No son pequeñeces

Un encuentro fallido en una librería expone las brechas de alfabetización y acceso a la cultura, reflejadas en la búsqueda de un enigmático “libro rojo”

  • Actualizado: 10 de abril de 2026 a las 00:00

De pie ante la puerta de la librería, aquel hombre dudaba en entrar. Después de unos minutos traspasó el umbral, despacio y con paso inseguro.

Adentro de la librería, tras un mostrador, Agustín revisa el listado del último pedido. Habiendo crecido entre libros, no se sorprendió por la presencia de un potencial cliente. Se aprende a identificarlos bien, con una sola mirada: están los que llegan buscando algo específico (por su propia voluntad o por encargo de otros), quienes vienen a investigar precios intentando ahorrarse unos centavos, los que visitan periódicamente el local para hojear (y leer) libros enteros, sin olvidar los que intentan hurtar aprovechándose de cualquier descuido. El recién llegado, sin embargo, no encajaba en ninguno de estos perfiles. En ninguno.

Era un hombre mayor que ya peinaba canas, más allá de los sesenta años y de modales rústicos. Por sus gestos tímidos y lenguaje corporal -antes de entrar al local y ahora en medio de los estantes- se podría suponer que nunca había estado en una librería. Agustín, con una mezcla de aguzada perspicacia y olfato de comerciante, lo entendió y se acercó para auxiliarlo.

“¿Puedo ayudarlo, señor? ¿Desea usted algo en especial?” le preguntó cortésmente. Desconfiando, el hombre le contestó: “Sí. Busco un libro”. Después de una breve pausa, agregó: “El libro rojo que está usando don Toño en la escuela”.

Agustín esperó a por más información, pero ésta no surgió de los labios del marchante, así que indagó por el nombre de la publicación. Aquel hombre lo miró extrañado y repitió sin más: “El libro rojo, el que usa don Toño en la escuela”. Silencio.

Aunque Agustín intentó explicarle que necesitaba un nombre o datos adicionales del texto (el color no bastaba), el cliente insistió con su petición y empezó a incomodarse por la notoria e inútil “ignorancia” de Agustín. Sin esperar más y visiblemente insatisfecho abandonó la librería, con paso ruidoso.

Agustín recordaría el episodio años después, al visitar una librería popular en San José, Costa Rica. Mientras husmeaba entre nutridos anaqueles, vio que un señor -de porte sencillo y también entrado en años- se acercó a uno de los jóvenes dependientes para preguntarle por un volumen, agregando el nombre de la obra y de su autor; raudo indagó con el encargado si en el negocio tenían existencias, disculpándose en el acto y muy avergonzado con el dependiente, por desconocer la editorial que había producido el título.

No son pequeñeces. Quizás aquel frustrado comprador del “libro rojo” no sabía leer ni escribir, o nunca tuvo un texto en sus manos. Un sexto de nuestra población es analfabeta -aunque se afirme otra cosa-, mientras la “tica” está alfabetizada hasta un 96%; súmense las vastas oportunidades que tienen de gozar de los beneficios de la cultura, incluyéndose entre ellas el acceso a libros.

Agustín, que de lecturas sabe mucho, aún no pierde las esperanzas: si un día de estos aparece de nuevo aquel señor, ya sabe dónde están todos y cada uno de los “libros rojos” de la librería.

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