Gracias a la noble iniciativa de Matías Funes, respetado académico, analista y escritor, he tenido acceso al libro “Rosa náutica”, escrito por su padre -Matías Funes Cárcamo- hace más de cincuenta años.
En cierto momento le había hecho un comentario casual a nuestro querido maestro sobre el contenido de este libro, basado en un artículo suyo publicado en un periódico capitalino en el que hacía alusión a una frase propia de su padre: “Publicar un libro en Honduras es tarea de titanes”. Esta expresión seguramente no pierde vigencia. Más aún cuando los funcionarios que tienen bajo su responsabilidad el desafío patriótico de promover la cultura, de apoyar el talento surgido por iniciativa propia, dedican su tiempo a la diatriba, a la confrontación y al espectáculo circense.
“Rosa náutica” es una crónica de viaje escrita en Honduras tras el retorno de su autor de su prolongado periplo por alta mar, donde estuvo cinco años trabajando en diferentes barcos, lo que le permitió conocer 35 países de todos los continentes.
Aparte del privilegio y el lujo que se dio Matías Funes Cárcamo de conocer el mundo, es más importante destacar dos cosas: que un intelectual hondureño, ante la falta de oportunidades en su país, se ve en la necesidad de buscar mejores horizontes en las postrimerías de la cruenta Segunda Guerra Mundial.
Está claro que quienes han tenido a cargo los destinos del país, incluso en la actualidad, poco hacen por evitar el fenómeno de le emigración, más bien la fomentan dizque por la captación de divisas.
Otro elemento a destacar es la compañía permanente del libro, fiel testigo de las alegrías, tristezas y dificultades que tuvo el autor en alta mar.
Esto demuestra que el hábito de la lectura es clave. Gracias a su talento y a su iniciativa de hombre de trabajo, Funes pronto pasó de hacer trabajos propios de esclavo a mejores posiciones en los diferentes barcos que le tocó trabajar.
Su lenguaje sencillo, ameno y atractivo -y lleno de anécdotas y narraciones fantásticas- hace de “Rosa náutica” un libro que deben conocer las nuevas generaciones.
El autor no solo describe con lujo de detalles las bondades del mar, las costas, la nube de aves que siempre le acompañó en su largo periplo, las olas y las tempestades sufridas, sino los ríos, los puertos y las ciudades.
También hace uso del recurso literario cuando relata los amoríos propios de un marino aventurero: “no supe más de aquel pétalo, así como de otra de tantas rosas que deshojara en los predios de Europa”, dice, refiriéndose a las hermosas mujeres que lo acompañaron en sus ratos libres.
O cuando pasaban los días, las semanas y no llegaba al puerto de destino y “las noches se prolongaban como toda pena: largas, aburridas, fúnebres”. Hay un relato trágico en “Rosa náutica”.
En Volo, pequeño puerto de Europa, todavía existía una vieja casa de la que un joven se alzó a la mar, donde trabajó en barcos durante muchos años.
Aburrido de este trabajo, se radicó en Estados Unidos, donde hizo una fortuna. Ya viejo, decidió regresar a su país a compartir su fortuna con sus padres, ya ancianos.
Al llegar a su casa se hizo pasar por mendigo, pidió posada para dormir la noche con el propósito de darle a sus padres la gran sorpresa al siguiente día.
A medianoche, cuando dormía sobre las mochilas cargadas de dinero, el anciano padre le introdujo un cuchillo, asesinándolo para robarle.
Al abrir las mochilas sus padres se encontraron “con los insólitos documentos que aquel a quien acababan de asesinar, era nada menos que el hijo de ellos por tanto tiempo esperado”.