Para muchos hondureños, la política internacional suele parecer un espectáculo lejano: una disputa entre potencias que ocurre en pantallas, mapas y cumbres diplomáticas, pero que poco tendría que ver con el precio de los combustibles, el costo de la canasta básica o el futuro político de nuestra región. Y, sin embargo, 2026 está demostrando exactamente lo contrario. Este podría ser el año más peligroso y transformador desde la Segunda Guerra Mundial.
La metáfora correcta no es que Donald Trump esté “pateando la lata por el camino”, como hicieron tantos gobiernos antes que él. Más bien, está recogiendo las latas oxidadas que otros presidentes fueron dejando tiradas durante décadas—Irán, Venezuela, Cuba, la dependencia energética europea, la ambigüedad frente a Rusia, la penetración china en el hemisferio—y las está llevando, una por una, al basurero. Eso explica por qué el mundo luce hoy tan inestable: no porque los problemas hayan surgido de repente, sino porque alguien por fin decidió dejar de aplazarlos.
Ahí está Irán. Durante años, presidentes republicanos y demócratas coincidieron en el diagnóstico: el régimen teocrático iraní quería capacidad nuclear, financiaba la desestabilización regional y convertía cada negociación en una maniobra dilatoria. Pero casi todos optaron por administrar el problema, no resolverlo. La situación ha llegado ahora a un punto en que el conflicto ya no es un asunto remoto del Medio Oriente. Cada amenaza al flujo energético global se traduce en presión sobre los precios del combustible, el transporte, los fertilizantes, los alimentos y la inflación. Cuando el petróleo sube, no distingue entre Nueva York y Tegucigalpa. La factura llega igual.
Lo mismo ocurre con Venezuela. Durante años, demasiados gobiernos y demasiadas élites trataron al chavismo como si fuese un mal crónico pero tolerable: lamentable, sí, pero manejable. Mientras tanto, Venezuela exportó represión, corrupción, narcoestructura, crisis migratoria y una cultura política basada en la ruina. Se habló mucho de diálogo, de mediación, de presión gradual, de salidas negociadas. Pero el sistema no se reformó; se pudrió. Y desde esa pudrición contaminó a toda la región.
La gran diferencia actual es que Washington ha dejado de actuar como si estos problemas fueran eternos e insolubles. En vez de seguir trasladando la factura al próximo gobierno, ha optado por enfrentarla de una vez. Esa decisión tiene un costo. Produce nerviosismo. Sacude mercados. Altera alianzas. Despierta temores incluso entre partidarios de Trump que preferirían ver a Estados Unidos concentrado sólo en asuntos internos. Pero también obliga a reconocer una verdad incómoda: muchas de las peores crisis del mundo no crecieron por exceso de firmeza, sino por falta de ella.
Eso vale también para América Latina. Durante años, China avanzó donde encontró vacíos, complacencia o necesidad. Cuba sobrevivió gracias a la paciencia infinita de sus interlocutores y a la cobardía moral de quienes prefirieron romantizar una dictadura antes que denunciar su fracaso.
Venezuela se convirtió en foco de desorden continental porque demasiados actores regionales apostaron a coexistir con la enfermedad antes que combatirla. La penetración de regímenes autoritarios, del crimen transnacional y de poderes extracontinentales no ocurrió porque alguien actuó demasiado; ocurrió porque demasiados no actuaron a tiempo.
En ese contexto, 2026 no aparece como un año peligroso porque haya surgido un nuevo caos. Aparece así porque se está rompiendo el viejo equilibrio de la evasión. Los conflictos congelados se están descongelando. Las mentiras diplomáticas de ayer se están cobrando hoy con intereses. Lo que parecía estabilidad era, en realidad, acumulación. Acumulación de amenazas, de renuncias, de concesiones, de excusas.
Europa es otro ejemplo. Durante años, buena parte del continente quiso disfrutar simultáneamente del lujo de una política energética insensata, de la dependencia de proveedores hostiles y de la garantía de que Estados Unidos siempre llegaría al rescate. Esa fórmula sólo podía funcionar mientras Washington aceptara pagar el costo estratégico de la ingenuidad europea. Pero esa etapa también parece estar terminando. Y con ello se acaba otra comodidad que Occidente llevaba demasiado tiempo dándose.
Naturalmente, esto entraña peligros reales. Nadie serio puede garantizar que cada una de estas apuestas terminará bien. Irán podría escalar. Venezuela podría derivar en una transición imperfecta o autoritaria. Cuba podría resistir más de lo previsto. América Latina podría desperdiciar otra oportunidad histórica de reinsertarse en una cultura política más libre, más responsable y más occidental en el mejor sentido del término: institucional, republicana y respetuosa de la ley.
Pero también hay una posibilidad que muchos de los críticos de Trump se niegan siquiera a considerar: que el mundo no esté entrando en el caos por exceso de acción, sino saliendo lentamente de un caos administrado que durante años fue maquillado como prudencia. Que lo que hoy parece brusco sea, en realidad, el precio inevitable de haber esperado demasiado.
Para Honduras, esa lección importa. Somos parte de un continente que con demasiada frecuencia ha sufrido las consecuencias de los problemas internacionales, pero que no siempre ha entendido su origen. El debilitamiento de Venezuela, Cuba o de redes criminales asociadas al autoritarismo no es una curiosidad ideológica. Tiene implicaciones para migración, inversión, seguridad, narcotráfico, comercio y confianza regional. Un hemisferio menos sometido al chantaje de dictaduras y mafias sería también un hemisferio más favorable para países que necesitan estabilidad, capital, empleo y reglas claras.
Por eso, el debate no debería reducirse a si Trump es brusco, imprevisible o disruptivo. En muchos aspectos, sin duda lo es. La verdadera pregunta es otra: ¿era sostenible seguir dejando intactas las amenazas acumuladas durante medio siglo? ¿Era serio seguir fingiendo que cada crisis podía administrarse indefinidamente, sin que un día nos explotara al mismo tiempo en la cara?
Hay momentos en la historia en que seguir “pateando la lata” deja de ser prudencia y pasa a ser cobardía. Y este parece ser uno de ellos. Trump no está pateando nada. Está recogiendo el desorden acumulado, lata por lata, crisis por crisis, y arrojándolo donde debió haber terminado hace mucho tiempo: en el basurero de la historia.
Nota del autor:
Ronald L. Glass es un diplomático estadounidense retirado. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente personales y no representan la posición del gobierno de los Estados Unidos ni de ninguna institución con la que haya estado vinculado.