La Terra Nostra ya no sabe igual. Y el sonado boom latinoamericano cada vez se va quedando más solo. A un año de la sorpresiva partida del escritor y diplomático mexicano Carlos Fuentes, que se cumplió el miércoles, sus paisanos recordarán
a uno de los intelectuales más destacados de la literatura latinoamericana con una mesa redonda, programas de televisión, homenajes y con la exposición “Carlos Fuentes: Él mismo” en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana.
En la muestra, que se abre hoy, se exhibirán retazos de su obra, fotografías, un documental y una entrevista.
Por su parte, la tercera edición de la Feria del Libro en Español de Los Ángeles anunció que homenajeará al novelista y ensayista con la participación de su viuda Silvia Lemus, quien compartirá algunas de sus experiencias junto a Fuentes.
UNA VIDA DEDICADA A LAS LETRAS. Una publicación del diario mexicano El Universal hace un recorrido por los días de juventud del escritor, remontándose al momento en que obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores (CEM), entre 1956 y 1957, tenía apenas 28 años pero ya había publicado un libro de cuentos, Los días enmascarados -que salió justo el día que cumplió 26 años, el 11 de noviembre de 1954-; también había publicado una gran cantidad de “cuentos dispersos en revistas, ensayos y crítica”.
El que accedió a la beca en esa institución donde Juan Rulfo terminó de escribir Pedro Páramo y El llano en llamas, y donde Juan García Ponce le puso punto final a La casa en la playa, ya era un escritor potente. A esa edad, el escritor tenía muy claro el proyecto de su novela La región más transparente del aire, que publicó en 1958 con un título más breve: La región más transparente; y tenía aún más clara su pretensión de convertirse en un importante narrador: “Mis intereses se localizan fundamentalmente en el campo de la creación literaria: novela y cuento”. Aspiraba muy alto, a escribir la novela nunca escrita en México.
Los años formativos del escritor mexicano son creativos, tal como lo constatan Jorge Volpi, quien organizó el “Congreso Internacional Carlos Fuentes. 80 años” y revisó el archivo que el escritor vendió en 1995 a la Universidad de Princeton; Georgina García Gutiérrez, estudiosa de Fuentes; y, Julio Ortega, crítico literario peruano que en 1996 escribió el Retrato de Carlos Fuentes.
Jorge Volpi revisó la etapa joven de Fuentes en el archivo personal del escritor que consta de 125 metros lineales. Ese acervo que está en una bóveda especial de la biblioteca de la Universidad de Princeton contiene cuadernos, manuscritos, libros, guiones, discursos, entrevistas, fotografías y correspondencia en la única caja cerrada y que se abrirá el 14 de mayo de 2014, como lo dispuso el escritor.
“El joven Fuentes, que cada vez es más el Fuentes dicharachero, pachanguero y bailador, el atleta de la palabra, y los papeles de fines de los cuarenta se multiplican en su archivo. Escribe lánguidos poemas amorosos, calaveritas a sus amigos y conocidos, artículos sobre la situación política del país y del mundo, crónicas de sociales (que firmaba como POPOFF) y decenas de cuadernos con anécdotas, ideas y relatos. La constante vuelve a ser su aguda mirada social, el bisturí con el que disecciona a esa sociedad malevolente que lo acoge con idénticas mezclas de entusiasmo y de recelo”, dice Volpi en su artículo “El alquimista y el atleta”.
OBRAS PÓSTUMAS. Tras su muerte se han publicado tres libros póstumos: Personas, Federico en su balcón y La novela y la vida, que aún no circula, allí se reúnen cinco de sus discursos: el de su ingreso al Colegio Nacional en 1972; cuando recibió el Premio Rómulo Gallegos; el de una edición de los Premios Ortega y Gasset, el de la apertura del Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española en 2004 y el del 1 de mayo en Buenos Aires, días antes de su muerte y que da título al libro.
Pero vendrán más libros, se espera Literatura y cine con semblanzas de divas, y Julio Ortega está terminando un volumen sobre la obra narrativa de Fuentes y dictará para otoño el curso “Carlos Fuentes y la nueva narrativa mexicana”. Ortega cuenta que Silvia Lemus, viuda del escritor, ha estado poniendo en orden los numerosos papeles de Carlos de los últimos años. “Todavía no aparece la novela colombiana, fuera de unas páginas. Yo espero que el formidable sistema de Bibliotecas de la Ciudadela logre construir un archivo de la memoria de la escritura mexicana, donde los estudiantes puedan conocer mejor la complejidad y hondura de sus escritores. Podrían tener copias de los archivos de Princeton, por ejemplo, y un mecanismo que favorezca la adquisición de otros archivos. Es un momento propicio”.
Julio Ortega concluye: “Nos estamos perdiendo su demanda de libertad. Fuentes fue un desafío para todos sus amigos y lectores. He pensado que esperaba que fuéramos capaces de asumir los riesgos de pensar libremente, fuera de los partidos, las instituciones, las ideologías, el descreimiento, la ambición de poder y la violencia mutua. Ese optimismo civilizado es su herencia”.