Tegucigalpa, Honduras.- En redes sociales, la velocidad ya no solo compite con la verdad: muchas veces la atropella. Verificar antes de compartir se volvió una habilidad cívica básica, porque la desinformación se apoya en lo visual y en lo emocional.
La oleada de contenidos falsos que siguió a la captura de Nicolás Maduro dejó una advertencia: hoy un hecho noticioso puede llegar envuelto en “pruebas” fabricadas con inteligencia artificial (IA), listas para viralizarse y empujar a la audiencia a conclusiones apresuradas.
El 3 de enero, tras el anuncio de una operación estadounidense en Caracas, se multiplicaron imágenes que supuestamente mostraban la detención.
Circularon recortes verticales, capturas de pantalla, fotos borrosas “filtradas” y montajes con estética institucional.
Algunas piezas venían acompañadas de frases como “confirmado” o “fuente confiable”; otras se difundieron desde cuentas grandes que solo replicaron lo que ya estaba en tendencia.
En ese clima, el algoritmo premió el impulso y castigó la duda. La atención se volvió moneda y la verificación, una molestia.
Maduro y el minuto cero de la duda
Cuando estalla una crisis, el vacío informativo se vuelve terreno fértil. Quien quiere manipular no necesita inventarlo todo: le basta con rellenar huecos.
Así aparecen deepfakes, imágenes generadas y videos fuera de contexto mezclados con material auténtico de explosiones o aeronaves.
La mezcla funciona porque se parece a la realidad y porque apela a emociones de alto voltaje —miedo, euforia, rabia— que empujan el dedo hacia “compartir”.
Mientras más tenso el momento, más difícil resulta diferenciar una pieza real de una fabricada, sobre todo cuando confirma prejuicios o expectativas.
Horas después, el presidente de Estados Unidos publicó una imagen de Maduro bajo custodia, supuestamente a bordo de un buque de guerra.
Para muchos fue la prueba final. Para una sala de redacción responsable, fue el inicio de otro examen: rastrear el origen, pedir la versión completa, revisar si hay señales de edición, comparar con imágenes previas del barco, buscar coherencia en uniformes, esposas, sombras y perspectiva.
Los detectores automáticos de IA pueden orientar, pero no entregan un veredicto inequívoco en tiempo real.
Ante la incertidumbre, algunos medios optaron por presentar la imagen como parte del posteo presidencial, con contexto y cautela, no como una fotografía periodística autónoma.
La lección no se agota en “cazar deepfakes”. Incluso una imagen auténtica puede circular recortada, con pie de foto engañoso o usada para imponer una narrativa.
La pregunta clave pasa de “¿es real?” a “¿qué pretende que yo crea y haga con esto?”. Si la pieza busca acelerar tu reacción, probablemente intenta saltarse tu pensamiento.
Para el docente de Periodismo Digital de la UNAH, Edwin Ordóñez, verificar la información ayuda a tener un criterio claro de lo que en realidad pasa; de lo contrario, “nos convertimos en propagadores de mentiras y en parte de esta pandemia que cada día crece. Si verificamos, ayudamos a la sociedad y evitamos la incertidumbre que se pueda crear”.
Para Carlos Ortiz, presidente de la Asociación de Prensa Hondureña (APH), es fundamental la creación de una cultura de verificación en la ciudadanía, ya que, a su criterio, al no hacerlo “puede generar una crisis mayor y afectar a terceros”.
Fact-checking: una disciplina
En Honduras, 2025 también mostró cómo la desinformación se cuela en momentos sensibles. Durante las elecciones primarias y las generales circularon afiches falsos, audios manipulados y deepfakes que intentaron torcer percepciones sobre candidatos, actas y resultados.
Cuando el conteo y la transmisión de datos se volvieron tema, aparecieron piezas diseñadas para sembrar sospecha o euforia antes de que existieran confirmaciones.
Ese ruido no solo confunde: erosiona confianza, polariza y hace que la gente vote, proteste o ataque con base en un engaño.
En EH Verifica identificamos la receta repetida: urgencia, indignación y un sello de aparente autoridad.
La respuesta ya no puede depender únicamente de periodistas. Necesitamos una cultura donde cada persona aplique un mínimo de verificación, como se aplica el sentido común antes de cruzar una calle.
No se trata de volverse experto, sino de adoptar un método corto, repetible y humilde: asumir que uno puede estar equivocado y que un reenvío puede hacer daño.
Un protocolo ciudadano cabe en cinco pasos. Primero, frená: si algo te sacude, respirá y esperá. Segundo, mirá el origen: quién publica y con qué historial. Tercero, buscá confirmación fuera de la plataforma y en más de una fuente. Cuarto, examiná detalles: manos, letras, reflejos, bordes, fechas y lugares. Quinto, decidí con responsabilidad: si no podés sostenerlo con evidencia, no lo compartás; y si ya lo hiciste, corregí.
Verificar es una forma de cuidado colectivo. En la era de los deepfakes, tu pausa vale más que tu clic