Las actuales condiciones climatológicas que golpean a Honduras son consecuencia de una crisis ambiental estructural que ya pasa factura a la salud y la economía de la población.
Esta semana prevalecerán altas temperaturas que podrían superar los 40°C en la zona sur, alcanzar los 33°C en la región central y sobrepasar los 36°C en el norte y occidente.
Ciudades como Tegucigalpa y San Pedro Sula permanecen bajo una densa capa de humo estacionaria producto de incendios forestales -en su mayoría provocados-, quemas agrícolas y contaminantes que quedan atrapados a nivel del suelo debido al fenómeno de inversión térmica, explican los especialistas.
Las consecuencias son inmediatas: las autoridades sanitarias ya reportan un repunte en enfermedades respiratorias, mientras la sensación térmica roza los 45°C en áreas críticas. A esto se suma que las represas de la capital operan a menos del 50% de su capacidad, forzando racionamientos severos.
El alcalde Juan Diego Zelaya ha resumido la crisis diciendo: “Lo que vamos a vivir este verano es serio. Ojalá que llueva, ojalá que Dios nos traiga más lluvia, pero tenemos que prepararnos. Hay que esperar lo mejor, pero prepararnos para lo peor”.
Ante este escenario, la respuesta institucional ha sido la readecuación de horarios escolares y la virtualidad a partir del miércoles, además del llamado desde la Secretaría de Salud a suspender actividades al aire libre y extremar el cuidado de niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares, quienes enfrentan el mayor riesgo ante la combinación de calor y contaminación.
Lo que vive Honduras es un recordatorio brutal de nuestra vulnerabilidad climática; urge una política pública agresiva que combine la reforestación estratégica con un castigo firme y ejemplar contra los depredadores del bosque.