Tras las revoluciones de Francia y Estados Unidos –siglo XVIII–, se puede decir que principiaron a sentarse las bases del deber ser de la democracia moderna, que no es otro que el de promover la dignidad y derechos de las personas, generar paz social y mantener los equilibrios entre los poderes del Estado, todo con el fin de que el ciudadano pueda vivir en un ambiente de justicia, igualdad y desarrollo.
Buscando frases que verdaderamente identifiquen el espíritu de la democracia, encontré una bastante trillada, pero muy certera y profunda. Abraham Lincoln dijo allá por el año 1863, lo siguiente: ... y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no perezca de la Tierra”.
El entonces presidente de EEUU hablaba del sistema creado en su país para buscar una gobernanza que tuviera siempre al pueblo como faro para sus acciones.Hoy, pareciera que el foco principal de la democracia está en satisfacer los deseos de los poderosos y que aquella imagen que Lincoln tenía de la función de los gobiernos ha quedado solamente como una utopía o nube de sueño formada en torno a la democracia.
Pero no todas las democracias son disfuncionales, mediocres o malas. En Europa se destacan con calificaciones muy altas Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Suiza, mientras en América tenemos a Uruguay, países que son ejemplo del buen funcionamiento de este sistema político.
En todos estos casos mencionados, las encuestas muestran que el pueblo, que es el gran factor de la democracia, está satisfecho con el funcionamiento de sus instituciones.
Hasta hace poco, Estados Unidos era otro ejemplo del buen funcionamiento de la democracia que, sin ser perfecta, permite el desarrollo de las sociedades en un ambiente de libertad y respeto, en el que no debe existir el abuso de ninguno de los poderes del Estado sobre los ciudadanos, individual y colectivamente. Eso hoy se ha perdido en el país más poderoso del mundo.
Hacer grande a EEUU otra vez, se convirtió en un cóctel que contiene muchos ingredientes antidemocráticos. Puede haber crecimiento -que hasta hoy no se ve–, pero lo que sí es cierto, es que no es del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
El problema es que la democracia moderna, la que nos toca vivir, enfrenta una serie de enemigos que no permiten ser optimistas sobre el futuro. No hay que olvidar que toda democracia que no trae beneficios a la población termina siendo innecesaria para el ciudadano de a pie, aquel pueblo por el que Lincoln se preocupaba tanto.
La lista de esos enemigos es grande: corrupción desmedida; políticos demagogos; partidos políticos sin esencia democrática; autoritarismo; multipartidismo extremo –Guatemala y Perú son ejemplo en la región–; o, más recientemente la plutocracia, esa que permite que elites económicas o mafias –como el narcotráfico– tengan el control de los gobiernos.Los políticos se han encargado de crear una imagen falsa de la democracia.
Nos presentan las elecciones periódicas como la forma de buscar solución a los problemas. Lo único que resulta cierto es que es en las urnas, cuando se hace con libertad y transparencia, que se puede cambiar de gobernantes o grupo político. La historia reciente nos demuestra que terminamos votando simplemente por el menos malo.
Se trata de un espejismo patético: acudimos puntualmente a las urnas, pero al final del día vemos que sí, que cambian las caras... pero el poder, la corrupción y la ineficiencia, persisten con el nuevo gobernante y su equipo de trabajo.
El desgaste de la democracia es evidente. Según el último dato que recuerdo del Latinobarómetro, el apoyo a la democracia ha caído a solamente el 52% y a nivel global, un 69% se muestra insatisfecho con los resultados del sistema político. Estas cifras pueden varias de estudio a estudio, pero en todos se observa que el desencanto es muy grande.
Es evidente que se deben promover cambios para combatir a estos enemigos de la democracia. Casi todos los países funcionan con leyes electorales que se hicieron tras los regímenes militares, por lo que cualquier avance parecía suficiente. Las exigencias son superiores ahora y se espera más de los políticos y los partidos.
El narcotráfico y el gran capital juegan ahora cartas de distinta forma. Así que hay que transparentar el financiamiento de las campañas electorales, porque es ahí donde empieza a crecer la corrupción y el sesgo de muchos gobiernos.
Finalmente, hay un problema enorme que ahora brota en torno a casi cualquier actividad humana: la desinformación –aumentada con la llegada de la IA–. Ese mal también golpea campañas electorales e incide en la democracia. Son muchos los enemigos y, lo peor de todo, no se ve acciones contra ninguno de ellos... ¿qué nos espera entonces?
(La columna Enfoque se publica también en la Prensa Gráfica, El Salvador; El Heraldo, Honduras; Listín Diario, República Dominicana; La República, Perú y La Tribuna, Paraguay).