Qué siglo XXI nos ha tocado; ha sido agridulce en el mundo, pero los que han vivido o malvivido en Honduras desde el año 2000 y hasta ahora, tienen mucho que contar. Hemos atestiguado la confrontación brutal de nuestra sociedad hasta la autodestrucción; el fortalecimiento del narcotráfico, las pandillas, la polarización política, la corrupción, el repetido fraude electoral, emigración masiva, pandemia, crisis institucional y, para rematar, vulnerabilidad climática.
¿Hay algo por rescatar? Por supuesto. Siempre. Algunos renglones de nuestra sofocada realidad han cambiado para mejor, pero nadie se ha dado cuenta, porque hemos estado soñando entre bandidos, rodeados de mafiosos, que mantienen el país en un estado permanente de crispación y pleito, porque así ellos ganan.
Lo más disruptivo del inicio de siglo fue el golpe de Estado de 2009 que derrocó al presidente Manuel Zelaya, rompiéndolo todo. Como dicen: las consecuencias son inevitables. Aquello permitió la ruina del Partido Liberal y el ascenso impensado del Partido Nacional al poder, que después escandalizó con una corrupción nunca antes vista y la infiltración del narcotráfico en lo más alto del poder. El odio floreció imparable.
El bipartidismo -sólido por cien años-, que se repartía y usufructuaba el poder, se quebró con el surgimiento del partido LIBRE como una fuerza ideológica contraria a los conservadores. Las denuncias comprobadas de fraude en las elecciones de 2013 y 2017 -solo superadas por la atrocidad cometida este 2025-, y la reelección presidencial inconstitucional, sacudieron las calles con varios muertos por represión militar policial.
Hacia 2010 el país se degradaba como el más violento del mundo; fue dolorosamente bestial 2011, con más de siete mil asesinatos, y los registros nos dejaban 86 muertes por cada 100 mil habitantes. Al final, el gobierno de Juan Orlando Hernández logró bajar la tasa a 42, y el de la presidenta Xiomara Castro lo descendió a 26 por cada 100 mil, la más baja en 30 años.
Esa misma cotidianidad criminal nos restregó por el mundo con el vil asesinato de Berta Cáceres en 2016. Más tarde, en 2018, volvíamos a las portadas internacionales por las desesperadas caravanas de emigrantes que huían de Honduras como podían. Un año después nos doblegábamos con el planeta entero por la pandemia de covid-19, y nos enteramos de que la miseria humana es capaz de robar donde sea.
Ahora, Honduras recibe 2026 estrenando gobierno y con datos alentadores: doña Xiomara deja una histórica reducción de la pobreza; proyección de crecimiento de 4 %; estabilidad económica, entre otros. Se puede reforzar la relación con Estados Unidos y afianzar la de China. Habrá que enfrentar la amenaza externa del cambio climático. Y, si de verdad aprendimos algo en este cuarto de siglo turbulento, podríamos revertir la tenaz crisis por un pacto social duradero. Ya veremos.