Una doctrina, no un humor: la agenda pragmática de Honduras tras el discurso de Trump en la ONU

Conviene entender la distinción. Un humor pasa con la próxima elección

  • Actualizado: 22 de septiembre de 2026 a las 16:37

El martes, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump hizo algo que Honduras haría bien en no confundir con retórica de campaña. Anunció, sin eufemismos, que el hemisferio occidental vuelve a ser zona de acción unilateral de Estados Unidos. La captura de Nicolás Maduro en Caracas, los ataques a lanchas del narcotráfico en el Caribe, la exigencia a México de "recuperar el control de su suelo", la presión sobre Cuba hasta que "caiga": nada de esto fue improvisación de podio. Fue la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 leída en voz alta ante el mundo.

Conviene entender la distinción. Un humor pasa con la próxima elección. Una doctrina se escribe, se presupuesta y se convierte en despliegues navales. El documento de diciembre eleva al hemisferio a primera prioridad de la política exterior norteamericana bajo el título explícito de "Corolario Trump a la Doctrina Monroe", y la Estrategia de Defensa de enero fundió "patria y hemisferio" en un solo concepto. Honduras, que sostiene la base de Soto Cano desde hace cuatro décadas y que figura como miembro fundador del Escudo de las Américas, no es espectadora de esa doctrina. Es uno de sus laboratorios. Y un laboratorio tiene dos opciones: ser el objeto del experimento o ser quien lo diseña.

El porqué, según Rubio

Para entender la lógica, conviene escuchar al secretario de Estado. Marco Rubio recibió a Nasry Asfura en enero, antes de la toma de posesión, y puso sobre la mesa tres condiciones: mantener el tratado de extradición, combatir el crimen transnacional y frenar la migración ilegal. No eran temas de negociación. Eran el precio de entrada.

El argumento de Rubio empieza con una observación que pocos hondureños discutirían: durante tres décadas, Estados Unidos trató a Centroamérica como un problema de administración migratoria y dejó que el vacío lo llenaran otros. En Honduras ese vacío tuvo nombres. Los Cachiros y los Valle compraron alcaldes y diputados. El gobierno anterior rompió con Taiwán a cambio de promesas chinas que nunca llegaron y perdió el mercado del camarón en el intento. Y más de un millón de hondureños fueron detenidos en la frontera norteamericana en una sola administración.

Para Rubio, esa migración no es un fenómeno humanitario sino el síntoma exportado de un Estado que no deja vivir a sus ciudadanos. El hondureño que paga a un coyote no huye de un huracán; huye de una extorsión que la policía no impide y de un juzgado que no sentencia. Las remesas, un cuarto de la economía, son la medida exacta del fracaso: el país exporta a su gente y vive de lo que ella envía. Y un Estado capturado por el narcotráfico, sostiene Rubio, deja de ser un problema de política exterior para convertirse en uno de seguridad interior norteamericana, que se resuelve con los instrumentos del Estado. Honduras conoce la versión amable de esa lógica en Soto Cano. La versión menos amable acaba de verse en Caracas.

Lo que la alineación no compra

Aquí conviene una dosis de realismo que los entusiastas del nuevo alineamiento suelen omitir. En julio, apenas seis meses después de que Asfura pidiera alivio arancelario en Mar-a-Lago, Washington impuso un arancel del diez por ciento a las exportaciones hondureñas citando trabajo forzado en la cadena de suministro. La lección es clara: esta administración aplica presión económica a aliados cuando detecta vulnerabilidades, y la lealtad política no sustituye el cumplimiento técnico. Tampoco puede Honduras contar con el escudo multilateral de antes. Washington ha retirado deferencia al Consejo de Derechos Humanos, a la Corte Penal Internacional y a varias agencias de la ONU, y Honduras, con la MACCIH expulsada en 2020 y la CICIH nunca instalada, tiene poca autoridad para apelar a mecanismos internacionales que ella misma desechó.

Habrá, además, resistencia interna a la doctrina, y no toda será limpia. Alcaldes y diputados de todos los partidos cuya carrera fue financiada por el narcotráfico defenderán la soberanía con las palabras de un patriota honesto. Sectores de Libre se movilizarán contra el "imperialismo" en nombre de un régimen cubano que jamás concedió a su pueblo la autodeterminación que reclaman para él. Desde Washington, todas esas voces suenan igual, y Washington no va a esperar a que Honduras las distinga.

