Selección de Grandes Crímenes: El amor también mata

Cuando se unen la pasión, las hormonas y la maldad, el parto es siniestro

  • Actualizado: 16 de agosto de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El amor también mata

LINA. Se llamaba Rosalina. No era muy alta, pero era hermosa, con una cara bonita, en la que brillaban dos ojos color miel grandes, llenos de vida y de sueños; su piel era blanca, llevaba el pelo pintado de oro y sonreía siempre, a pesar de que llevaba algunas penas en el corazón... hasta que, un día, esas penas terminaron para siempre. Apareció muerta en su propia cama. El forense dijo que tenía, al menos, unas cinco horas de haber muerto. Sus ojos estaban vidriosos, fijos en el techo, la boca entreabierta y la cabeza tirada un poco hacia atrás sobre la almohada, como si le hubiera faltado el aire y deseara tragarlo a bocanadas. Su esposo, con el que se había casado hacía apenas un año, no quiso despertarla a las cuatro de la mañana. Se levantó despacio, se bañó, y se fue a la cocina a hacerle el desayuno. Siempre comían juntos en la mañana antes de ir al trabajo. Marcela, la hija de Lina ya estaba lista para ir al colegio. Se graduaba ese año, y estudiaría Medicina. Era alta, bonita, elegante y de piel más blanca que la de su madre. Y tenía aquella sonrisa dulce que, seguramente, había heredado de ella. Sin embargo, esa mañana estaba rara...

“Tu mamá va a salir del cuarto -le dijo Luis-, hablamos después. Quiero que esto se termine”.

Marcela se sentó, le puso miel a sus panqueques y sorbió un poco de jugo.

“Ya terminó” -dijo, cortando un pedazo con el tenedor.Luis no le hizo caso. Estaba de espaldas a ella en la cocina. Marcela, agregó:

“Eso se llama matar el tigre y tenerle miedo al cuero”.

Luis se volvió.“Mejor andá a llamar a tu mamá. Los panqueques están calientes”.

“No va a venir” -dijo la muchacha.

“No te entiendo”.“Eso no va a venir”.

Se levantó, se acercó a Luis y lo besó en la boca, con esa pasión adolescente que llega a ser como volcanes en erupción.

“Podemos hacerlo aquí” -le dijo la muchacha.

“¿Estás loca?” -rechinó él, separándose un poco.

“Sí, estoy loca... Ya te lo dije... Desde que los vi... Desde que...”

“¿Podés callarte? Esto no puede seguir”.

“Seguirá -replicó ella, con voz melosa-, seguirá. Recordá que vos me hiciste mujer, y yo no quiero ver a otro hombre. Mi virginidad fue tuya, y yo soy tuya... Y más ahora”.

“¿Qué querés decir?”

“Lo que parece que no has visto bien... Andá al cuarto”.

EN LA POLICÍA

Luis temblaba de pies a cabeza y sudaba helado. Hablaba despacio, repitiendo las palabras como si no estuviera seguro de que fueran claras. A veces se agarraba la cabeza con las manos, apretaba los dientes y se tragaba sus lágrimas. Sus dos hijos, ya mayores, estaban con él, y dos abogados lo asistían, mientras el fiscal del Ministerio Público hacía una pregunta tras otra.

“Repítame, por favor -le dijo-, el momento en que usted fue al cuarto”.

Luis esperó un poco, miró a sus abogados y estos le hicieron señal de que hablara.

“Fui -balbuceó-. Algo me asustó en la voz de Marcela. Se notaba tan segura, tan rara, y tan osada en la cocina, tanto, que se había quitado el uniforme y se me insinuaba”.

Aquí se mordió la lengua.

“Yo tenía miedo de que Lina saliera del cuarto de un momento a otro... Sabía que yo estaba haciendo el desayuno y ella comía antes de bañarse para ir al trabajo...”

“Siga”.

“Entré... Estaba la luz apagada, lo que me pareció extraño. La encendí, y me acerqué a ella... La vi...”

Tembló de nuevo.

“Grité... La llamé... La toqué... Estaba helada... Marcela venía detrás de mí. Venía desnuda y me dijo: ‘Vos me dijiste que si ella no estuviera serías muy feliz conmigo... Y ya no está’. Yo le grité: ‘¿Qué fue lo que hiciste?’ Ella me dijo: ‘Lo que teníamos que hacer’. Se me acercó; no sé cómo me tumbó en la cama... Yo no sabía dónde estaba”.

