Lo primero que se nota del actual gobierno -en algunos personajillos de Casa Presidencial y del Congreso Nacional- es su lenguaje rencoroso, insolente y amenazante, que tiene explicaciones en la psicología política y en la sociología del poder; son mecanismos de defensa para quienes fueron acusados en el reciente pasado de altísima corrupción y vínculos con criminales y, para colmo, de un colosal fraude electoral.
Hay datos: el Partido Nacional no tenía posibilidades de ganar las elecciones, todas las encuestas les daban el tercer lugar. Por eso intentaron lo de siempre: trampear el sistema electoral, y ni así. Fue la injerencia descarada de Donald Trump la que autorizó la fraudulencia, y aún inflando votos, solo consiguieron 1.4 millones de los 6.5 millones de votantes, es un 23 %. Quiere decir que 77 % no votó por ellos. Es un gobierno de minoría, sobradamente débil.
Es surrealista lo que ocurre: empezando por el propio presidente Tito Asfura o del Congreso Nacional, Tomás Zambrano, tienen expedientes en los tribunales de justicia, y para agigantar lo inverosímil, muchos de los funcionarios recién nombrados mantienen acusaciones pendientes o causas abiertas por diferentes delitos ¿es propio del tercer mundo o de un país de tercera?
Esto hace entender la rabiosa desesperación por controlar la Fiscalía General y la Corte Suprema de Justicia, y con ostensible cinismo, sin importarles las críticas o atropellar las leyes, montaron un circense “juicio político” para nombrar en estos organismos a personajes maleables, serviles, dóciles. La impunidad ya no es noticia en Honduras.
Y, si era crucial apoderarse de los órganos de justicia para su inmunidad, también deliran por aferrarse al poder, ya lo perdieron una vez y (por suerte) no los aprehendieron, así que van con todo para apropiarse del Consejo Nacional Electoral. Será otro dizque juicio político con la complicidad de ciertos sectores que toleran la corrupción con tal de recibir su parte del pastel.
Para el hondureño de a pie este despiadado comportamiento de impunidad, a la vez de odio y venganza, le sale muy costoso; no solo tiene que pagar los inmerecidos salarios y abusos de politicastros devenidos en funcionarios, que por el desatino de resolver sus propias miserias, no se han ocupado de los problemas que asfixian a todos, el aumento de los productos hasta un 30 %, la violencia, el desempleo, la salud.
Disonancia cognitiva podría llamarle la psicología al comportamiento de varios funcionarios injuriosos y hostiles -tan diferentes a Asfura- que frecuentan los medios y las redes atacando con odio, como modo de defensa, porque fueron mencionados en el saqueo de varias instituciones: Seguro Social, Soptravi, alcaldía, el 911, Copeco, SEDIS, Salud, Educación, Invest, Congreso Nacional, falsas ONG... en fin, la lista es interminable. Si estos no cambian el rumbo y sus tropelías, estamos fritos.