Ormuz: la yugular del mundo en manos del régimen iraní

Más allá del uranio enriquecido, están en juego el libre tránsito por Ormuz —por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial— y el fin del apoyo iraní a Hamás, Hezbolá y sus proxies

  • Actualizado: 15 de abril de 2026 a las 15:39

El mundo contiene el aliento. Mientras Washington y Teherán negocian en la penumbra diplomática, la tensión no cede. El vicepresidente JD Vance abandonó Islamabad tras 21 horas de conversaciones maratonianas sin acuerdo: Irán se negó a aceptar los términos estadounidenses.

La brecha no es solo numérica; revela la esencia del régimen de los ayatolás: no negocian de buena fe, calculan, dilatan y mienten, como lo han hecho durante décadas.

Más allá del uranio enriquecido, están en juego el libre tránsito por Ormuz —por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial— y el fin del apoyo iraní a Hamás, Hezbolá y sus proxies. Israel lo entiende con claridad: cualquier concesión que preserve infraestructura nuclear iraní es una amenaza existencial diferida.

Ormuz es la yugular energética del planeta. Tras el fracaso de las negociaciones, Trump ordenó un bloqueo naval del estrecho, iniciado el 13 de abril. “Se reabrirá completa e inmediatamente, con o sin la cooperación de Irán”, afirmó. El impacto trasciende a Teherán: China, que recibe cerca del 98% del crudo iraní, enfrenta disrupciones severas en su suministro. Pero Irán tiene otra llave letal: el estrecho de Bab-el-Mandeb, controlado por los hutíes desde Yemen. Esta doble estrangulación es su arma de chantaje geopolítico.

Aun así, Trump tiene razón al no ceder. Cualquier concesión menor repetiría los errores de Múnich en 1938: cuando Chamberlain creyó que apaciguando a Hitler con los Sudetes compraría “paz en nuestro tiempo”, solo postergó la catástrofe que culminó en el Holocausto. En la reciente conmemoración del Yom HaShoah, el mundo recordó a los seis millones de víctimas y a los Justos entre las Naciones: aquellos que, frente al mal, eligieron arriesgarlo todo.

Los Juicios de Nuremberg no ofrecieron diálogos con los criminales nazis; los sentenciaron. El mensaje fue claro: el mal no se apacigua, se confronta.

En este contexto, las elecciones en América Latina adquieren dimensión estratégica.

En Perú, el balotaje del 7 de junio tiene a Keiko Fujimori prácticamente confirmada en primera posición, mientras el segundo cupo se disputa con extrema tensión entre Rafael López Aliaga, de derecha, y Roberto Sánchez, candidato de izquierda vinculado a la figura del expresidente preso Pedro Castillo. Los peruanos tienen una oportunidad de oro — y también el riesgo de desperdiciarla.

En Colombia, las presidenciales de 2026 son una batalla civilizatoria; las opciones más firmes son Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. El país no puede permitirse otro experimento marxista.

Detrás de todos estos frentes opera una misma arquitectura de desestabilización.

Irán, China y Rusia financian e inspiran a los actores que socavan las democracias liberales. Mientras se debate sobre centrifugadoras y plazos, ellos ya juegan en Lima, Bogotá, Caracas y La Habana.

La historia no perdona la ingenuidad de quienes saben y callan.

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