El segundo domingo de mayo se celebra el Día de la Madre en Honduras, una fecha que suele estar rodeada de flores, homenajes y discursos sobre el amor incondicional. Sin embargo, en medio de esa narrativa, hay una realidad que no podemos seguir ignorando: la violencia que atraviesa la vida cotidiana de muchas mujeres en el país.
Hace pocos días se conoció el caso de una señora de 70 años que acudió a un banco a retirar 80,000 lempiras, dinero de un préstamo destinado a construir una vivienda digna, ya que vive en condiciones precarias. Al salir del banco fue asaltada y golpeada en el rostro y la cabeza, quedando visiblemente afectada, llorando y sin protección en la vía pública. Una agresión que evidencia la vulnerabilidad y la violencia que sigue marcando la realidad del país.
Y entonces surge la pregunta que nos incomoda, pero que es urgente: ¿qué está sucediendo en nuestra sociedad? ¿Dónde está la seguridad que se promete en discursos y campañas? ¿Qué ocurre con la protección real de las personas más vulnerables, especialmente de nuestras madres y abuelas?
En Honduras, la sensación de impunidad se ha vuelto cotidiana. Para muchas personas, interponer una denuncia no significa justicia, sino un proceso largo, desgastante y muchas veces estéril. Horas de espera en una posta policial, trámites que se reducen a formularios, llamadas que nunca llegan, expedientes que se archivan en el olvido. La justicia, para demasiadas víctimas, no avanza más allá del papel.
¿Quién responde por esta mujer? ¿Quién le devuelve la tranquilidad, el dinero que era su única esperanza de vivienda, la seguridad de poder caminar sin miedo? ¿Quién le asegura que podrá comer y dormir en paz después de lo ocurrido?
En este contexto, el Día de la Madre se vuelve también una invitación incómoda a mirar más allá del homenaje simbólico. No basta con celebrar a las madres un día al año si en la vida real muchas de ellas viven expuestas a la violencia, al abandono institucional y a la incertidumbre.
El país necesita más que discursos. Necesita sistemas de seguridad que funcionen, procesos de denuncia que protejan, respuestas rápidas y efectivas, y una voluntad real de enfrentar la violencia que crece en calles, barrios y ciudades. Porque detrás de cada caso hay una vida, una historia y una madre que no debería estar sobreviviendo con miedo.
Hoy no se trata solo de indignación. Se trata de responsabilidad. Y de la pregunta que sigue abierta: ¿hasta cuándo?
Y aun así, en medio de la indignación y el dolor, este Día de la Madre no puede pasar como una fecha más. Debe ser un recordatorio de que las madres de este país merecen vivir sin miedo, con seguridad, con justicia y con dignidad. No se trata de romantizar el sufrimiento, sino de reconocer la fuerza de quienes, aún en condiciones adversas, siguen sosteniendo hogares, familias y sueños. Con el corazón dividido entre la tristeza y la esperanza, que este Día de la Madre no pierda su sentido humano: feliz Día de la Madre a quienes aman, resisten y sobreviven, y a quienes aún esperan que este país les garantice, algún día, una vida sin miedo.