Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: La mejor venganza

No te vengues, amado; mía es la venganza. Yo daré el pago
08.05.2022

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Este relato narra un caso real.

Se han cambiado los nombres.

CARTA.

Hola, Carmilla. Le escribo para saludarla y para desearle muchos más éxitos en su vida personal y laboral. Soy “Carmilla-adicta”, y no me pierdo EL HERALDO, tanto así, que colecciono sus casos desde hace unos diez años, cuando nos dijeron en la universidad que quienes queríamos ser abogados debíamos leer a Carmilla Wyler. Y desde entonces soy adicta a usted. Y me refiero a mí mismo en femenino porque eso es lo que soy desde que me formé en el vientre de mi madre, aunque mi padre me detestó siempre cuando yo empecé a mostrarme como era en verdad.

Hoy, soy abogado, me gano la vida honradamente, y me siento orgulloso, u orgullosa, de lo que soy y de lo que siento. Aunque no siempre fue así. Por supuesto, Carmilla, no quiero aburrirla con mi biografía.

Lo que quiero contarle es un caso, mi propio caso, el que yo considero como una tragedia en la que el crimen, el peor crimen que se puede cometer contra un niño, se cometió conmigo; y lo peor es que el criminal fue mi padre. Así como se lo digo. Mi propio padre, el hombre que estaba obligado a amarme y a protegerme porque yo era su hijo. Pero, no; más bien se avergonzaba de mí, me repudiaba y le echaba la culpa a mi mamá de que yo haya salido amanerado, como él decía.

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Mi mamá no soportó aquel sufrimiento. Después de traer al mundo a mis dos hermanas, enfermó de porfiria aguda, un mal que nació con ella, según dijeron los médicos, y que se desencadenó a raíz de tanto dolor que padeció en su matrimonio. Porque, tengo que decirlo, mi padre fue grosero con ella; fue malvado. Esta es la mejor forma de describirlo. No es que no la quisiera. Ella decía que sí, que él la quería.

“El problema, hijo -me dijo un día, después que la enfermedad la atacó con fuertes dolores en el pecho, con calambres y parálisis temporales-, no es que tu papá no te quiera; lo que pasa es que él quería un varón, y yo se lo di, pero fue Dios el que decidió otra cosa; y nada puede hacerse contra la voluntad de Dios”.

Hoy, al recordar las palabras de mi madre, no puedo más que entenderla. Era una mujer formada a la antigua, “nacida para ser de un solo hombre”, como ella decía, “porque la mujer que tiene demasiados conocidos, fracasa siempre en la vida. Yo le di mi inocencia a tu papá, y no conoceré a otro hombre jamás. Mi abuela me decía que una mujer que ya ha dado la ‘cáyda’ sufre demasiado”.

Esas eran sus palabras. Y ahora sé que me hacía todo ese discurso para justificar a mi papá. Pero, mi papá no tenía justificación alguna.

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Y menos cuando me hizo lo que me hizo, y que le voy a contar por si usted, Carmilla, está interesada en que se conozca este caso; un caso más de los muchos que pasan día a día con personas como yo, ya que la intolerancia y la discriminación siguen siendo una peste horrible en nuestra sociedad”.

LA NOCHE

Tenía yo doce años. Lo recuerdo bien. Eran las diez de la noche, de eso estoy segura porque era la hora en que terminaba el noticiero TN5. Yo temblaba cuando oía hablar a mi padre. Le tenía miedo, terror, ¡pánico, mejor dicho!, y solo quería que pasara el tiempo para irme de la casa, fuera a donde fuera.

No me querían mis tíos, por parte de padre; y mis dos tías, por parte de madre, tenían hijos varones para los que mi cercanía “era una mala influencia”. Por eso, ellas tampoco me querían; y mucho menos sus esposos.

Esa noche, Carmilla, mi papá llegó borracho a la casa, lo que era extraño porque mi papá no bebía nunca, o, al menos, yo no sabía que bebiera licor. Mi madre estaba en el hospital San Jorge, con una crisis de esa maldecida enfermedad, y mi papá entró de repente a mi cuarto.

