Reutilizar. Reducir. Reciclar. Las 3 “erres”. El triángulo verde, elaborado con flechas que giran. Poco a poco nos hemos acostumbrado a ver el omnipresente símbolo en lugares públicos, objetos de uso personal y sitios cotidianos. Basureros, productos desechables, oficinas, escuelas, calles. En las ciudades, por doquier encontraremos este ícono de la vida moderna que promueve la economía circular y el cuidado del ambiente para disfrute de las generaciones futuras.
Para facilitar el reciclaje, es importante separar la basura, según sea la materia de la que está compuesta. Papel o cartón, plásticos, vidrio, materia orgánica, aluminio: la división consciente de los desechos permite su mejor aprovechamiento por parte de la industria del reciclado. A diferencia de otras sociedades desarrolladas en las que solamente se requiere la proactividad de las personas en la clasificación y descarte de la basura (mediante la utilización de contenedores para su recolección por personal de aseo de empresas públicas o privadas, al servicio de los ayuntamientos), entre nosotros la actividad de agrupamiento y recolección ha quedado en manos de los segmentos más pobres de las urbes, que se desplazan a lo largo y ancho de estas para recuperar como “pepenadores” todos aquellos desechos susceptibles de reciclar. Es decir, mientras en el mundo desarrollado el acopio de desechos reciclables está incorporada a la gama de servicios de limpieza pública, en el menos desarrollado es uno de los medios de supervivencia marginal a los que se ve orillada población de los más deprimidos estratos económicos.
Desde hace muchos años separamos la basura en el hogar. La toma de conciencia fue paulatina y resultó de una mezcla de factores: habitar por temporadas en el extranjero, donde aprendimos sobre su importancia, como la practicidad al descubrir que, de no hacerlo, las bolsas de basura que se colocaban en la calle en espera del tren de aseo terminaban rotas por las manos de los recolectores anónimos que circulaban por nuestra cuadra, al acecho de desechos domésticos. Con el paso del tiempo nos dimos cuenta que las latas de aluminio, botes de plástico, papel periódico y cajas de cartón, botellas de vidrio -entre otros objetos- que nos acostumbramos a clasificar y colocar por aparte en bolsas, cajas y recipientes diferenciados, eran recogidas por un madrugador y pequeño grupo familiar. Agradecidos por nuestro hábito, ellos no desordenaban la basura (como si ocurría con otras casas de la cuadra que no la separaban). Pudimos darnos cuenta que nuestra acción producía una reacción favorable, que luego fue copiada por otros en nuestro sector que reconocieron el sentido común y practicidad detrás de ella, pues facilitaba este precario trabajo de recolección.
Todavía estamos muy lejos de reciclar como se debe y no lo exigimos como un servicio público. Por ello, colaborar con las personas y familias que recolectan para que lo hagan con facilidad y dignidad, sería sin duda un auspicioso comienzo.