Siempre

George Millar el horror de la culpa

Hoy publicamos un extraño e impactante relato inédito de un talentoso escritor que muy pronto publicará su primer libro

08.12.2018

Cualquiera puede ser un asesino en serie, incluso una ancianita que está a punto de morir mientras la acechan tres sombras inquietantes. De estas y otras cosas tenebrosas y patéticas está hecho el cuento de George Millar que publicamos hoy.

El relato se llama Sfumato y, como en la técnica pictórica, la acción y sus protagonistas están esfuminados en un mundo donde lo real y lo fantasmagórico se entrelazan. Su lenguaje es llano y explicativo, con una delicadeza impropia del hecho que narra, pero eficaz para revelarnos su horror sin sobresaltos. En esta atmósfera vaporosa se agazapa una idea capaz de conmocionar a cualquier lector: al momento de la muerte, incluso cuando todos nos abandonan, nuestras culpas están allí para recordarnos lo que fuimos. Las imágenes que acompañan el texto son del estadounidense Warren Criswell, también creador de realidades tenues, fantasmales y oníricas.

Sfumato
La oscuridad impactó contra la ventana con tal vehemencia que hizo vibrar el cristal y agitó brevemente las cortinas. Tres sombras penetraron como ráfagas al interior de la habitación y se extendieron sobre las paredes, con movimientos vacilantes, antes de congregarse en un rincón donde cada una adquirió forma humana.

La anciana, postrada en la cama, repentinamente se dio cuenta que era observada en secreto y la angustia comenzó a oprimirla sin que pudiese aplacarla. Entonces supo, con una certeza perturbadora, que esa noche ella moriría.

Un intenso escalofrío recorrió su piel. Escuchó el rumor de incontables voces funestas que provenían de una remota distancia y notó con horror que pronunciaban su nombre.

Pidió auxilio con insistencia y al cabo de algunos minutos apareció una joven enfermera para atenderla. Esta la miró con indiferencia y le hizo preguntas de rutina con cierto tono de fastidio que trató de disimular con una leve sonrisa.

Su programa favorito estaba a punto de comenzar. Su compañera de turno tenía la noche libre, así que podía disponer de la televisión a su antojo. El tiempo era apremiante.

–Tengo un terrible presentimiento –susurró la anciana con un estertor casi imperceptible.

–¿Siente algún dolor?

–El dolor es lo único que siento –respondió, y había una amarga certidumbre en su voz.

La enfermera le tomó la temperatura con el termómetro que tenía a su alcance y luego verificó su ritmo cardíaco manualmente. Había olvidado el tensiómetro y no pensaba regresar a buscarlo. Al mirar su reloj de pulsera dejó de comparar las pulsaciones con los segundos y se limitó a calcular el tiempo que faltaba para el inicio del programa.

–¿Sabe? Creo que mi hora ha llegado. Pero antes debo confesar algo terrible…

La enfermera suspiró. No estaba de humor para escuchar las quejas de una mujer decrépita que no era capaz de aceptar su realidad, y menos cuando estaba a punto de ver al doctor Hamilton.

–Cuando era joven me casé por amor. Pensé que mi esposo era el hombre de mis sueños, pero al empezar a convivir con él todo cambió. Mi vida se convirtió en una pesadilla. Él me maltrataba cada vez que tenía oportunidad y yo no sabía cómo defenderme.

El doctor Hamilton, el personaje principal de la teleserie, era un hombre maduro, alto, de rostro adusto y mirada profunda, que siempre tenía la respuesta adecuada para cada ocasión; siempre acertaba en sus diagnósticos sin importar la dificultad del caso; siempre actuaba con determinación a pesar de los conflictos que debía confrontar cada semana.

–Pero un día me cansé, le di veneno para ratas en la cena, y murió entre convulsiones.

La enfermera Rose, la coprotagonista, amaba en secreto al doctor Hamilton, aunque este no parecía darse cuenta de las múltiples señales que ella le había enviado a lo largo de la temporada. Solo apenas en el capítulo más reciente, él pareció sospechar de sus sentimientos, justo el día en que ella recibió la terrible noticia de que padecía una enfermedad casi incurable. ¿Por qué era tan cruel la vida?

–La segunda vez que me casé, pensé que mis problemas se habían acabado. Todavía era joven e ingenua. Pero a los pocos días, él se convirtió en otro monstruo. Y me vi obligada a desaparecerlo. Entiéndame, en esa época yo no sabía cómo valerme por mí misma y tuve que aprender a sobrevivir con lo poco que me habían dejado de herencia…

Pero el doctor Hamilton encontraría la cura, la salvaría de su destino fatal con su infalible pericia y, al final, el amor triunfaría. No quería perderse el momento crucial cuando la verdad fuera revelada, la ansiada escena del beso que tanta emoción le causaría como si ella misma fuera la protagonista.

–La tercera vez fue un accidente. Empujé a mi esposo después de una discusión y él se cayó por las escaleras. Pero juro que no quise hacerlo…

La enfermera buscó la salida con la mirada.

–Durante años me dediqué a buscar el significado de la vida a través del amor, pero siempre obtuve la respuesta equivocada. Cuando me di cuenta, ya lo había perdido todo. La juventud, mi familia, mis sueños. Y al final solo me quedaron los recuerdos.

A la enfermera se le agotó la paciencia y decidió que era el momento justo para abandonar la habitación, pero la anciana la asió del brazo antes de que se marchara.

–No se vaya, todavía –le pidió la anciana. Trató de explicarle que, en cuanto lo hiciera, la habitación se llenaría de sombras, de formas humanas provenientes de una oscuridad desconocida, pero la enfermera no parecía entenderla. –No deje que me lleven –le suplicó, pero ella se apartó con indiferencia.

–No se preocupe, volveré dentro de una hora –le aseguró, y dio por terminado el asunto. Se había demorado demasiado y el programa seguramente ya había iniciado.

–Ellos también me recuerdan…

La enfermera salió de la habitación, deprisa. En el camino consideró seriamente que ese trabajo resultaba ser un verdadero fastidio, pero al llegar a la sala de descanso cambió de actitud. Se sentó en la silla reclinable y encendió el televisor. Mantuvo sus expectativas durante una serie de comerciales, pero cuando se reanudó el programa observó con desilusión que estaban transmitiendo un capítulo repetido.