La agenda pragmática

De ahí la tesis de esta columna: la mejor respuesta de Honduras a una doctrina codificada no es ni el rechazo en bloque ni el alineamiento incondicional, sino una agenda de intereses concretos que convierta al país de objeto de la doctrina en socio con capacidad de negociación. Cinco frentes definen esa agenda.

Primero, la extradición como instrumento compartido, no unilateral. El tratado debe reafirmarse como política de Estado, y a cambio Honduras debe proponer un protocolo que dé a su fiscalía acceso a la evidencia norteamericana sobre funcionarios hondureños. Quien pide la lista de financiadores políticos del narcotráfico controla parte del proceso; quien la recibe, no.

Segundo, la consulta previa como meta ganada, no como derecho reclamado. Honduras no puede exigir aviso anticipado de operaciones sensibles mientras sus propias fuerzas de seguridad y su sistema de justicia arrastren el historial de colusión con el narcotráfico que llevó a generales, comisionados y magistrados a las listas de sanciones y a las cortes de Nueva York. Washington no comparte inteligencia con instituciones que la filtran, y ningún acuerdo diplomático cambiará eso. Lo que sí puede cambiar es el perímetro de confianza. El modelo existe: unidades investigadas y polígrafo mediante, con personal verificado por ambos gobiernos, que reciben información que el resto del aparato no recibe. Un acuerdo actualizado sobre Soto Cano y la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo debería fijar ese estándar como referencia explícita: a medida que más unidades, fiscalías y juzgados superen la verificación, más operaciones se consultan con anticipación. Así la consulta previa deja de ser una demanda de soberanía abstracta y se convierte en el indicador medible de cuánto ha limpiado Honduras sus propias instituciones.

Tercero, cerrar las vulnerabilidades comerciales antes de que se conviertan en aranceles. Una auditoría laboral en las cadenas exportadoras y un plan de cumplimiento presentado a USTR convierten la sanción de julio en oportunidad de certificación. En paralelo, acelerar el acuerdo comercial recíproco usando como referencia los textos ya cerrados con El Salvador y Guatemala.

Cuarto, capturar la relocalización industrial. El comercio bilateral supera los quince mil millones de dólares. Las cadenas de suministro que salen de Asia necesitan puertos y mano de obra a dos horas de Miami, y Puerto Cortés es el mejor puerto de aguas profundas de Centroamérica. Ese capital no aterriza donde paga peaje a un cartel; aterriza donde los contratos se cumplen. Un paquete de seguridad jurídica, con arbitraje internacional y estabilidad regulatoria, vale más que cualquier incentivo fiscal.

Quinto, Taiwán sin perder a China. Completar la restauración de relaciones con Taipéi, que Washington premia, mientras se preservan canales comerciales con Pekín mediante oficinas de representación, como han hecho otros. La doctrina exige negar a China activos estratégicos, no cerrar mercado

Por qué esto funciona

Porque la misma doctrina que amenaza a los Estados capturados es, para un Estado que decida dejar de serlo, la mayor oportunidad en una generación. Rubio lo ha dicho: Washington no busca colonias sino socios, y está dispuesto a pagar por ellos. Por primera vez en décadas, la seguridad de Estados Unidos y la prosperidad de la clase media hondureña apuntan en la misma dirección. El empresario de San Pedro Sula que no puede competir con el lavado de dinero, el juez amenazado por sentenciar a un narco, el fiscal que insiste en un caso incómodo: todos tienen hoy en Washington un aliado más interesado en su éxito que cualquier gobierno norteamericano desde Kennedy. No por altruismo. Por interés. Y el interés, como sabía Adam Smith, es más confiable que la virtud.

Las élites que robaron en Tegucigalpa para guardar en Florida entienden esto mejor que sus críticos. Saben que las visas revocadas y las cuentas congeladas no son ruido diplomático sino el fin de su modelo de negocio. Caerán no por revoluciones sino por contabilidad. El gobierno que se ponga del lado de esa contabilidad, con sentencias firmes y contratos transparentes, tendrá en Washington un socio; el que la obstruya, tendrá un supervisor.

El discurso del martes dijo, con claridad inusual, en qué mundo vive Honduras. Es un mundo en que la fuerza vuelve a ser el argumento de primera instancia y en que las instituciones que la contenían perdieron la autoridad para hacerlo. Honduras puede lamentarlo. Pero lamentarlo no es una estrategia. Negociar desde intereses concretos sí lo es, y limpiar la casa es la única forma de negociar con autoridad, porque solo así podrá decir que la casa es suya.

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