Empezó a insultarme, a decirme todo lo que se le vino a la punta de la lengua, y me humilló como solo un salvaje puede humillar a un hijo. Luego, se quitó la faja y empezó a pegarme con ella. Cuando se cansó, me dio puñetazos, uno tras otro, hasta que me quebró la mandíbula.

Yo gritaba del dolor; le pedía, le suplicaba que no me hiciera más daño, que me iba a ir de la casa para no avergonzarlo más, pero él no entendía razones. No sé en qué momento me dio el último golpe, porque yo sentí que me pegó un puñetazo en la cabeza, y me desmayé.

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Estoy segura de que me desmayé, porque ya no recuerdo nada de aquella noche horrible. Pero, cuando me desperté, o cuando volví del desmayo, estaba yo solo en mi cuarto, el que era un completo desorden.

Había sangre en mi cama, y me dolía todo el cuerpo, y más la mandíbula, que tenía quebrada en varias partes. Pero, lo peor de todo, es que estaba desnudo de la cintura para abajo, y estaba húmedo. ¡Mi padre, mi propio padre, me había violado! ¿Puede creer esto? ¿Puede creer semejante salvajismo contra un niño indefenso?

Yo me levanté como pude. El dolor era cada vez peor, y la trabajadora de la casa, una señora buena que se llamaba Marina, me ayudó a sostener la quijada, que me caía casi sobre el pecho. Me puso un pañuelo, y me llevó de emergencia al hospital donde estaba mi madre.

De emergencia llamaron al doctor Emec Cherenfant, y él dijo que tenían que operarme de inmediato, antes de que el daño se hiciera mayor. Pero, no había nadie que respondiera por mí. Marina le dijo al doctor que mi papá era abogado, y que mi mamá estaba interna en ese hospital... Pero, el doctor la interrumpió, le dijo a la doctora que me estaba atendiendo en emergencia que me enviara al quirófano, después de hacerme varios exámenes, y Marina se puso a llorar de alegría y agradecimiento con el doctor.

Ahora, Carmilla, le pregunto: ¿Es esto justo? ¿Es aceptable que mi propio padre me haya hecho semejante daño? Yo ya era lo que era, y hasta hoy no me he arrepentido de ser como soy, ni reniego de mi condición ni menos me avergüenzo de ella.

Mi madre dijo que era la voluntad de Dios que yo fuera así, pero no creo en eso. Y como tampoco puedo decir por qué yo soy así, pues, no me meteré en camisa de once varas.

Si ser gay es un pecado, pues, que el Señor Jesucristo me perdone. Solo él tiene derecho a juzgarme y a condenarme, aunque los pastores evangélicos que he conocido me vean como si ven a un demonio.

Debo decir que no odié a mi padre. Tampoco le dije a mi mamá lo que me había hecho. Mi madre ya sufría demasiado con mi forma de ser, y con las recriminaciones de mi padre, que no quería yo agregarle más dolores y angustias. Pero Marina se lo dijo. Eso fue dos años después. Por desgracia, Marina no pudo guardar el secreto.

Yo no quería que mi mamá odiara a mi padre, aunque no sé si al darse cuenta de lo que me había hecho, sintió odio por él. Murió esa misma madrugada, de un paro cardíaco. Infarto al miocardio, dijeron que fue lo que la mató. Nos dejó pequeños. Yo, de quince años; mis hermanas de trece, y de doce, porque son gemelas.

CALVARIO.

Lo que siguió al entierro de mi madre fue terrible. Mi padre se volvió más violento, tanto, que una mañana, mientras estábamos los cinco en el desayunador, él se puso furioso porque yo agarré el tenedor con dos dedos, el pulgar y el índice de mi mano izquierda, porque es la mano que uso, y a él aquello le pareció demasiado femenino.

