Javier Milei: ¿Desde cuándo hay que pedir perdón por decir la verdad? ¿Acaso es mentira que es un comunista y un corrupto?Luiz Inácio Lula da Silva: No he hablado con el presidente de Argentina porque creo que él debe pedir disculpas a Brasil y a mí. Ha dicho muchas tonterías; solo quiero que pida disculpas.
Esas frases son parte de la explosiva polémica entre Milei y Lula que sacude al Cono Sur. Hoy en día, las relaciones diplomáticas entre Argentina y Brasil se encuentran en su nivel más bajo en varias décadas, y este choque de trenes muestra claramente que el mandatario argentino intenta influir en el proceso electoral de su vecino, siguiendo una línea que confirma la influencia del movimiento trumpista que se viene contagiando por el continente.
Es oportuno recordar las tensiones previas entre Donald Trump y Lula, que incluso llegaron al uso de una de las armas preferidas del amo de la Casa Blanca, quien castigó a Brasil con elevados aranceles, en medio de frases fuertes, sin duda, para nada enmarcadas en el lenguaje diplomático.
Tanto Trump como Milei han defendido al expresidente brasileño Jair Bolsonaro, y ahora apoyan la candidatura presidencial de su hijo, Flávio Bolsonaro, quien se ha vuelto el abanderado de la derecha más conservadora, esa de Trump y del propio Milei, el hombre que todos recordamos con una motosierra en actos públicos en Estados Unidos.
El retiro del embajador brasileño en Buenos Aires y la convocatoria al embajador argentino muestran que la diplomacia ha quedado al margen en esta disputa y que de ahora en adelante veremos lo que podría llamarse una guerra de trincheras, en la que se encuentra como foco central las elecciones presidenciales en Brasil, en donde no parece estar la suerte decidida, sino que, más bien, se espera una contienda muy cerrada.
Las encuestas dan una ventaja significativa para la primera vuelta a Lula (entre 41% y 43%) frente a Bolsonaro hijo (entre 31% y 33%), pero en la segunda vuelta o balotaje, las mismas encuestas dan un virtual empate entre los dos candidatos.Por eso, tanto Lula como Milei, tratan de capitalizar el efecto de esta confrontación.
El primero para fortalecer su núcleo de votantes con una fuerza nacionalista que repudia la injerencia extranjera, mientras que el segundo espera ayudar a Bolsonaro con la fuerza más conservadora de Brasil, a la vez que lleva agua a su molino, para consolidar a su entorno de simpatizantes argentinos.
También es significativo que Milei intente tomar el liderazgo regional en la línea de Trump, de censurar y criticar todo lo que tienda a socialismo o progresismo, elevando el calificativo a comunismo, como si no hubiera diferencias significativas entre un sistema político y otro.
La línea del trumpismo ha avanzado grandemente. Varios presidentes elegidos recientemente en América Latina han sido apoyados abiertamente por Trump: Nasry Asfura (Honduras); Laura Fernández (Costa Rica); Abelardo de la Espriella (Colombia); José Antonio Kast (Chile); y Daniel Noboa (Ecuador). Del mismo corte ideológico son Nayib Bukele (El Salvador); Keiko Fujimori (Perú); Rodrigo Paz (Bolivia); y, por supuesto, Javier Milei.
En el lado progresista, como suelen llamarse, solamente quedan Claudia Sheinbaum (México) y Lula en el Cono Sur. Es decir, que es evidente que la balanza en la región está claramente inclinada hacia la derecha, excluyendo a los dos colosos económicos de América Latina. Cuba y Nicaragua están fuera del orden democrático y si pueden calificarse de corte comunista por el absoluto control del Estado en la vida de sus pueblos.
Volviendo a esta peligrosa y contagiosa polémica, falta ver qué sucederá si Lula gana las elecciones y logra un cuarto mandato –por cierto, algo tan censurable cuando se produce en la izquierda como en la derecha–. Si es así, podría verse afectado el buen desempeño del Mercosur y los roces entre Brasil y Argentina subirán de tono. Si, por el contrario, quien gana es Bolsonaro, entonces se verá un giro comercial a la derecha y las dos economías más determinantes de la región marcharán en armonía.Sirve la polémica para ver cómo el mundo se mueve hacia políticas más extremistas.
La fuerza de los gobiernos centristas se diluye y pierde relevancia, en la medida en que Washington hace sentir su peso y marca la dirección que se debe seguir. Hay un efecto secundario pero muy significativo.
La corriente de Trump no apunta al multilateralismo, sino más bien en la dirección opuesta. No debe extrañar que si la ONU se está convirtiendo en una especie de Carabina de Ambrosio –esa que no sirve para nada, según la leyenda–, todo lo que sucede en nuestro hemisferio se verá reflejado también en la ya de por sí poco eficaz OEA, en donde los tentáculos de Washington se hacen sentir cada vez más.
La vía diplomática pierde fuerza.Hay toda una pirotécnica ideológica en esta batalla verbal y no diplomática. Los resultados se verán en las urnas en Brasil y, posteriormente, se sabrá que sucede en aquella importante parte del hemisferio americano... que impacta en los países vecinos.