Siempre

La segunda muerte del buen Yorch Monteblack

Yorch fue un escritor popular en todos los sentidos. Sus relatos abundan de ese humor provinciano, hiperbólico y místico de nuestra tradición popular

06.06.2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS.-'Se ha dicho que el costumbrismo (al que perteneció Yorch) fue un género mediocre, redundante y sin mayor mérito artístico. Pero ese movimiento, aún con sus carencias, fue el primero en crear un relato y una tradición narrativa para Honduras'.

La primera vez que uno muere debe ser el instante en que le dice “adiós” a la infancia. Uno se pasa la vida muriendo, biológica y espiritualmente. Cuando el momento final llega, sólo quedan los restos. Hay quienes mueren una vez, y quienes, como Jorge Montenegro, saben morir muchas veces. Porque Yorch Monteblack —para quienes no saben castellano— sigue viviendo entre nosotros.

Nació en Tegucigalpa en 1940, dos años antes de que la dictadura de Tiburcio Carías convirtiera a la vieja Escuela de Cabos y Sargentos en el Primer Batallón de Infantería, y con ello fundara el Ejército Nacional; del que tantas veces Yorch hizo mofa en sus historias humorísticas, a pesar de sus apegos personales y políticos.

De niño, en su casa y en la Escuela Álvaro Contreras, del Barrio Abajo, leyó la Biblia, y descubrió fascinantes libros de aventuras y cuentos del folclor hondureño publicados en El Día o El Cronista, los dos periódicos más grandes de la época. Así inició su pasión por las historias que leyó, escribió y contó a generaciones de hondureños. Era, sobre todo, un cuentacuentos, un fabulador, un juglar de nuestro imaginario.

LEA: A la memoria de Mario Castillo, maestro total

Cuando inició su travesía libresca a finales de la década de 1960, nuestra literatura —como nuestro país— era totalmente rural, porque, incluso el esfuerzo de algunos escritores por modernizarla, fue el reflejo de la influencia de experiencias y temáticas foráneas, y, por tanto, no puede asegurarse que la suya fuera una literatura propia. Era, de hecho, “una literatura hecha en Honduras, pero no necesariamente hondureña”.

A esa narrativa le ocurrió lo mismo que al Estado: se llenó de propósitos e ideales extranjeros que no correspondían a la realidad nacional. Y eso creó un divorcio entre literatura y realidad, del mismo modo en que la imposición de una estructura administrativa europea para el Estado a partir del siglo XIX, creó la fragmentación del Estado/sociedad que ha explicado Marvin Barahona.

Como el Estado, esa literatura quiso saltar de lo rudimentario a lo moderno de un solo golpe, sin haber agotado los procesos. En la idea de Ramón Oquelí, intentó pasar “del burro al avión”, pero al hacerlo, ignoró las etapas cognitivas y evolutivas que había en la brecha. Quizá por esa ignorancia y esa prisa, aún no tenemos la añorada gran novela nacional.

Se ha dicho que el costumbrismo (al que perteneció Yorch) fue un género mediocre, redundante y sin mayor mérito artístico. Pero ese movimiento, aún con sus carencias, fue el primero en crear un relato y una tradición narrativa para Honduras. No sólo retrató a la sociedad hondureña de entonces; también lo hizo con el contexto general de un país casi enteramente analfabeto. Pese a lo que pueda creerse sobre él, es la piedra angular de nuestras escrituras.

ADEMÁS: Jorge Restrepo, expolio y el contexto de una época

Yorch fue un escritor popular en todos los sentidos: era un hombre de profunda convicción cristiana que escribía sobre hechizos, aparecidos, maleficios, agoreros y espíritus malignos. Sus relatos abundan de ese humor provinciano, hiperbólico y místico de nuestra tradición popular. No un humor satírico y mordaz como el de “Mis tías las zanatas” de Marco Antonio Rosa, sino un humor “ingenuo” en el que prevalecen la superstición, el credo religioso y el pensamiento mágico.

Sus historias son fotografía en blanco y negro de un país en ciernes. Basta leerlas o escucharlas para saber que son tramas cotidianas, moralizantes y tradicionalistas. No se encuentra en ellas grandes dotes de habilidad cuentística, semántica o verbal, pero dibujan, de la forma más honesta —y tal vez más profunda—, los grandes panoramas de la vida, historia, cultura y tradición de Honduras.

En “El susto de Abel”, uno de sus relatos más famosos, Abel es un borracho acostumbrado a deambular por su pueblo (El Porvenir) a toda hora de la noche en busca de aguardiente y de mujeres, hasta que, una noche, “por andar de borracho y mujeriego”, se le aparece “El hombre sin cabeza” en medio de la oscuridad.

En “Anita panqueque” —porque Yorch era amante de los sobrenombres— narra la desgracia de una mujer del centro de Tegucigalpa que se volvió loca, después de que su prometido, Eulalio, fuera enviado a la guerra y falleciera en ella. Desde entonces, Anita recorría las calles de la ciudad, y, de vez en cuando, llegaba hasta la tienda de la madre de Yorch en el mercado Los Dolores, para pedir que le vendiera “cinco centavitos de perfume, porque ese día volvía Eulalio de la guerra, y ella quería estar hermosa para él”.

Nadie sabe exactamente cuánto escribió Yorch, pero supongo que, como los grandes fabuladores de la vida y el mundo, “escribía todos los días aunque no apuntara una palabra”. Su gran mérito, quizá, no sea el de legarnos una obra literaria deslumbrante, pero su persistencia, su vocación y su registro de las peripecias folclóricas de nuestra tradición oral, son de invaluable riqueza para entender a Honduras.

La segunda muerte del buen Yorch Monteblack será el día en que finalmente decidamos que para encajar en los resquicios que la industria editorial nos deja, debemos escribir únicamente sobre lo que ocurre afuera, “como se escribe afuera”, dejando de lado el gran relato del país. Entonces, como muchos de los personajes de Yorch, nuestra cultura vivirá en el limbo.

TAMBIÉN: Samuel Trigueros, una canción lejana