En el caos y la ignorancia, “ellos” siempre nos sorprenden: despliegan sus artimañas políticas y tiran los hilos hacia sus riberas. Los hondureños vivimos en las cavernas, absortos ante las sombras que se mueven; las verdades nos incomodan y los golpes de realidad nos lastiman el frágil ego.
Siempre hemos preferido las mieles de la mentira porque nuestra moral de utilería no nos deja ver a los titiriteros. ¡El cielo se cae!, ¡el agua se acaba!, ¡los cultivos se mueren! Y, por arte de magia, nos robaron nuestras becas, nuestros impuestos y nuestra salud.
El comandante se fue porque los médicos de la UNAH no son cubanos, ni venezolanos, ni mexicanos; y, en paralelo, el tigre contrató en el CN hasta al vecino, que resultó ser camarógrafo de profesión.
Tan grande es nuestra crisis que, si me ofrecen un puesto en el Estado, ¡lo acepto! Tan grande es nuestra crisis que la política adherida a la corrupción se volvió un mecanismo de supervivencia.
Todos conocemos a un corrupto: porque lo vimos dándole mordida al policía, porque se pegó del cable para no pagar luz, porque lo vimos estacionándose en el parqueo para personas con discapacidad, porque lo vimos comiéndose las uvas del supermercado y también robando de las arcas del Estado.
Era miércoles. Dejé cuatro alarmas y, aun así, voy tarde. La semana pasada me hicieron audiencia de descargo por, según, “mi mala actitud”. Seguro el jefe me va a hacer pleito otra vez.
Estaba esperando el rapidito, con la mochila abrazada contra mi pecho, porque el “men” de los lentes estaba medio raro: suéter en San Pedro y las manos en la bolsa... Ni modo... No le di mayor importancia; es mi cualidad: vivo en el automático rutinario, en las nubes, dicen todos. Sin más misterio, el de los lentes también subió: “Vaya, ya se la saben: celulares y cartera”.
Como siempre, entregué el teléfono de “robo”, uno viejo que ya ni funciona. El de los lentes me puso el arma en la cabeza por alguna razón. No me moví, pero recuerdo pensar: “quisiera ser diputado”. Sonreí imaginando qué haría con 120 mil lempiras mensuales.
El de los lentes se fue con su botín. Seguro alguien comprará los celulares bandeados para ver las noticias de los políticos, sus memes y pleitos, cual adinerados sin preocupaciones de la renta, como lo son.
En la fila, con mi recibo de 200 lempiras en la mano para reponer mi DNI, sigo esperando mientras los empleados del RNP graban sus TikToks bailando. Seguro me harán la última audiencia de descargo.