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Pearl Harbor, a setenta años del ataque japonés

Japoneses en Canadá visitan campos de aislamiento de época de Pearl Harbor.

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11.12.2011

Setenta años después del bombardeo de Pearl Harbor y del traslado a campos de aislamiento de canadienses de origen japonés, los sobrevivientes vuelven a visitar los sitios donde estuvieron confinados, en el oeste de Canadá, durante una guerra que no fue la suya.

Tras el ataque japonés a la base de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que marcó el ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, Washington decidió aislar a unos 110,000 japoneses y estadounidenses de origen nipón. Su vecino Canadá reaccionó igual, cambiando para siempre la vida de unos 22,000 inmigrantes japoneses.

Debieron esperar casi medio siglo para que el gobierno federal les pidiera disculpas y los indemnizara, recién en 1988.

En plena Segunda Guerra Mundial, ambos países norteamericanos acusaron, sin fundamento, a los inmigrantes japoneses de integrar una 'quinta columna' (ser infiltrados), por lo que se les privó de todos sus derechos cívicos y fueron encerrados en campos de aislamiento.

En medio de los vastos bosques de coníferas de Canadá, rodeado de las nevadas cumbres de las Montañas Rocosas, el apacible poblado de New Denver, en la provincia de British Columbia (suroeste), conserva aún un conjunto de albergues hechos de troncos de pino. Un viejo japonés lo visita junto a un grupo de turistas.

Nobby Hayashi, de 83 años, es la memoria viviente de este campo de aislamiento, pues permaneció allí durante tres años junto con otros 1,500 detenidos.

El interior es austero: literas, una mesa con algunas sillas, y una olla en la estufa. 'En cada cabaña nos amontonábamos dos familias, una en cada habitación', explica Hayashi. 'Era amplia en comparación con las tiendas donde dormimos en el invierno de 1942', agrega.

Tensiones raciales.

Irene Tsuyuki, quien estuvo en Tashme, un centro de aislamiento de las Montañas Rocosas que fue destruido en 1945, recuerda cómo cambió todo para ella y su familia después del bombardeo del 7 de diciembre de 1941.

'Algunos días antes del ataque de Pearl Harbor, mi padre fue hospitalizado en Vancouver (oeste de Canadá). Mi madre iba a visitarlo todos los días. Invariablemente, él le contaba hasta qué punto el equipo médico lo atendía con todo cuidado. Pero el 7 de diciembre de 1941, ella lo encontró extremadamente contrariado: súbitamente, ya nadie le dirigía la palabra', cuenta.

El bombardeo a Pearl Harbor atizó el desprecio de la comunidad por los japoneses. La opinión pública y la clase política presionaban a Ottawa para que neutralizara a la 'quinta columna' y encerrara a los japoneses, quienes el 24 de febrero de 1942 fueron declarados amenaza para la seguridad nacional.

'El gobierno canadiense pensaba que éramos espías', cuenta la señora Emiko, deportada con su familia a Lemon Creek, en la provincia de Alberta (oeste).

Emiko y otros 22,000 japoneses fueron encerrados o enviados a realizar trabajos forzados. Sus bienes fueron incautados y vendidos para pagar los gastos de gestión de los campos.

Uno de los turistas en New Denver le pregunta a Hayashi si alguna vez intentó huir. Tras una pausa, el hombre responde: 'Desobedecer las órdenes no forma parte de la mentalidad japonesa'. Y concluye: '¿Para ir adónde? Estábamos rodeados de montañas'.

Al terminar la guerra, Ottawa puso en un dilema a los detenidos en los campos: permanecer en territorio canadiense, pero al este de las Montañas Rocosas, lejos del Pacífico, o regresar a Japón. Una difícil decisión para padres japoneses cuyos hijos eran canadienses.

Carca de 4,000 personas, entre ellas los Tsuyuki, decidieron aceptar la compensación económica que se les ofreció por la pérdida de sus bienes y regresaron al país del sol naciente, que tras la bomba atómica quedó devastado.

