Los terremotos que sacudieron Venezuela la tarde del miércoles pasado han sido devastadores. La destrucción es total en extensas zonas y el número de víctimas mortales crece día a día. Las pérdidas económicas son incalculables.
Las escenas que llegan a través de los medios de comunicación y las redes sociales parten el alma. Miles de personas perdieron la vida, miles más resultaron lesionadas y una cantidad no estimada hasta ahora está esperando la ayuda estatal y de los países del mundo. Estos últimos de inmediato hicieron llegar sus equipos de rescate, los cuales a cada momento nos muestran escenas de salvamento de personas de todas las edades, incluidos niños recién nacidos que han sobrevivido a más de 70 horas bajo los escombros.
Hoy, son millones las personas que están durmiendo en las calles, ya sea porque lo perdieron todo o por el temor a las réplicas que han seguido ocurriendo.
En medio de la tragedia, sobresalen las escenas de solidaridad entre la población que, tras la tragedia, sin equipo especializado y solo con sus manos, se lanzó a la remoción de escombros en busca de sus parientes.
Si bien ningún país está preparado para hacer frente por sí solo a una tragedia de esta magnitud, los terremotos han dejado en evidencia el abandono estatal de los sistemas de protección social, sanitarios y de comunicación, entre otros, que son vitales para la atención de emergencias como esta.
Este, sin duda, no es el momento de hacer política, es el momento de concentrarse en las labores de rescate y atención de las víctimas; pero ya llegará el día en que se pida que rindan cuentas aquellos que han estado encargados de la administración del Estado.
La emergencia actual pasará, los escombros serán removidos y las réplicas cesarán, pero el impacto de esta catástrofe marcará un antes y un después en la historia de ese hermoso país suramericano. Desde Honduras, nuestra total solidaridad.