Vivimos una fatiga acumulada producto de un contexto político marcado por la alta incertidumbre. Esperábamos que las elecciones generales de noviembre nos dieran un respiro de certidumbre, pero eso no ocurrió. La declaratoria final de elecciones del 30 de diciembre produjo un alivio, aunque no fue suficiente: se resolvió solo una parte del problema -la elección presidencial- y el conflicto se trasladó al Congreso
Nacional.
La Navidad y el fin de año suelen funcionar como una “válvula de escape emocional”, pero en lugar de disfrutar la temporada, diciembre estuvo marcado por ansiedad, preocupación y desánimo. Y no solo fueron los sucesos nacionales los que profundizaron este clima. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas militares estadounidenses fue otro shock que incrementó la percepción de inestabilidad e incertidumbre a nivel regional.
Quiero pensar que comenzamos el 2026 con expectativas bajas, no porque seamos pesimistas, sino porque somos realistas. La Honduras de hoy no es la misma de hace cuatro años, cuando existían grandes expectativas de cambio. Pero esto no es necesariamente negativo.
Más bien, no sería realista esperar “grandes transformaciones” en el corto plazo; lo que sí es razonable es pensar en mejoras incrementales y selectivas. Comparto cinco ideas en esa línea:
1) Más trabajo y menos pelea. Gobernar requiere estabilidad, porque solo desde ahí se pueden tomar decisiones con legitimidad social. En los primeros meses, la prioridad no es cambiar el país de fondo, sino bajar la ansiedad colectiva y evitar conflictos
innecesarios.
2) Acciones prácticas que no generen grandes conflictos ni dividan. En un país desmotivado, señales de orden, seguridad y cumplimiento pueden aliviar la frustración acumulada y empezar a reconstruir confianza, incluso antes de que existan grandes logros visibles.
3) Identificar y potenciar oportunidades en la vida cotidiana. Se trata de mejorar lo más cercano y lo inmediato para las personas: que los trámites básicos funcionen, que los servicios se entreguen a tiempo y que los negocios, el transporte, las escuelas o los hospitales no se vean afectados por tomas.
4) Menor tolerancia al caos. En un contexto de cansancio acumulado, el caos ya no moviliza ni genera lealtades: desgasta, frustra y aleja. Los hondureños esperan que el Congreso sesione sin espectáculo, que se rinda cuentas sin tapujos y que los problemas se resuelvan sin convertirlos en crisis permanentes.
5) Pragmatismo con el Gobierno de Donald Trump. Honduras debe moverse con menos discursos ideológicos y más sentido práctico, manteniendo una relación funcional en temas clave como
migración, seguridad, aranceles e inversión.
La clave no está en prometer, sino en hacer lo correcto, pero de forma estable, visible y constante. En el momento que vivimos, una transición efectiva no se construye con decretos, discursos ni campañas, sino con la suma diaria de pequeñas decisiones bien hechas