Ser gobernante autoritario... ¿Y qué?

El autoritarismo avanza mientras la democracia se debilita. Es un fenómeno que se ve acompañado por una creciente aprobación por parte de las sociedades hacia este tipo de regímenes

  • Actualizado: 30 de mayo de 2025 a las 00:00

Estados Unidos libró su guerra de independencia entre 1776 y 1783. Años después, en 1789 entró en vigor su Constitución, con las primeras diez enmiendas enfocadas en defender los derechos y libertades de los ciudadanos. En el siglo XIX, como una especie de efecto dominó fueron cayendo las cadenas que las potencias europeas mantenían sobre los países americanos. En el continente surgió un grito por la Libertad.

Cada nación que se declaraba independiente pronto tenía una Constitución y todas, aún con defectos, recogían ese espíritu libertario que en Europa puso de moda la Revolución Francesa, con su célebre frase de Libertad, Igualdad, Fraternidad, principios que, de una u otra manera, han quedado plasmados en las constituciones latinoamericanas, en donde se ha buscado, una y otra vez, tener una ley superior que ponga límites a los abusos del poder. Se trata de mantener la esencia democrática que establece que la soberanía radica en el pueblo y este únicamente la delega en sus gobernantes por medio del voto popular.

Estas acciones –guerras o movimientos independentistas y luego la redacción de constituciones– muestran que el hombre es en esencia un ser libre y la historia reafirma que siempre ha existido una lucha por alcanzar mayores niveles de libertad y también de democracia.

Ante los hechos irrefutables que sustentan la afirmación anterior, cabe preguntarnos: ¿Por qué algunos pueblos toleran y hasta aplauden a gobernantes autoritarios? Antes de ver lo que está sucediendo en el mundo y en América, hay que definir lo que es un régimen autoritario.

De una forma sencilla podemos decir que es aquel que se caracteriza por la concentración del poder en una autoridad central que limita las libertades políticas y civiles. Estos gobiernos suelen restringir la libertad de prensa, suprimir la oposición política y controlar los procesos electorales para mantener el poder. Además, la toma de decisiones no se hace de forma democrática e institucional, sino que se impone la línea a seguir.

Según el Índice de Democracia que elabora la unidad de inteligencia del medio británico The Economist, para 2024 había 60 países en los cinco continentes con gobernantes autoritarios y esto seguramente cambiará para el 2025, pues en enero llegó a la Casa Blanca Donald Trump, quien ha impuesto un sello claramente autocrático a su administración.

En todo caso, América tiene otros ejemplos como Miguel Díaz-Canel (Cuba), Daniel Ortega (Nicaragua) y Nicolás Maduro (Venezuela), de corte socialista y antidemocrático, así como el propio Trump y su amigo Nayib Bukele (El Salvador), de derecha y también autoritarios.

El problema que varios estudios sociopolíticos están viendo con este tipo de gobiernos es que, muchas veces, cuentan con el respaldo de amplios sectores de la población. Lógicamente, para lograrlo y mantenerse en el poder, buscan limitar la influencia de la prensa independiente, sobre toda aquella que pone énfasis en el respeto a los derechos y libertades de la población.

En el caso de los gobernantes autoritarios mencionados, cabe destacar que todos ellos son señalados por organizaciones que defienden la libertad de prensa y el derecho de la población a recibir información. Ni uno solo de ellos escapa de polémicas, domésticas o internacionales, sobre la forma en que reprimen o tratan a los periodistas y medios independientes. El desprestigio es solamente una de las muchas armas que utilizan para intimidar.

Ese control que llegan a tener sobre el flujo informativo –a lo que hay que sumar la desinformación que suelen promover en las redes sociales–, explica parcialmente el comportamiento de los pueblos, que muestran demasiada tolerancia hacia las acciones de sus gobernantes autocráticos.

Además de esto, hay que tener presente que la tolerancia al autoritarismo no es un accidente histórico. Se ha repetido en distintas épocas y regiones cuando las democracias no logran satisfacer demandas básicas: orden, justicia, bienestar y desarrollo. La lección histórica es clara y muestra que las democracias deben funcionar mejor, o el autoritarismo avanzará como solución falsa, pero seductora... y que suele traer un costo demasiado alto para cualquier sociedad, porque finalmente se pierde la libertad, esa por la que tantos han muerto tratando de obtenerla o defenderla.

Hoy mismo podemos ver que hay oleadas de venezolanos, nicaragüenses y cubanos buscando fuera de su tierra el aire de libertad, aunque a un precio demasiado alto. En El Salvador hay una casi absoluta aprobación a lo que viene haciendo Bukele en cuánto a la seguridad, pero, en la medida en que los abusos afloren con mayor fuerza, el ambiente se volverá más denso por la pérdida de libertades.

En Estados Unidos hay una fuerte lucha institucional. Deberán librarse batallas jurídicas y sociales para determinar si, la primera democracia del continente cede ante el autoritarismo, o funciona el sistema, aquel que se creó pensando en un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo (Abraham Lincoln).

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