En la antigua Grecia vivió un tirano llamado Dionisio de Siracusa, quien gobernó por unos cuarenta años con crueldad, sospecha permanente y violencia. Santo Tomás de Aquino (1225-1274) relata que un día Dionisio mandó a llamar a una anciana que, contra toda lógica, oraba públicamente para que él viviera muchos años. Intrigado, le preguntó por qué lo hacía. La respuesta fue tan simple como devastadora: “Por lo que en mi sabiduría de anciana, ruego que Dionisio tenga larga vida y no sufra la ciudad un siguiente gobernante aún peor”.
Dionisio no surgió del orden, sino del caos. Hace unos dos mil cuatrocientos años, Sicilia enfrentaba la amenaza de los cartagineses y una profunda descomposición política interna. En cierta medida, algo similar ocurrió en Honduras en 2022. El bipartidismo del Partido Nacional y Partido Liberal amenazaba con controlar el Congreso Nacional -con los votos suficientes para hacerlo- y debilitar la nueva posición del Partido Libertad y Refundación, produciendo la imposición de Luis Redondo. Tanto Dionisio como Luis Redondo aprovecharon contextos de inestabilidad para acumular poderes extraordinarios. Pero el problema de fondo no fue cómo llegaron, sino qué hicieron con el poder. Dionisio confundió orden con control y estabilidad con miedo. Redondo confundió gobernabilidad con opacidad y estabilidad con manipulación. Ninguno de los dos fue un accidente histórico: ambos son productos de instituciones frágiles.
“Oremos por Redondo” no es una burla, es más bien una advertencia a que podemos llegar a experimentar algo peor. La moraleja de la historia de Dionisio es que cuando una sociedad prefiere al gobernante actual por temor a algo peor, el problema no es el gobernante, sino el sistema. El comportamiento de Luis Redondo durante estos cuatro años realmente no es el problema de fondo, sino un síntoma. Honduras arrastra desde hace más de dos décadas una crisis de representación que nadie ha querido atender porque implica perder poder: poder para nombrar altos funcionarios sin méritos, para decidir qué se discute en el hemiciclo, para aplicar la ley de forma selectiva, para otorgar fondos para dudosos proyectos, contratar familiares y amigos proveedores, manejar la seguridad del recinto como guardia pretoriana e incluso querer resolver resultados electorales.
El próximo 25 de enero se instala un nuevo Congreso Nacional. Es muy probable que dentro de los primeros temas de la agenda se quiera reformar la Ley Orgánica para proyectar una imagen de renovación. Si bien las reformas pueden ayudar a evitar nuevos Redondos, esto no bastará. Sin un rediseño profundo de los incentivos legislativos, controles efectivos a la presidencia y diputados comprometidos con la legalidad, Honduras seguirá atrapada en el mismo ciclo: no elegir buenos congresos, sino conformarse con que el siguiente no sea peor.