Me gritó, me tiró el café encima y me dijo que él no quería tener más a un marica en la casa. Luego, se puso de pie, se fue encima de mí y me dio una bofetada que me lanzó contra el piso, con todo y silla. Yo grité de dolor porque me volvió a romper la mandíbula, y si Marina no se hubiera puesto entre él y yo, creo que me hubiera hecho mucho más daño.

Marina llamó al doctor Cherenfant, pero él estaba operando en el Seguro del Barrio Abajo, y tuve que esperar cuatro horas en el hospital hasta que el doctor llegó para atenderme. Y creo que ni siquiera en ese momento sentí odio por mi padre. Pero, esto no significa que yo no quisiera desquitarme todo lo que me hacía. ¡Claro que sí, Carmilla!

En las noches, cuando estaba solo y no podía dormirme, me imaginaba mil cosas. Imaginaba que emborrachaba a mi padre, que él caía rendido de borracho, y que yo lo amarraba de pies y manos, y que me sentaba enfrente de él para esperar que despertara. Después, le decía que me iba a pagar todas las que me había hecho, y empezaba a cortarle los dedos, luego le sacaba los ojos, y después lo despellejaba vivo... pero estas cosas eran solo ilusiones, pensamientos vanos, sencillamente, porque yo soy incapaz de hacerle daño a nadie. Pero me dormía pensando en todo esto, y eso me daba algo así como tranquilidad... o, no sé qué era...Cuando volví a la casa, Carmilla, después de la cirugía, mi padre me miró, creí que iba a decirme algo, pero se limitó a carraspear con fuerza y a escupirme en el rostro lleno de vendas. Marina me limpió y me llevó a esconderme en mi cuarto.

Sé que mi papá pagó los gastos de la cirugía, pero en ningún momento mostró algún sentimiento positivo hacia mí. Me detestaba, me repudiaba y sentía asco por mí. Sin embargo, yo seguí los consejos de Marina, los que le decía mi mamá que me dijera, y eran que nunca me fuera de la casa, hasta que pudiera mantenerme por mí mismo.

Mi mamá me dejó un fondo generoso para mis estudios, pero nunca los he usado porque mi papá me pagó la Universidad Católica. Allí me hice abogado. Y aquí debo contarle algo más, algo que me duele mucho en mi corazón. Iba yo a mi práctica profesional, y me atreví a pedirle ayuda a mi padre para que me consiguiera un lugar donde hacer la práctica, pero él se volvió hacia mí, me miró con la ira y el odio de siempre, y me lanzó un libro que estaba leyendo. Se paró y salió del estudio. No lo volví a molestar.

Pero, hay algo interesante, Carmilla, y que yo no entiendo bien, y es que la noche antes de mi graduación le dije a mi papá que fuera, que me gustaría que estuviera conmigo en memoria de mi mamá; pero no me dijo nada. Sin embargo, esa mañana se levantó temprano, se afeitó, se bañó y se puso su mejor traje.

Aunque se fue solo en su carro para la universidad. Yo lo vi allí, serio, sin decir nada, pero estaba acompañándome. Al llegar a la casa, me llamó y me dijo: “Tu mamá te dejó una casa en Las Hadas y un dinero en el banco. Quiero que tomés posesión de todo eso y te vayás de mi casa”. Yo lo miré y empecé a llorar. Él escupió en el suelo y me dejó solo. Me fui de la casa al día siguiente, lleno de lágrimas. Marina se vino conmigo. Mis hermanas se quedaron solas con él. No volví a verlo. Debo decir que tenía miedo de encontrarlo. Ya era yo profesional, trabajaba y tenía la herencia de mi madre, y empecé a conocer la libertad. Y con eso, empecé a conocer el odio; y algo peor todavía: los deseos de venganza.

“¡Lo odio, Marina, y le deseo todos los males del mundo! ¡Es mi padre, pero, lo odio! Y estoy segura de que apenas tenga la oportunidad, me voy a desquitar todas las que me hizo. ¡Te lo juro!”.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA

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