“Los lencas, habitantes primitivos de esta región [Quimistán] fueron capaces de legar ritos agrarios, ceremonias religiosas, plantas alimenticias y medicinales, un estilo de cerámica igualitaria y ceremonial tan característico y profundamente significativo que permeó la cultura de los mayas. Los restos arqueológicos hallados en Quimistán reflejan la fuerza cultural de los lencas, la absorción de tecnologías escultóricas de los mexicas, mayas, uto-aztecas y otros componentes culturales que convivieron en este valle, para dar paso a una cultura sincrética que moldeó a los quimistecos antiguos”.
Tal afirma el maestro Adalid Martínez Perdomo en su reciente libro “Conquista, repartimiento y colonización del pueblo de Quimistán”, comunidad occidental del país, o más exacto para quienes desprecian los mapas, a 66 kilómetros de San Pedro Sula. Posee 40 aldeas y 263 caseríos, entre ellas La Ceibita y Naco, siendo su población de 33,659 habitantes sobre un territorio de 745.00 km² (39.8 hab/km²).
Gonzalo de Sandoval y Bernal Díaz del Castillo, este el magnífico cronista de Indias, arribaron a la zona en la década de 1530 para proseguir la ambiciosa conquista de Guatemala y Honduras impulsada por Hernán Cortés, quien había ya dominado al México de Moctezuma. En 1536 el cruel capitán Pedro de Alvarado había ya vencido al osado líder indígena Cicumba (o Çosomba) y fundado San Pedro Sula, para lo que repartió entre oficiales y líderes religiosos aldeas y pueblos, muchos de ellos con escasa población o extremamente lejanos. Fue entonces cuando aconteció el sangriento episodio del asesinato de Cristóbal de Olid en Naco, acuchillado por sus colegas enemigos y luego públicamente ejecutado tras bendición eclesiástica.
Maravilla saber que Cicumba, a quien procuramos ahora rescatar del olvido e integrarlo a los textos de historia, fue parte de la familia toquegua en valle de Sula, donde cultivó in extenso cacao luego traficado o vendido en las islas atlánticas, Campeche o tan lejos como Amapala. Su resistencia al dominio ibero duró siete años de fiera lucha en los confines del río Ulúa, hasta donde vino a apoyarlo con 60 canoas guerreras desde Yucatán el español aindiado Gonzalo Guerrero, muerto precisamente en esa área de combate.
Hacia 1490 Quimistán (“tierra con abundante agua”) fue importante debido a su condición de obligado paso para comercio y migraciones del norte, cuya ruta culminaba en Omoa, Gracias a Dios y Nicaragua.
Había abundante cacao, expresa el maestro Adalid, por lo que se deduce que asimismo una clase sacerdotal a la que se preparaba compuestos del sagrado y energizante chocolate. De los diez mil pobladores que habrá tenido entonces, al cabo de medio siglo sólo quedaban cien por causa de la explotación y maltrato de los europeos. En 1525 Cortés informa al rey que en el área hay muchos pueblos con oro, entre ellos Zula y Cholome, cada cual con dos mil casas, siendo Quimistán uno principal. Por allí, según este capitán, los indios pescaban con redes de plomadas de oro y por ello trajo de su reino especialistas en lavar aluviones.
Un mundo que luce ser fantasía e imaginación pero que en verdad es, gracias a esta obra, un recuento histórico parcial de nuestra identidad