DUELO. El General llegó temprano a la cita. Quedamos para desayunar en Casa Santa, donde se come delicioso y se está en paz. El General me contaría un caso que sucedió hace algunos años, cuando él era Comisario.
“Este caso no debe quedar en el olvido -me dijo-. Fue algo innecesario, algo cruel, y es que no hay nada peor que la traición”.
Llevaba en una carpeta copias de viejos documentos. El expediente del caso. Se sentó, pedimos el desayuno, y noté que estaba triste, conmovido y, al mismo tiempo, encolerizado. Sin que le preguntara nada, me dijo:
“Carmilla, la Policía Nacional está de luto. Hace dos días, en un enfrentamiento contra la banda del ‘Wilmer’, en una aldea de La Masica, en Atlántida, murió Jefrey Leonardo López. Lo conocí personalmente. Era un buen policía, y amaba su profesión. Tenía un hijo por el que se sacrificaba cada día. Pero, los delincuentes le quitaron la vida. Y eso llena de luto a la Policía Nacional, y a mí, personalmente, me hace hervir la sangre, porque el muchacho no debió morir”.
Endulzó el café con un poco de azúcar dietética.“No soy diabético -me dijo-, pero mi esposa insiste en que me cuide y quien manda, manda”.
“¿Por muy General que sea usted?”.
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“Carmilla, ni cinco soles ni cinco estrellas tienen el poder que tiene una esposa. Y eso no lo digo yo. Fue el general Douglas MacArthur el que dijo: ‘En la guerra mando a miles de hombres. Doy órdenes y se cumplen de inmediato. Pero, en mi casa, mi esposa manda algo, y yo solo respondo: Escucho y obedezco’”.Abrió la carpeta, después de hacer el plato a un lado y me señaló una fotografía. Era espeluznante.
“Este hombre no merecía esto -dijo-. Cuando lo encontramos se lo estaban comiendo los zopilotes. Lo dejaron en la parte más profunda del bosque, y, desde ese momento, yo supe que quien eligió aquel lugar para deshacerse del cuerpo, era alguien que conocía bien el lugar, que sabía de montañas y cerros y de lugares difíciles y que deseaba que el cuerpo no fuera encontrado nunca”.
Me señaló varias fotografías más. Es algo que no se debe describir.
“De inmediato me di cuenta que el asesino era un conocido suyo, y, algo peor, un compañero suyo; alguien en quien él había confiado”.
“¿El asesino era policía?”.
“¡Era policía! -exclamó-. Bastaba con ver la escena del crimen, la forma en que mutilaron el cadáver, el área geográfica de la escena y lo lejano que estaba del lugar donde vivía Marcos, que así se llamaba la víctima”.
“Vamos por partes, General” -le dije.
“Tiene razón”.
“¿Qué significa el área geográfica donde dejaron el cuerpo?” -pregunté.
“El hechor conocía bien la zona; llevó el cuerpo hasta allí porque se sentía cómodo y seguro en ese lugar, tal vez, porque vivió cerca de allí. Es algo inconsciente, pero el buen investigador criminal debe tomar en cuenta estos detalles. Es lo que nos enseñaba en la Policía el abogado Gonzalo Sánchez, el mejor maestro de criminalística que he conocido”.
“Estoy de acuerdo con usted -le dije-, aunque creo que está resentido o molesto conmigo y no sé por qué”.
“El abogado Gonzalo es un hombre bueno”.
Víctima
“¿Qué significaban para ustedes estos detalles? -pregunté, señalando las fotografías-. Me refiero a las heridas, a las mutilaciones, a la castración”.
“Un principio en la investigación criminal que no debe pasarse por alto jamás es conocer bien a la víctima. Y, para resumir, le digo que era un hombre bueno y un buen policía; un buen marido y un excelente hijo”.
“Entonces...”
“Carmilla -dijo el General, acomodándose en su silla-, no hay crimen perfecto. El asesino cree que la Policía es estúpida y no se da cuenta que, con cada cosa que hace, le está diciendo a la Policía quién es, por qué hace lo que hace, qué lo motiva; y en la violencia que usa, deja su firma, su personalidad, sus sentimientos y, sobre todo, la inteligencia con la que cree que está actuando para esconderse de nosotros”.
“La investigación criminal es una ciencia”.
“¡Es una ciencia casi exacta, Carmilla! Cada detalle en la escena del crimen habla; cada indicio dice algo, cada herida, cada golpe, la posición del cuerpo... ¡En fin!”.
Conforme habla, se va emocionando, y se encienden sus mejillas.“Empezamos por ver el cuerpo -dijo, poco después-; estaba amarrado de pies y manos, con lazos delgados que se habían hundido en la carne. Pero, no cualquiera hace nudos como aquellos. No le voy a decir cómo los llamamos en la Policía, pero tenía doble vuelta; en las manos y en los pies. Ya habían desnudado el cuerpo. Envolvieron y amarraron en un pañuelo grande una bola de billar pequeña, era la bola número 3. Aquí está, mire. Y se la metieron en la boca. Después lo amordazaron en la nuca. A nosotros nos dijo la mamá que su hijo salió para el trabajo, pero aquel jueves en la mañana quedó faltista. Nunca llegó a la Metro. Cuatro días después, lo encontramos. Pero, vamos por partes”.
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Terminamos el desayuno.