Irene Tsuyuki tuvo que esperar cuatro años antes de regresar a Canadá y otros 40 para que Ottawa se disculpara. El 22 de septiembre de 1988, el gobierno federal reconoció el mal que le había hecho a los canadienses de origen japonés. Al final de la visita, un turista pregunta: '¿Qué sienten, después de tantos años?'.

Nobby Hayashi, pudoroso, responde: 'Para mí, la única manera de superar todo aquello es contar lo que nos pasó'.

EL DíA DEL ATAQUE.

El 7 de diciembre de 1941, al alba, Japón despertó al 'gigante dormido' estadounidense al bombardear la flota del Pacífico anclada en la base de Pearl Harbor. En dos horas, una veintena de buques de guerra fueron hundidos o dañados y 164 aviones destruidos.

De los 2,400 muertos, casi la mitad perecieron en cuestión de segundos a bordo del acorazado USS Arizona, cuando una bomba detonó en su depósito de municiones, iniciando un incendio que duró tres días.

Al denunciar 'una fecha que perdurará en la infamia', el entonces presidente Franklin Roosevelt declaró la guerra a Japón, cambiando el curso de la Segunda Guerra Mundial, en momentos en que muchos de sus conciudadanos habían abrigado la esperanza de escapar al conflicto.

Durante siete décadas, algunas teorías de la conspiración han planteado que el presidente Roosevelt había recibido información de inteligencia sobre el ataque japonés antes de que ocurriera, pero que deliberadamente eligió no actuar.

De acuerdo con esas teorías, Roosevelt creía que el golpe provocado por el ataque persuadiría a los estadounidenses de la necesidad de entrar en la Segunda Guerra Mundial.

Esas teorías fueron alimentadas por el hecho de que un radar militar estadounidense fracasó en detectar a seis portaaviones japoneses con 400 aviones a bordo, que se detuvieron a 350 kilómetros de su objetivo.

Cualquiera sea la verdad, el día después del ataque a Pearl Harbor, el Congreso estadounidense declaró oficialmente la guerra a Japón. Tres días después, Alemania declaró la guerra a Estados Unidos, que entró al conflicto en dos frentes.

Casi seis décadas después de que Japón iniciara su ataque sorpresa, los atentados del 11 de septiembre de 2001 de Al Qaida contra Estados Unidos llevaron a hacer comparaciones con el ataque a Pearl Harbor, en el sentido de que desató la respuesta militar estadounidense y un profundo replanteo estratégico.

El miércoles en Pearl Harbor, al oeste de Honolulu, un puñado de sobrevivientes del USS Arizona se unieron a otros veteranos para rendir tributo a aquellos que murieron en el ataque, una ceremonia que se realiza anualmente pero que cobra otra dimensión en este 70 aniversario.

En Washington, donde se celebró una ceremonia en el Memorial de la Segunda Guerra Mundial, el presidente estadounidense Barck Obama, nacido en Hawái, rindió homenaje el martes a los más de '3,500 estadounidenses muertos o heridos durante el letal ataque y (...) a los héroes cuyo coraje aseguró la recuperación de nuestra nación de este despiadado golpe'.

Hoy los restos siguen visibles, aflorando a la superficie. Una de sus torres oxidadas emerge claramente, coronada con una bandera estadounidense. Cada día, centenares de visitantes contemplan el navío desde un memorial construido justo encima de sus restos.

'Es un gran pedazo de la historia. Es muy impresionante', comenta Gord Woodward, un turista canadiense, encima de una edificación oficialmente considerada como un cementerio militar.

Lo que no deja de impresionar a los turistas son las gotas de carburante que suben a la superficie cada 20 o 30 segundos.

'Algunos las llaman ‘lágrimas negras’, como si los hombres lloraran todavía en el interior del navío', explica uno de los guías en el memorial.