Me gusta conversar con los conductores de los taxis que abordo. Sin importar la ciudad y el país, procuro -cuando es posible- trascender la banal conversación sobre el clima, el último partido de fútbol y el tráfico endiablado, para conocer un poco a mi breve y quizás irrepetible acompañante. Así he conocido personas para rememorar y otras para el eterno olvido. Dependiendo del lugar donde esas pláticas han ocurrido, he aprendido algunas lecciones: un taxímetro (que puede tener nombre según la costumbre local, como “La María” en Costa Rica) o una tarifa “por zona”, nos evita el incómodo momento del regateo, que puede tener un efecto irremediable en la relación conductor-pasajero; o que el tipo de taxi y las características peculiares del sitio en que circula, pueden condicionar la experiencia del trayecto... y la actitud de la compañía.
Hace algunos años, en la avenida Reforma de Ciudad de México, subí a un automóvil de alquiler que era conducido por un joven sonriente. Muy profesional, no habló de sus cuitas y más bien conversó con amabilidad de anfitrión, interesado por nuestro acento y su origen. Supe de sus afanes porque en algún momento recibió una llamada a su celular y yo logré completar intuitivamente la mitad que no escuchaba: su pequeño (el primero) estaba enfermo y con una fiebre incontrolable, por lo que debía llevar con urgencia cierta medicina.
Padre como él, me disculpé y le pregunté cómo evolucionaba el crío: fue en ese instante que sus labios hicieron una mueca apesarada y me dijo que su esposa le había llamado para pedirle un medicamento que aplacaría la alta temperatura... y fue ahí que su voz se quebró y calló, avergonzado de pronto conmigo, que ya tenía mi propio nudo en la garganta. Después de animarle y decirle que todo iba a mejorar, le propuse bajarme en la siguiente esquina para que pudiera atender lo suyo, pues yo podría abordar otro taxi y pagarle de todos modos.
Como era de suponer no aceptó, pero no lo hizo por orgullo: me confió -de nuevo con su sonrisa- que necesitaba terminar el viaje, porque todavía no había logrado ganar suficiente para regresar a casa con la medicina. Como no se detuvo, accedí a continuar nuestro camino compartido hacia el lugar donde una pareja amiga me esperaba.
Sin dejar que el silencio y pesadumbre dominaran, la conversación prosiguió, con palabras de aliento y solidaridad al joven paterfamilias, que las recibía de buena gana. Pasaron muchas imágenes por mi mente en el momento: era domingo y pequeños núcleos familiares caminaban por las aceras. Pensé en mis hijos que me esperaban en casa, con su madre desdoblada en trabajo por mi ausencia (¿estarían bien?).
En medio de mis cavilaciones no reparé que habíamos llegado a destino. Una cantidad parpadeaba en la pantalla del taxímetro.
Cruzamos miradas, todavía húmedas por las emociones contenidas y le pregunté con firmeza paterna cuánto costaba la medicina...No me acuerdo del precio, pero sí de que me abrazó antes de bajar, desahogando palabras de gratitud en nombre suyo, de su esposa y su hijo.