A los 89 años falleció “Pepe” Mujica, quien gobernó a la República Oriental del Uruguay desde 2010 a 2015. Pocas veces la muerte de un exgobernante causa tanta expectación, no solo en su país, sino en otras naciones, como es el caso de Mujica. Para entender a Mujica y su influencia en el pensamiento latinoamericano, hay que hacer una lectura de las condiciones en que le tocó gobernar, sobre todo conocer de su fortaleza y sus debilidades. Mujica adoptó una posición de defensa de la moral pública, que también es una forma de lucha, su mensaje fue claro: “Los gobernantes tienen que aprender a vivir como vive la inmensa mayoría de su pueblo y no soñar con vivir como vive la minoría privilegiada”.
Hay que entender que, cuando un país tiene enemigos internos y externos dispuestos a hacer todo lo que tienen que hacer para evitar una transformación social, como lo fue en Chile, con un cruento golpe de Estado, o como ha sido en Cuba, con un bloqueo descomunal. Eso explica, en parte, por qué Mujica hizo lo que pudo, no lo que él quería.
La verdad es tosca y no ocurre como todos la quieren. Quienes actúan, en política, con arreglo a determinadas condiciones objetivas y subjetivas del momento histórico, considerando que si bien es cierto los seres humanos hacen la historia, no la hacen a su libre albedrío, sino con arreglo a determinadas leyes que la sociedad permite; al final, dejan muchas dudas en los que pensaron que el camino era otro, el que subjetivamente habían pensado, entonces viene el linchamiento ideológico, para quienes se salieron del camino soñado.
En los procesos revolucionarios de América Latina siempre estuvo presente la moral revolucionaria, como algo inseparable y necesario, no solo para mostrar la justeza de los ideales por los que se luchaba, sino también para garantizar el cumplimiento de las tareas. Farabundo Martí, líder histórico de la insurrección salvadoreña en la década de los 30 decía que “la revolución se lleva en el corazón para morir por ella y no en la boca para vivir de ella”.
Cuando estuve en Cuba me llamó la atención que los niños en las escuelas, en los actos escolares, antes de iniciar pronunciaban una frase en la cual se destacaba: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. El Che en Cuba sigue siendo un ejemplo de vida, de una vida austera, transparente y muy exigente en el combate a las prácticas nocivas heredadas del sistema capitalista.
La Madre Teresa de Calcuta decía que “las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra”. En una sociedad de mucha confusión y odio, no es tan importante lo que se dice, sino lo que se hace.
Mujica, habiendo aprendido las lecciones de la historia y en condiciones cuando la corrupción, el consumismo y otros males campean casi en todas las sociedades y en momentos cuando el oportunismo se ha entronizado en alguna parte de la izquierda, se planta y dice que “la política no es un pasatiempo, no es una profesión para vivir de ella, es una pasión con el sueño de intentar un futuro social mejor, a los que le gusta la plata, bien lejos de la política...”.
No se puede vivir con gobiernos que dicen una cosa y hacen otra.