No se preocupe...

"Un absurdo trámite en una oficina pública refleja la burocracia, lentitud y desorganización que sufren los ciudadanos en sus gestiones"

  • Actualizado: 04 de septiembre de 2026 a las 00:00

Era la cuarta ocasión que acudíamos a resolver un reclamo en una oficina pública, de esas en que viejo equipo de oficina hacen sentir que el tiempo se ha detenido en alguna época lejana, de cuyo nombre no es posible acordarse. Nos habíamos revestido de paciencia jobiana, requisito esencial para sobrevivir experiencias inciertas y de imprevisible resultado como estas.

Algo había cambiado desde la última visita infructuosa: esta vez, un impasible guardia nos detuvo en la entrada que antes franqueábamos sin mayor dificultad. “Tiene que pedir un pase”, nos dijo, indicándonos inmediatamente dónde con el “pico estirado”. Su silencio y parquedad nos dejaron claro que debíamos averiguar el “con quién” por nuestra cuenta. Volvimos sobre nuestros pasos para descubrir que debíamos hacer fila para obtener el papelito habilitante.

Mi hermano, desacostumbrado ya a estas lides después de vivir una década fuera del país, entornó los ojos y suspiró, lo que yo interpreté como un gesto de autocontrol. Sonreí, anticipando que sería una jornada tediosa, sazonada con una plática que invariablemente giraría sobre la calidad de la atención y esas “pérdidas” de tiempo “que hasta los santos lloran”.

Después de una hora y cuando ya se acercaba nuestro turno, confiábamos que no nos pasara como a otras dos personas, que vieron retrasadas sus gestiones porque la mujer que debía hacerlo respondió una llamada personal en su teléfono y se levantó a hacer algo fuera del lugar (en un tiempo compatible con papeleos de archivo o alivio de vísceras). Cruzar dedos, orar a San Judas Tadeo o frotar una pata de conejo eran propicios ya, pero no hubo necesidad de hacerlo.

Explicamos lo que veníamos a hacer y, sin mediar palabra, la tipa nos entregó un papel en blanco con palabras y líneas impresas. “¿No va a escribir algo o firmarlo?”, preguntó ingenuo mi hermano. “No”, respondió ella, dejando claro con una mueca que estábamos despachados.

Nos dirigimos a la entrada y el guardia, un poco más afable, nos pidió le mostráramos el pase.“¿No lo va a recibir?”, indagó mi hermano. “No”, le contestó el portero, prosiguiendo: “No tengo dónde guardarlos”. “Oiga, amigo -intervine-, las otras veces no nos pidieron este pase”, y él ripostó: “Es que hay nuevo jefe y puso esta nueva regla”, sin denotar emoción alguna.

Ingresamos al recinto, en busca del encargado que hacía dos meses nos había atendido el reclamo, y ahí su asistente nos explicó que ahora estos asuntos no se resolvían ahí... sino en el mismo lugar donde habíamos esperado en fila por el papelito. “No se preocupe”, nos dijo el asistente sin levantar la vista, “ahí atienden bien rápido”.

Creo que escuché a mi hermano farfullar una imprecación o un insulto mientras caminábamos de regreso; yo recordaba el célebre “aquí, así es” de Medardo Mejía. “Mírale el lado bueno -le calmé-, al menos tenemos un pase eterno”, y le mostré el papelito en blanco, sin firmas. “Algo es algo”, me contestó, mientras yo cruzaba los dedos, invocaba a San Judas Tadeo... y añoraba una pata de conejo en mi bolsillo.

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