Listas negras

Durante un buen tiempo acostumbré a escribir en las páginas finales de mis agendas un listado de personas a quienes, en un momento de debilidad o genuina amistad

  • Actualizado: 02 de octubre de 2026 a las 00:00

Durante un buen tiempo acostumbré a escribir en las páginas finales de mis agendas un listado de personas a quienes, en un momento de debilidad o genuina amistad, había prestado un libro de mi biblioteca personal. Con buena letra, anotaba el nombre y apellido del afortunado, además del título de la obra y la fecha en que yo le entregaba mi cara posesión. Aunque no era rigurosa como una ficha bibliográfica, mi lista consignaba la información precisa para rastrear la pieza que dejaba “temporalmente” un espacio vacío en mi librero (y enfatizo las comillas).

Desde muy joven había escuchado a mi padre aquella frase: “tonto quien presta un libro y más tonto quien lo devuelve”, pero, como todo buen hijo que desafía la experiencia y consejos de sus progenitores, me había propuesto demostrar lo contrario: que no era cierto que las personas no retornaran volúmenes, que quienes recibían los textos de mis manos eran “esencialmente buenos” y que no había que asumirlos como perdidos desde que abandonaban mis manos. Criado en medio de responsables de bibliotecas, hemerotecas y archivos, y ferviente amante de los libros, siempre creí que ningún individuo que se asumiera como un “ávido lector” podría olvidar devolver uno a un generoso amigo. Sencillamente, no me cabía en la cabeza.

A pesar de mi confianza en los demás, bauticé a mi registro informal de préstamos como “la lista negra”, conjurando de manera anticipada las posibles malas intenciones de algún desalmado o el olvido de un despistado. Entonces desconocía que ilustres como Anatole France y Jorge Luis Borges habían legado frases que desaconsejaban desprenderse de tomos impresos, precisamente porque habían vivido en carne propia que estos nunca retornaban y que, por ello, mejor era regalarlos de una sola vez; así se preparaban para perder un libro, mas no un amigo.

Una antología de César Vallejo, otra de Pablo Neruda, la colección de historietas cómicas (“paquines”) de mi infancia, varios tomos de Sherlock Holmes, un par de obras de Hermann Hesse, la introducción a la Historia del Derecho mexicano de G. F. Margadant, por citar algunas, son piezas de mi biblioteca personal que ya considero “pérdidas totales”, bien porque sus receptores nunca las retornaron o porque una inundación, viaje o mudanza las hizo irrecuperables. La no devolución más peculiar es la de “El hombre mediocre” (J. Ingenieros), que perdí por desprenderme de él sin reparar en las “virtudes” de quién lo pedía prestado. Valga decir que, cuando organizaba los libros que dejaron tras de sí mi abuelo y mi padre, encontré algunos que tenían el nombre de sus originales dueños, pero no pude devolverlos porque estos ya habían pasado “en cuerpo y alma” a bajas del inventario terrenal.La pregunta es obligada: ¿tengo yo libros que me han prestado y no he devuelto? Sí, hay un par, los que, por cierto, me brindan la excusa perfecta para tachar nombres de otra lista más pesada y no por ello menos incómoda: la de los cafés pendientes (que no se cansan de recordarme -cuando pueden- quienes la ocupan).

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