Una nueva narrativa para la agricultura: un debate indispensable en el siglo XXI

El desafío ya no consiste simplemente en producir más. Habrá que producir más con menos recursos, reduciendo simultáneamente la huella ambiental.

  • Actualizado: 15 de julio de 2026 a las 19:07

Por Manuel Otero. Médico veterinario. Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) 2018/2025

Durante décadas, buena parte del debate sobre el desarrollo económico en América Latina se organizó alrededor de una idea sencilla: progresar significaba industrializarse, urbanizarse y dejar atrás una economía basada en recursos naturales. En esa narrativa, la agricultura aparecía como un sector tradicional, proveedor de materias primas y alimentos baratos, importante pero incapaz de liderar procesos de transformación económica profunda.

Hoy, esa visión ha quedado desactualizada.

El sistema agroalimentario mundial atraviesa una transformación estructural que está modificando simultáneamente la forma de producir alimentos, generar energía, utilizar los recursos naturales y organizar la innovación. En este nuevo escenario, la agricultura deja de ser una actividad primaria tradicional para convertirse en una plataforma estratégica basada en conocimiento, ciencia y tecnología. Comprender este cambio es particularmente importante para América Latina y el Caribe. La región posee una oportunidad histórica, pero aprovecharla requerirá una nueva manera de pensar el papel del agro en el desarrollo.

Las tendencias globales son contundentes. La población mundial continuará creciendo y se acercará a los diez mil millones de personas hacia mediados de siglo. Al mismo tiempo, millones de habitantes de Asia y África ingresarán a clases medias urbanas con mayores demandas de alimentos, proteínas y productos diferenciados. Según estimaciones de la FAO y de la OCDE, la demanda global de alimentos podría aumentar alrededor de un 50% hacia 2050. Sin embargo, esta expansión deberá producirse en un contexto mucho más complejo que en el pasado. La disponibilidad de tierra cultivable por habitante continúa disminuyendo, los recursos hídricos enfrentan crecientes presiones y el cambio climático incrementa la frecuencia de eventos extremos y la incertidumbre productiva.

El desafío ya no consiste simplemente en producir más. Habrá que producir más con menos recursos, reduciendo simultáneamente la huella ambiental.

La buena noticia es que la agricultura del siglo XXI cuenta con herramientas que hace apenas unas décadas eran impensables. Biotecnología, edición génica, agricultura de precisión, inteligencia artificial, sensores remotos, robótica y análisis masivo de datos están transformando profundamente los sistemas productivos. La imagen del productor tomando decisiones exclusivamente sobre la base de la experiencia acumulada está siendo reemplazada por otra muy distinta donde crecientemente las decisiones se toman en base a imágenes satelitales, modelos predictivos, plataformas digitales y herramientas de gestión basadas en inteligencia artificial para optimizar cada decisión productiva.

En este contexto, la competitividad agrícola depende cada vez menos de la mera disponibilidad de recursos naturales y mucho más de la capacidad para generar, adaptar y utilizar conocimiento.

América Latina ocupa una posición excepcionalmente favorable dentro de esta transición. La región concentra una proporción significativa de la tierra potencialmente cultivable y de los recursos hídricos del planeta, además de haberse consolidado como uno de los principales exportadores netos de alimentos del mundo. Pero el verdadero cambio registrado durante las últimas décadas fue tecnológico.

Países como Brasil y Argentina protagonizaron algunos de los procesos más dinámicos de crecimiento de productividad agrícola a escala global. Brasil transformó el denominado Cerrado mediante investigación aplicada y adaptación tecnológica tropical. Argentina lideró la expansión de la siembra directa y alcanzó niveles extraordinarios de adopción de biotecnología y agricultura de precisión. Estos avances no fueron producto del azar. Surgieron de inversiones sostenidas en ciencia y tecnología, instituciones públicas capaces de generar conocimiento y una intensa articulación con el sector privado.

Sin embargo, persiste una paradoja. Mientras el agro se vuelve crecientemente sofisticado desde el punto de vista tecnológico, buena parte de las narrativas públicas continúan describiéndolo con categorías propias del siglo pasado.

Todavía suele presentarse a la agricultura exclusivamente como una actividad extractiva o de baja complejidad. Este desajuste entre realidad y percepción tiene consecuencias concretas. Dificulta la construcción de consensos, desalienta inversiones estratégicas y limita la capacidad de diseñar políticas públicas acordes con los desafíos contemporáneos. La discusión no debería plantearse como una oposición entre producción y sostenibilidad. Precisamente porque la agricultura depende de los recursos naturales, tiene fuertes incentivos para preservarlos y mejorar su utilización.

La incorporación de nuevas tecnologías permite reducir el uso de insumos, mejorar la eficiencia en el empleo del agua y disminuir pérdidas productivas. Asimismo, prácticas como la siembra directa o determinados sistemas regenerativos pueden contribuir a incrementar el carbono almacenado en los suelos.

En este punto emerge otro concepto clave: la bioeconomía.

La bioeconomía propone utilizar recursos biológicos, ciencia y tecnología para producir no solo alimentos, sino también energía, biomateriales, bioplásticos, biomoléculas y una amplia gama de productos industriales sostenibles. En otras palabras, plantea reemplazar progresivamente materiales y procesos basados en recursos fósiles por alternativas renovables.

Para América Latina, esta transición abre oportunidades extraordinarias. A diferencia de muchas industrias intensivas en conocimiento concentradas en grandes centros urbanos, numerosas actividades bioeconómicas se desarrollan a partir de biomasa distribuida territorialmente. Esto implica nuevas posibilidades de inversión, generación de empleo y agregación de valor en regiones rurales e intermedias. Así, La bioeconomía puede convertirse así en una poderosa herramienta de desarrollo territorial, contribuyendo a reducir brechas regionales y generar nuevas oportunidades para comunidades históricamente rezagadas.

Pero para que ello ocurra será necesario algo más que ventajas naturales. Harán falta políticas públicas modernas, inversiones en ciencia y tecnología, marcos regulatorios adecuados y una visión estratégica compartida.

En definitiva, el principal desafío que enfrenta hoy América Latina no es únicamente productivo. Es también conceptual. Requiere construir una nueva narrativa capaz de reconocer que la agricultura contemporánea constituye mucho más que una fuente de exportaciones, y promover acciones en consecuencia.

Las oportunidades históricas no aparecen con frecuencia. La transformación global de los sistemas agroalimentarios representa una de ellas. La pregunta ya no es si América Latina tiene condiciones para desempeñar un papel estratégico. La verdadera pregunta es si será capaz de desarrollar la visión conceptual, política e institucional necesaria para aprovechar plenamente ese potencial.

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