Recuerdo aquel edificio en construcción como uno de los más grandes e imponentes de la ciudad en esos años. Además de desafiar la tradición hotelera de su tiempo, la nueva estructura era precursora del crecimiento comercial hacia la zona oriental de la capital.
Un día cualquiera la torre se detuvo, las ruidosas máquinas pararon y los trabajadores abandonaron el sitio. El que sería “uno de los hoteles más modernos de Centroamérica” (como gustan decir los chovinistas de acá), se quedó a medio hacer y, por más de una década se convirtió en la edificación gris e inconclusa más conocida de Tegucigalpa.
El abandono fue tal, que recuerdo bien a amigos aprovechando la incertidumbre de la fecha de su terminación (o demolición) para acuñar una frase de uso común para situaciones en que la concreción de algo se tardaba tanto que se dudaba si finalmente ocurriría o se llevaría a cabo: “Ojala no sea hasta que terminen el Sheraton” (la cadena que ocuparía el inmueble inconcluso). Tal y como se hace hoy por un infinito edificio con ADN chino.
Con el paso de los años, la edificación (construida con fondos estatales) cambió varias veces de dueño -los detalles de su traspaso entre propietarios civiles, militares y privados eran tan grises como la obra- hasta que finalmente entró en operaciones. En la actualidad, presta los servicios bajo otro nombre comercial, sin que sus temporales ocupantes conozcan la enredada historia de las paredes que los cobijan.
Proyectos inconclusos como el anterior, han sido frecuentes a nuestro alrededor. El anillo periférico de Tegucigalpa fue un buen ejemplo: planificado para facilitar el cargado tráfico vehicular de la ciudad, estuvo tres lustros sin pavimentar en uno de sus tramos (entre la zona de Los Laureles y la salida a la Carretera al Norte). ¡Y como este ejemplo, varios más, a lo largo y ancho del territorio nacional !.
Muchos años después del Huracán Fifí, varios puentes “Bailey” seguían en operación, como todavía lo hace uno en pleno centro de Comayagüela, a casi tres décadas del Huracán Mitch.
Y la tradición es de larga data: el inconcluso ferrocarril interoceánico hondureño -uno de los mayores fiascos de nuestra historia- apenas logró avanzar un 15% (90 kms de Puerto Cortés a Potrerillos), pero debió pagarse como terminado en el gobierno de Gálvez, con elevados intereses, casi noventa años después. Sí, ese mismo que amenazan con “revivir”.
Edificios, carreteras, puentes. Represas, una reforma agraria, planes de desarrollo.
Cual si se tratara de una arraigada tradición nacional, hechos como estos llenan páginas de libros de historia, diarios de ayer y hoy, comentarios en radio, televisión y ahora internet, sin que los responsables hayan enfrentado juicio alguno, excepto el de argüenderos y maledicentes.