POLICÍA

El comisario sorbió un poco del café que ya se había enfriado en su taza, dio vuelta a dos páginas del expediente y me dijo:

“Recibimos órdenes de que no se mencionara nada de este caso; ni siquiera a los periodistas. Don Luis es... Don Luis... Ya me entiende usted. Era mayor que su esposa, Lina. Ella tenía treinta y tres; él, cincuenta y ocho; ella fue madre adolescente, se enamoró a los quince y tuvo a su hija a los dieciséis. Él era divorciado, tenía dos hijos de treinta y de treinta y dos años. Dijo que era feliz con Lina, pero que, poco a poco, se fue fijando en su hijastra, que es alta, muy hermosa, bonita y sensual. ¡Y cínica, por supuesto! Una criminal despiadada”.

“¿La entrevistaron?”

“¡Es menor de edad! -exclamó el comisario-. Ya sabe usted, Carmilla, lo que eso significa... fiscal de la niñez, derechos de la niñez, abogados, psicólogos, trabajadores sociales, jueces maniatados, policías amarrados, abogados defensores que son perros de garra...”

“¿Abogados defensores?”

“Sí... ¡Tres! Una mujer, una abogada famosa; dos varones con colmillos y dos asesores... ¡Pagados por don Luis!

”“¿Qué?”

“Ya ve como son las cosas”.

El comisario bebió su café casi de un solo trago. Señaló una foto y después otra. La primera era la de un hombre mayor, atractivo, de pelo gris y blanco en las sienes, ojos claros, de porte elegante y señorial; la segunda era Marcela, sonriente, bonita, posando como para una revista. Era la fotografía que le tomaron en la escena del crimen.

“Lina estaba desnuda en la cama -siguió diciendo el policía-; su esposo dijo que había tenido intimidad con ella la noche anterior... Y dijo algo más. Cuando ella se durmió fue a la cocina a traer agua. Marcela lo estaba esperando furiosa y le dijo: Te vi, los vi otra vez. Y no lo soporto”.

“Callate que vas a despertar a tu mamá -le dijo don Luis-. ¿Qué querés que haga? Es mi esposa”.

Ella le reclamó:

“¿Y yo? ¿Qué soy yo para vos?”

“Marcela...”

La agarró de una mano y la llevó a su cuarto.

“Mañana hablamos... No te alterés más... Calmate”.

“Ella no entendía razones -siguió diciendo el comisario-; lo tendió en la cama... Don Luis prometió que lo diría todo y que estaba dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos y de sus malas decisiones...”

“Tuvo intimidad con una menor de edad”.

“Ese era su delito”.

“Tenía que pagar”.

El comisario suspiró.

“Carmilla -dijo, mientras nos servían el desayuno-, ya sabe usted qué poderoso caballero es don dinero”.

Puso abundante chile sobre los huevos estrellados.

“Además, Marcela declaró que estaba con él por su propia voluntad, y que nunca la obligó a nada; que, más bien, ella fue la que lo sedujo... Y dio más explicaciones que están aquí en el expediente, pero no sé si puede presentárselas a sus lectores”.

“Veamos”.

CASO

Lina estaba muerta. Don Luis habló con la Policía sin esconder nada; Marcela no fue ese día al colegio. La llevaron a la Policía. Sus abogados dijeron que no sabía lo que decía, y que no era responsable de sus declaraciones. Y agregaron que policías y fiscales no eran autoridad competente. Que Marcela declararía ante el juez.

¿Cómo murió Lina? ¿Por qué tenía que morir? ¿Quién le quitó la vida? ¿Cómo? ¿En qué momento? ¿Por qué? ¿Qué pasó con don Luis? ¿Y Marcela?

“Solo le pido que no dé muchos detalles -me dijo el comisario de policía-; no quiero problemas, pero este caso es...”

“¿Espeluznante?”

“Y de película”.

Yo no respondí.

“Esta es una copia del expediente” -dijo el policía, entregándome una carpeta con varias hojas impresas adentro. Había borrado con marcador negro los nombres

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA

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