Porque la historia criminal de la humanidad no deja de escribirse nunca; porque la maldad está en la naturaleza humana, no por creación o por herencia, simplemente por decisión del que hace el mal sin pensar en las consecuencias. Tal vez llegue el día en el que nos libremos de la violencia, de la criminalidad, del miedo que les imponen a la sociedad los delincuentes y quienes dañan a otros movidos por ira, celos, venganza, dinero... En fin... Y el caso de hoy es una muestra clara de que nada hay oculto que no haya de ser manifestado, y que no hay dolor más grande que la pérdida de un hijo... Pero...
LUISA
Buscó a Carlos tres días con sus noches. No lo encontró en los hospitales, en las postas de la Policía, en la morgue, en casa de sus amigos. No comió, no bebió ni durmió esas setenta y dos horas. Clamaba, suplicaba, lloraba y se desesperaba; no sentía las rodillas ni el cansancio de los brazos. Pasaba horas enteras pidiendo por el regreso de su hijo; su único hijo.
“¿Cuándo lo vio por última vez, señora?” -le preguntaron en la DPI. “Ayer en la mañana, cuando salió para el colegio. Está en el Central... Estudia Bachillerato... Dicen sus compañeros que no llegó a clase y eso se me hace extraño, porque Carlos no falta nunca al colegio; quiere ser doctor... Y es bien aplicado, ni siquiera sale de la casa cuando no está en el colegio o ayudándome en el negocio”.
“¿Qué negocio tiene usted, señora?”. “Vendo comida en un puesto... Comida de todo tipo... Y Carlos me ayuda a veces”. “¿Habló con sus amistades?”. “Tres o cuatro... dos muchachas y un cipote como él... No se lleva con nadie, como le digo”. “¿Y sabe si alguien lo vio después de salir de la casa?”. “Mi vecina, la que vende baleadas y golosinas debajo del puente... Eran las once de la mañana... La saludó y allí se subió al bus... Después, nadie lo vio”.
“¿Desapareció ayer?”. “Así es”. Luisa estaba desesperada. Sus tres hijas mayores estaban con ella y no podían hacer nada para consolarla. Pasaron tres días; tres días como tres siglos, para que Luisa volviera a ver a su hijo. “Lo encontramos, señora -le dijo un agente de la DPI que la llamó a eso de las siete de la noche del tercer día, mientras ella, y varias vecinas, estaban en un culto de oración para clamar por el regreso de Carlos; lo encontramos”. Luisa exclamó: “¡Un policía dice que ya encontraron a Carlos!”. Las oraciones se detuvieron. Al silencio, siguió un grito, un alarido que, seguramente, sí que llegó hasta el cielo, y fue escuchado por el Universo entero. Luisa se desmayó. Su hija mayor tomó el celular. El policía habló con ella: “Lo siento mucho -dijo-, de verdad, señora, lo sentimos mucho”.
“¿Qué es lo que pasó, señor? -gritó la muchacha-. ¿Dónde está Carlos?”. Después de un silencio pesado, el policía dijo: “En la morgue”. Un nuevo alarido. “Lo encontramos hace dos horas... Nos avisaron que, en la salida al sur, cerca de El Tizatillo, había un bulto envuelto en sábanas y había moscas”.
CARLOS
Tenía dieciséis años y estaba lleno de sueños. Quería ser médico. Pero, nada de eso se haría realidad. Estaba en la morgue. Mejor dicho, lo que quedaba de él estaba en la morgue. A las ocho de la noche, Luisa, sus hijas, dos yernos, dos hermanas suyas y el papá de Carlos, que tenía otra familia, se daban cuenta de algo igual de horrible. Al muchacho lo había torturado: le sacaron los ojos, le cortaron las manos, le cortaron los pies, a la altura de los tobillos, y le deshicieron los genitales. En opinión del forense, la muerte había sucedido apenas cinco horas antes de que el cuerpo fuera encontrado y las torturas duraron más de dos días... “Los delincuentes tuvieron cuidado de que no se desangrara -dijo el médico, hablando con los agentes de investigación criminal-; alguien quería que sufriera. Le amarraron sogas arriba del sitio de las mutilaciones, pero los genitales los dañaron con tenazas calientes, tal vez al rojo vivo y con objetos romos y pesados... para golpear en la zona... Creo que querían causar dolor infinito”.