“Le sacaron los ojos y le hicieron cortes en la cara -dijo el General-. Le cortaron el pecho y los brazos, para hacer daño, y, después, le cortaron los genitales. No vaya a describir estas fotos, por favor, son horrendas. Nosotros no sabíamos nada. Pero, empezamos a investigar. Salió de su casa antes de las cuatro de la mañana, como todos los días. Alguien lo esperaba. Seguramente, era conocido suyo y se fue con él, o con ellos. La esposa dijo que Marcos era muy amiguero y que no daba problemas; pero, había algo raro en la esposa. Era hermosa y joven”.
“¿Qué era lo raro en la muchacha?”.
“No fue con la mamá a denunciar la desaparición de su esposo; bien sabía que no estaba asignado a ninguna misión y que siempre regresaba a su casa; dijo que no discutía ni peleaba con él y la mamá dijo que ella no era buena... Solo eso dijo, porque la señora estaba destrozada, y más cuando metimos el cuerpo en doble bolsa, sellamos el ataúd y lo fuimos a dejar al cementerio. Y aquí sigue lo raro.
La mujer, aunque vestía de negro, no lloraba. Y esto, que decía que amaba a su esposo. Entonces, formamos un grupo de cinco policías. Y nos turnábamos para vigilar a la mujer. Había algo en ella que no nos gustaba, aunque en la DPI ya habían dicho que pandilleros raptaron a Marcos, que, seguramente, Marcos había seducido a la novia de algún jefe, entonces la muerte le venía de allí, y que, por eso, le habían cortado los genitales y le habían sacado los ojos, como le pasó a aquel doctor famoso que venía una mañana del motel con la esposa de un militar; el militar los alcanzó, le puso la pistola en el ojo izquierdo y le dijo: “Para que no volvás a ver mujeres ajenas”... le vació los dos ojos. Yo recordé este caso y me pareció extraño que Marcos se metiera con otra mujer, si era un hombre que de la Policía iba a su casa y cuidaba el dinerito que le pagaban; que era poco, por cierto, y que sigue siendo una miseria... Así, empezamos a vigilar a la mujer. Cambiábamos de carro, la seguíamos, la veíamos en todas partes, hasta que, una tarde, dos semanas después del entierro de Marcos, la vimos en un centro comercial; se reunió con un muchacho, y, al encontrarse se dieron un beso... Allí empezó todo. Cuando se separaron, los dos policías que la seguían regresaron a la oficina. Buscaron un expediente y me enseñaron una foto: “Mire, mi comisario, con este hombre se vio la viuda de Marcos”. Yo me quedé helado. Era originario de Tatumbla, era mujeriego, violento y se decía amigo de Marcos... Entonces, hablamos con mi jefe inmediato, este me dijo que habláramos con el fiscal, y el fiscal ordenó que le hiciéramos un allanamiento y que lo capturáramos”.
Caída
Justo dormía cuando sus propios compañeros llegaron a su casa en Tatumbla. Su mamá y su abuela hacían tortillas y calentaban café. Presentamos la orden de allanamiento. Encontramos dos zapatos burros; tenían tierra seca. En el laboratorio se demostró que era la misma de la escena del crimen. Encontramos un cuchillo de uso militar. “Pachico”, el gran “Pachico”, lo analizó. Encontró sangre seca en la orilla del mango y en la vaina de cuero.
Era sangre de Marcos. Se comprobó esto en el laboratorio. Hoy, por supuesto, el laboratorio de la DPI está mil veces mejor que antes. Revisamos su celular. Encontramos el número de Marcos y el de su esposa. Muchas llamadas iban y venían entre el teléfono de la mujer y el de Justo. Y encontramos fotos de ella posando desnuda en un motel.
Pedimos los videos de las cámaras de seguridad del motel y encontramos el carro de Justo entrando y saliendo; acercamos la imagen, y, aunque no fue exacta, los rasgos de la mujer eran los de la viuda de Marcos. Y en la cómoda de Justo hallamos papelitos, tarjetas, regalos y cartitas. La letra era de la mujer. Eso lo comprobaron los peritos calígrafos. Cómo se conocieron era fácil de decir. Marcos y Justo eran compañeros y amigos. ¿Por qué lo mataron? Marcos tenía un seguro de vida muy crecido; había ahorrado la herencia que le dejó su papá y su propio sueldo para poner un buen negocio. Y, para desgracia del muchacho, la beneficiaria de todo era la esposa... Cuando entrevistamos a Justo nos dijo que ella planificó todo y que quiso hacer que el crimen pasara como obra de las pandillas, por el trabajo de Marcos como policía. Se iban a repartir más de dos millones de lempiras. Dijo que él no estaba enamorado de “esa mujer”, pero que le ofreció buen dinero; además, era mujer suya desde hacía un año y Marcos lo seguía llamado “amigo y compañero”.
El General calló. Cerró la carpeta, la empujó hacia mí, y me dijo:
“Escriba este caso, Carmilla, para que la muerte de Marcos no quede en el olvido y para que sirva de lección a los criminales, que sepan que la Policía no es tonta y que no hay crimen perfecto”.
“Está bien -le respondí-. Pero, ¿qué pasó con Justo?”.“Dicen que se escapó de la Penitenciaría Marco Aurelio Soto. Una mañana no contestó en el paso de revista”.“Y ¿la mujer de Marcos?”.
“Salió de su casa dos horas antes de que llegaran los policías que la iban a capturar. Supimos que cruzó la frontera de Guatemala. Dicen que el tren le cortó las piernas mientras trataba de subirse a él, en su huida hacia Estados Unidos... Parece que la enterraron allá”.
El General suspiró.
“El delito nunca paga, Carmilla. Si alguien se le escapa a la Policía, de Dios no se escapará nunca”.
“Así es -respondí