La historia económica de Honduras está marcada por la transición entre diversos roles productivos en su vinculación internacional. Desde el auge minero y bananero hasta las etapas cafetalera y maquilera. En el periodo contemporáneo, el país tiene un perfil marcadamente remesero. Estos flujos no solo representan más del 55 % del total de las divisas nacionales, sino que equivalen a cerca del 30 % del Producto Interno Bruto (PIB), erigiéndose en el principal sostén macroeconómico y en un paño de alivio frente a la pobreza estructural.
A lo largo de casi tres décadas, analistas y tecnócratas han vaticinado repetidamente contracciones irreversibles en las transferencias ante choques externos. Entre las amenazas recientes destacan la cancelación definitiva del TPS en los Estados Unidos, con el telón de fondo de las agresivas políticas de deportación, las imposiciones arancelarias, incluidos los impuestos a las remesas. Se aseguraba que, a partir del 7 de julio de 2026, al transcurrir 60 días, disminuirían las remesas en unos US$300 millones anuales. No obstante, la evidencia empírica sigue demostrando que el flujo remesador posee una resiliencia excepcional que desafía las dinámicas convencionales del mercado de bienes, operando como una externalidad al modelo económico tradicional. La solidez de las remesas ha sido demostrada históricamente al soportar diferentes crisis y obstáculos migratorios. Durante la recesión estadounidense de 2001-2002 -agravada por los atentados del 11 de septiembre y la burbuja tecnológica-, los envíos continuaron al alza, pasando de US$356 millones en el año 2000 a US$482 millones en 2001. De igual forma, en la parálisis global provocada por la pandemia del covid-19 entre 2020 y 2021, los flujos saltaron exponencialmente de US$5,500 millones a US$7,369 millones anuales. La única excepción ocurrió durante el colapso financiero de 2008-2009, periodo en el que registró una baja transitoria para luego retomar vigorosa tendencia ascendente.
Esta constante vitalidad se ha revalidado en los registros más recientes del Banco Central de Honduras (BCH). Al cierre de 2025, las remesas familiares alcanzaron la cifra récord de US$12,212 millones, reflejando un crecimiento del 25.3 % en comparación con los US$9,743 millones captados en 2024. Lejos de estancarse, el dinamismo se mantiene en 2026; durante el primer semestre del año, el flujo ascendió a US$6,515.4 millones, equivalente a un incremento interanual del 12.3 % hasta junio. A julio, se registraron US$7,700 millones, dando pie a pronosticar un total de al menos US$13,000 al finalizar el año. El origen de esta resiliencia no responde a las estrategias monetarias de los gobiernos de turno, los que a menudo pretenden adjudicarse este incremento como un logro político. Similar a sus jactancias de “buenas relaciones” con el gobierno estadounidense. Todos los gobiernos hondureños han presumido y también, todos han fracasado en ese aspecto. En el fondo, esta resiliencia radica en el sacrificio, el “rebusque” y la capacidad de sobreposición de los migrantes, que aportan su fuerza de trabajo en los países receptores -principalmente Estados Unidos y España- bajo condiciones complejas. Los migrantes siguen siendo funcionales y grandes aportantes a las economías, tanto a la de los países de destino como a los de origen. Mano de obra productiva, de bajo costo y valioso relevo tributario para su seguridad social. Falta que esa resiliencia y fortaleza se traduzca en políticas exteriores audaces y estrategias internas efectivas para reducir la profunda e incierta dependencia de las remesas.