y Seguridad Contra Incendios (OTPSI) del Cuerpo de Bomberos, al mando del coronel Leonel Silva, comandante de la institución en Comayagua.

En tanto, frente al portón principal de la penal permaneció un nutrido grupo de personas, hombres y mujeres, a la espera de información relacionada con el estado de sus parientes.

Visitas a internos

El director interino de la penitenciaría, inspector Dany Rodríguez, reiteró que la población actual es de 496 privados de libertad, quienes reciben asistencia médica Y psicológica, se les brinda la alimentación adecuada.

Agregó que ayer realizaban las coordinaciones para ver de qué manera este día les dan la oportunidad de ver a sus familiares otorgándoles la visita.

Aseguró que los horarios serán los normales de 8:00 a 4:00 de la tarde, pero con un tiempo limitado debido a que todavía no tienen las condiciones para que sea con normalidad.

Explicó que conforme a la ley el interno tiene derecho a cinco visitas, pero este día se verá el mecanismo y tienen habilitada la cancha deportiva.

“No sé de dónde saqué fuerzas para sacar a la gente”

Es el héroe del que todos hablan. Se trata Marco Antonio Bonilla, el hombre al que todos conocen en la penitenciaría de Comayagua como “El Chaparro”. Es el mismo al que muchos le deben hoy estar con vida.

“Estaba viendo televisión cuando comenzó el incendio y escuché el lamento de los compañeros... me levanté y fue un impulso agarrar las llaves y empezar a abrir las bartolinas. Fue una noche de terror, no es nada, nada fácil lo que sucedió. No nos explicamos”.

“El primer módulo que yo pude abrir fue el seis... pero salieron pocos. Es difícil, no quiero seguir hablando. En este momento no quiero recordar lo que pasó esa noche, no puedo. Estoy descontrolado de los nervios y no es fácil. Ellos -los presos- me dicen que por mí están vivos, no sé de dónde saqué esa fuerza, supongo que de ver a la gente, lo que estaba pasando, y agarré ese temple...”.

“Todo fue rápido, cuando menos acordé había fuego. Es complicado recordar esas cosas... aún es muy reciente”.

Bonilla es un reo de unos 50 años que para cientos de presos fue un “ángel”, un héroe.

“Cuando escucho que me dicen que fui un ángel me siento bien, de verdad... bueno, también porque hubiera querido salvarlos a todos... no se pudo”, dice con su voz entrecortada.

Marcos Bonilla llegó a la granja penal hace 17 años. Fue condenado a 22 años y seis meses de prisión por homicidio. Desde que llegó al penal trató de hacer algo útil y se interesó en la enfermería, ayudando a la profesional de la salud asignada a ese lugar.
Fue quizás su interés lo que motivó a las autoridades de la granja a mandarlo años después a Tegucigalpa para estudiar enfermería. “No fue mucho tiempo que se estuvo porque llevaba tres años ayudando a la enfermera del penal, de ella aprendió bastante, hasta a mí me atendía cuando llegaba a visitarlo”, comentó. “El Chaparro” lleva ocho años en esa labor.