“¿Verdad que no se acuerda de mí?”, me preguntó hace unas semanas un caballero, a quien me encontré en una repostería. Es muy probable que mi rostro me delatara, aunque siempre he tenido destreza para escabullirme de estos momentos incómodos. “Claro que sí”, mentí con descaro, devolviendo esa “pregunta salvavida” que nunca falla “¿y usted cómo ha estado?”, para “tirar la pelota al otro lado de la cancha”, lejos de una conversación específica que dejara al descubierto mi estrategia.
Creí superado el trance, cuando me preguntó por personas de mi entorno profesional y me percaté que no era un televidente o alguien que me conocía de paso. Haciendo uso de un “pie de guion” teatral -esa última frase, palabra o acción de los actores que sirven como señales o indicaciones para que otro actor inicie su diálogo o acción- aproveché para continuar una plática que no tendría final feliz para mí, pues me iba a quedar corto en mi repertorio de excusas creativas para estas situaciones.
Contrario a otras ocasiones bochornosas en las que quedé en evidencia, decidí “avanzar mis líneas” y di un audaz paso, que podría confirmar la duda inicial de mi interlocutor o serviría para que, “motu proprio”, ofreciera “más señas” sobre sí mismo... “Recuérdeme por favor su apellido...”, le dije con fingida seguridad para transitar por terreno firme... y ¡voilá! como había supuesto, no solo me dijo su nombre completo, sino que me contó “como se alegraba de reencontrarme después de tantos años, luego que me conociera mientras yo cumplía con el encargo de X consultoría” (de hacía veintitantos años, nada menos). La treta funcionó bien pues me vi transportado a las circunstancias del tiempo en que nos conocimos y compartimos responsabilidades laborales, recordamos y extrañamos a conocidos comunes y nos despedimos confirmando números telefónicos, pues seguro habrían cambiado (truco adicional para consignar “su gracia”).
Quienes me conocen saben que mi falta de recordación de rostros tiene magnitudes proverbiales. He estado sentado hasta tres horas al lado de un amigo con quien he jugado en el mismo equipo partidos de softball y no le he hablado porque no lo reconocí fuera del campo de juego, o he saludado cortésmente a alguien en una cafetería, para descubrir dos horas después -en la escuela a que van mis hijos- que era el mismo director de una filmación de más de tres horas un fin de semana reciente en un parque (que incluyó tomas, instrucciones e intercambio de opiniones y bromas). Padres de familia que conozco de años y que no identifiqué cuando los encontré en mi lugar de trabajo, hasta individuos que me presentaron en otra ciudad y que al verlos en un centro comercial capitalino, ni siquiera me resultaron familiares... solo porque estaban “fuera de su lugar”.
“Ceguera facial contextual” se llama y, aunque no es grave, significa que mi cerebro asocia identidades de personas con el contexto o entorno en que las conoció. Si cambia el escenario, mi cerebro no sabe vincular el rostro.
Así que si lo vi y no lo (re)conozco, ya sabe.