“Pero, ¿por qué? -preguntó el agente a cargo del caso en las oficinas de la DPI-. ¿Por qué hacerle semejante daño a un muchacho que no se metía con nadie? Hemos investigado bien a la víctima y sabemos que su mamá no nos mintió. Iba de su casa al colegio y ayudaba a su mamá a vender comida cuando tenía algo de tiempo; no tenía amigos, era estudioso, llevaba buenas calificaciones y no era amigo de nadie en redes sociales... Usaba mucho el internet para leer sobre neurología y neurocirugía, porque eso era lo que deseaba ser después de graduarse de médico... Entonces...”
“¿Tenía novia? ¿Sabemos si tenía novia?”. “La mamá dice que no”. “¿Tenía teléfono celular?”. “Sí, y estamos esperando el vaciado telefónico. El aparato no se encontró y su mamá dice que lo estuvo llamando desde las seis y media de esa noche, o sea, la noche en que desapareció, porque se tardaba demasiado en volver a la casa. Empezó a preocuparse porque él nunca apagaba su teléfono y siempre le contestaba las llamadas y los mensajes”. “Han pasado cinco días desde que lo enterraron, y no hemos avanzado mucho en la investigación de su muerte”. “Vamos a esperar el vaciado del teléfono...
Y, por desgracia, las cámaras no estaban funcionando ese día en la zona en la que él subía al bus... Al colegio no llegó nunca... Y estamos buscando en las cámaras que están en el recorrido del bus, pero no hemos visto nada hasta ahora... Y la señora de las baleadas, la vecina que dice que lo vio a eso de las once de la mañana, no recuerda en qué bus se fue; aunque sí cree que conoce al cobrador, porque se bajó a comprarle dos frescos de horchata y unos panes... Tenemos gente en la zona y vamos a ver si logramos que la mujer identifique al cobrador”. “Ella está segura que es el cobrador del bus en el que se subió el muchacho... “Sí, porque solo ese bus estaba en la estación en ese momento... Iba lleno de estudiantes”. “La mujer vende allí casi todos los días, ¿verdad?”. “Pues, así parece”. Y, si está allí siempre, esa mujer debe conocer los buses, los cobradores y los choferes...”
“En teoría, debería ser así”. “Parece que los cobradores le compran comida y bebida”. “Es posible”. “Entonces, ¿por qué dice que no recuerda el bus si los ve pasar todos los días? ¿Y por qué dice que necesita de una foto para reconocer al cobrador, si, en teoría, debe relacionarse con ellos con frecuencia?”. “Buen punto”. “Vamos a hacer algo”. “Ajá”. “Quiero que vaya una mujer policía y hable con ella; que la cite y le diga que es porque ya sabemos quiénes raptaron y mataron al muchacho y porque queremos que nos ayude a ver unas fotos, por si reconoce a alguien... hay que decirle que los asesinos son de la zona, y que en los videos de las cámaras de seguridad, videos anteriores al hecho, hay dos caras conocidas de la Policía; y que en los videos se ven hablando con ella muy amistosamente; que ella les está vendiendo comida y que parece que los conoce bien”.
“¿Cuándo hay que ir?”. “Mañana en la tarde, cuando esté cansada... Hay que decirle que tiene que venir a esa misma hora a la DPI de la Kennedy”. “¿Qué más?”. “Que sabemos que hay una mujer en medio de la muerte del muchacho... Que fue por una mujer que lo mataron, que lo torturaron y que le deshicieron los genitales... Y quiero que le enseñen algunas de las fotos que nos dieron en la morgue”. Una mujer policía se puso de pie. “Yo voy -dijo-. Pero, dígame, mi inspector, ¿sospecha de esa mujer?”. “No, pero algo ha de saber, y lo que dice tu compañero sobre que necesita ver fotos para reconocer a alguien, no es algo lógico, si ve a los trabajadores de esos buses todos los días”. “A menos que aquel cobrador sea nuevo en esa ruta”. “Es posible; pero sí que debe conocer el bus... Los ve todos los días... Así que, o sabe algo, o vamos a perder el tiempo... Es una moneda al aire, por mientras tenemos el vaciado del teléfono del muchacho”.
“Está bien. Carlos no tenía amigos ni enemigos; no tenía novia, no salía de su casa sin necesidad, estudiaba y leía; no tenía redes sociales y nadie dijo nada malo acerca de él. Entonces, ¿por qué lo raptaron? ¿Por qué lo torturaron? ¿Por qué darle aquella muerte tan horrible? ¿Qué haría la DPI para resolver este caso?
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA
ANUNCIO. Ya está en la imprenta la nueva edición de “La máscara del mal”, un libro escrito con la sangre y el dolor de las víctimas de la asesina en serie más famosa de Honduras: “La Bruja Cleo”.