Aunque no hay nada que lo prohiba legal u oficialmente, ha existido una vieja costumbre en la cultura británica que procura evitar temas polarizantes como la política y la religión en conversaciones públicas o con extraños para evitar discusiones innecesarias y mantener la buena educación. Algunos pubs tradicionales han colocado incluso carteles prohibiendo este tipo de debates, con tono más bien humorístico y hasta anecdótico, al punto que suelen mencionarse como ejemplo de la moderación y buena tolerancia a las ideas ajenas que solía predominar en aquellas latitudes.
La propagación casi ilimitada y ubicua de la información que provocó la conectividad a internet a bajo costo trajo mucha esperanza de progreso y optimismo por la democratización en su alcance y acceso -antes restringido a segmentos poblacionales en contacto con medios de comunicación tradicionales-, y la diseminación sin control de muchos mensajes y datos de dudosa veracidad, que antes lograban conocerse más desde espacios que no eran rigurosos sobre el origen de estos. Hoy quizás se recuerde poco, pero mucho (aunque no todo) de lo que hoy llamamos bulos, noticias falsas y hasta desinformación articulada se nutre de creencias contrarias al consenso científico, teorías conspirativas, pseudociencias, corrientes de pensamiento alternativo y heterodoxos, por citar algunas fuentes.
Curiosamente, mucha de esta “información” es la que suele poner a discutir de forma insensata a incautos, como podemos constatar día a día en las redes sociales y no en pocas ocasiones en rondas de amigos y conocidos.
No ayuda mucho la postura dogmática que podemos llegar a asumir quienes hemos hecho de algunos conceptos y conocimiento verdades absolutas, negando la posibilidad de nuevas miradas y cuestionamientos, más por temeroso prejuicio que por convicción.
Hay quienes gustan de transformarse en modernos censores dispuestos a “quemar en la hoguera” a los “herejes” de nuestro tiempo. Un dogma es una verdad de fe, con carácter oficial y obligatorio, mientras una herejía sería el rechazo o error consciente de ese dogma ya establecido.
Ejemplos concretos pueden citarse en la sujeción irrestricta de la aplicación del laicismo en ciertos episodios de la cotidianeidad (negando o anulando los antecedentes religiosos o devocionales de una sociedad); otro en la ortodoxia sobre los alcances de la soberanía territorial y el nacionalismo (que pueden ir a contrapelo de la globalización y la supranacionalidad, e incluso de modelos alternativos de cesión temporal de soberanía); sin dejar de incluir ciertos “dogmas” del liberalismo (como el estado mínimo, el mito de la “mano invisible” y del “derrame económico”).
Encontrar un balance entre la sana e informada discusión de temas, sin temor a ser tildados de herejes o desinformadores, ni prohibir el debate por mantener la “buena educación” y posiciones dogmáticas, podría venirnos muy bien en esta época de insensatez y polarización.