“El problema del elefante” es el título de la obra ganadora del tercer lugar en la quinta edición del Concurso de Cuentos Cortos Rafael Heliodoro Valle.
Su autora, Suamy Lara, concursaba por primera vez en el certamen, y compartió que se sorprendió mucho cuando recibió la noticia, ya que su participación fue para motivar a su esposo, quien había enviado cuentos en ediciones anteriores sin lograr ninguno de los tres lugares, por lo que ella lo retó a escribir y enviar un cuento, para ver cuál de los dos ganaría. Al final fue grato para ambos saber que él había obtenido el primer lugar y ella, el tercero.
En su historia Suamy narra la penosa situación de un elefante, que luego de salir de un bar no podía entrar a su casa, pero luego de tanto pensar cómo hacerlo, cayó en la cuenta de que los elefantes no ingieren bebidas alcohólicas, y que esa situación era producto de la imaginación de un borracho.
A continuación el cuento, para que conozca más sobre esta divertida historia:
Al salir del bar, el elefante, un poco tambaleante, se dirigió hacia su casa sin saber el peculiar problema que le esperaba.
No podía entrar a su casa. La puerta era demasiado chica, o tal vez el monumental paquidermo demasiado grande. Pero de alguna manera había logrado salir de ahí. Sucede que el complejo pesaba lo suyo y últimamente le crecía a razón de dos pulgadas por día.
Lo menciono porque aparte del evidentemente voluminoso trasero, el pobre sufría la desgracia de poseer orejas de ratón. No lucía las proverbiales orejotas, acompañadas por la justa reputación de buenos oidores que tienen estos animales; y el carecer de sus tradicionales orejas, distintivo de marca paquidérmica, no le abonaba poco a su complejo de elefante feo y mal nacido.
Enfrentado al problema de la inaccesibilidad habitacional por un lado y el pesado cansancio por el otro (retiro lo de pesado, lo cambio por imperante. No sea que mi amigo elefante vaya a indisponerse) remataba neuronas pensando, desenrollando madeja intelectual para lograr acceder a su habitación y descansar.
¿Romper la pared? ¿De un impetuoso empujón abrir un espacioso agujero? ¡No, cuánto escándalo haría eso por Dios! Todos los vecinos asomarían sus inmiscuidas cabezas por las ventanas y ahí sí que se fijarían en sus orejas de ratón que tanto trabajo le había costado disimular a fuerza de sigilo y saludos cortantes.
Tal vez por la ventana pensó. Era más grande, pero sus patas de pato flaco no le permitirían ponerse de puntillas hasta alcanzar el marco sin que se rompiesen como palillos.
Sí, el pobre era un vademécum de pulidos defectos. Basta una sencilla enumeración para comprender la variedad de sus irregularidades: cuando este peculiar elefante rosa nació, vio la luz con ojos ligeramente “achinados”, sus ya mencionadas orejas de ratón y muy delgadas patas de pato. Una ensortijada colita de marrano coronaba su generoso trasero.
Pobre elefante, no puedo seguir describiéndolo. Me hace sufrir su desgracia.
Qué dificultad. Predicamento serio. ¿Seré tan incapaz de razonar? Se acusó el atormentado elefante (ojo, no soy yo quien lo piensa, pues dejo muy en claro desde aquí cuánto creo en este elefante).
¡Lo sé, lo sé! Lo tengo. Celebraba el paquidermo y se estremecía su barrigota de alegría y entusiasmo a cada salto. ¡Los elefantes no bebemos! Así que yo no tenía nada que hacer en un bar. Nosotros tomamos agüita con barro en trompa. Yo vengo del bar acompañando a este tipo que me está soñando otra vez.
Ya decía yo de dónde venía ese tufo a ron. Así es, el paquidermo lo resolvió. Esa no era su casa, ¡era la del borracho que lo soñaba! El buen paquidermo solo debía esperar, cuando su borracho creador despertara, él volvería al fantástico mundo desde el que lo habían arrebatado, con puertas gigantes y cómodas camas aptas para todo tipo de elefantes.
Hago constar que yo, el escriba oficial de los paquidermos imaginarios acomplejados, siempre confié en este elefante.
Autora
Suamy Lara