Falleció en San Salvador en ingente pobreza hace 180 años, tras ser una de las mujeres más opulentas de Honduras, así como primera dama de Centroamérica, Honduras, El Salvador y Costa Rica. Fue esposa del general Francisco Morazán, caudillo de la unión centroamericana, y a la vez personaje casi de novela que involuntariamente representó a la alta clase social latifundista del siglo XIX hondureño y simultáneamente al sufrimiento que, por causa del machismo, infesta y golpea a las mujeres de América y quizás del mundo, hasta que nuevas educaciones erradiquen el vicio.
Se llamó María Josefa Francisca Úrsula de la Santísima Trinidad Lastiri Lozano (viuda de Travieso) de Morazán (1792-1846). Su primer esposo (1818), el hacendado José Esteban González Travieso y Rivera Zelaya y con quien procreó cuatro hijos, falleció en 1825 a los 39 años, para luego contraer segundas nupcias el mismo año con Morazán, con quien tuvo una descendiente, Adela. Aquel, de pronta carrera política, era figura pública además de atractiva y culta persona que permitía vislumbrar a lo lejos la sólida presencia histórica que habría de sembrar en la Centroamérica de las siguientes dos décadas.
Publicaciones de Lety de Oyuela y Elvia Castañeda (“La batalla del amor”) destacan los valores de integridad y sobriedad de Josefa incluso en las altas esferas sociales y de gobierno. Apoyó, más que con sacrificio personal, a su esposo Francisco pues relatan los biógrafos que de cinco haciendas que le dejaran su extinto marido y familia (incluyendo Jupuara, hoy Palmerola) fue perdiendo una tras una para contribuir a la revolución centroamericana y al gobierno federal (aparte de cuanto le robaran los conservadores). Es lógico imaginar que al jefe de Estado Morazán no sólo le pagaba bajos salarios la joven república sino que
ocasionalmente.
María Josefa asumió su función de compañera leal más allá de sus precisos límites hogareños, comprometiendo su patrimonio de familia. A ello se suma (héroe malagradecido) que le era su marido frecuentemente infiel...
La novela “El general Morazán marcha a batallar desde la muerte” (1992) refleja la atmósfera de cariño y separación que debió caracterizar la existencia de los cónyuges. Morazán hundido en el cenote de una nación que nacía y Josefa ansiosa del amor prometido. “Una casa no es un hogar...” dice Morazán “pero desde que me sumergí en el espejismo de la política tenemos una casa. Nuestra residencia en San Salvador es hermosa colección de placas admirativas, espadas, cartas y murmullos de ausencia, y en sus pasillos de muros de adobe son más frecuentes las discusiones de los ministros que las del amor. Nuestros sueños hace tiempo se encadenan al destino de la República y dejaron de volar, sujetos al peso de firma de decretos, tabulaciones de presupuestos y conferencias con generales y plenipotenciarios. Se ha vuelto rutina el afecto pero no es que haya desaparecido, marchito, sino que lo ha cubierto la pátina que empaña los espejos, tras cuyo reflejo nos miramos cual empantanados entre la amenaza del dolor”.
Ojalá jóvenes psicólogos intenten comprender el pensamiento real de una mujer maravillosa, María Josefa, entre tanta zozobra. Sería ideal aprendizaje para las presentes.