Uno de los mayores peligros en la vida de fe es la tentación de la soberbia espiritual. Creer que buscamos a Dios porque somos mejores. Nada más falso. El cristianismo auténtico comienza con el reconocimiento de nuestra miseria. “Dios, ten compasión de mí, que soy pecador” (Lucas 18:13). Esta es la oración del publicano, no del fariseo. No seguimos a Cristo por una ilusión de superioridad moral, sino porque reconocemos su señorío. Porque entendemos que sin Él estamos perdidos. “Separados de mí no podéis hacer nada” (Juan 15:5).
Esta verdad es profundamente liberadora: no tenemos que fingir perfección. Podemos empezar desde la verdad de lo que somos. La Semana Santa nos recuerda que Jesús no es simplemente un maestro moral o un símbolo cultural. Es el Señor. Su pasión, muerte y resurrección no son eventos turísticos, sino el centro de la historia. Reconocer su señorío implica rendición. Implica aceptar que no somos el centro, que no definimos el bien y el mal a nuestra conveniencia. “Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos” (Romanos 14:9).
Este reconocimiento no esclaviza; libera. Nos quita la carga insoportable de tener que justificarnos a nosotros mismos. La Semana Santa, entonces, no es solo memoria, es decisión. Es el momento de preguntarnos si estamos dispuestos a asumir el reto de la conversión. Difícil. Implicará renuncias, caídas, luchas internas. Pero es el único camino que conduce a la vida plena. “Entrad por la puerta estrecha” (Mateo 7:13).
En un mundo que exalta el hedonismo, el cristiano está llamado a abrazar la cruz. Porque en ella se encuentra la verdad del amor: un amor que se entrega, que redime, que transforma.
Esta Semana Santa no la vivamos como espectadores. Vivámosla como protagonistas de nuestra propia conversión. No porque seamos buenos, menos, perfectos, sino porque sabemos que necesitamos ser salvados. Y esa, al final, es la única superioridad que vale: la de quien se arrodilla y reconoce que Jesucristo es el Señor.