¿Le deben o le temen?

En Honduras, la justicia es un decorado de cartón que se desploma o se levanta según sople el viento o convenga a los cálculos de los dueños”

  • Actualizado: 03 de agosto de 2026 a las 00:00

Este país, tiene una geografía moral que no se mide en los 112 492 km² de cartografía tradicional, sino en la inclinación de las espinas dorsales. Así es Honduras, que en este tramo de su historia contemporánea se ha convertido en el teatro de una coreografía tan obscena como predecible: el arte rastrero de la flexibilidad.Después de cuatro años, presenciamos el retorno del hombre que un día cruzó este cielo de pálido azul, encadenado, rumbo a los calabozos imperiales, señalado por los tribunales de Nueva York como el eje de una maquinaria que inundó de droga las calles del norte.

El hombre no volvió como consecuencia de una reivindicación judicial sobre los hechos que marcaron su condena, sino tras una decisión de clemencia presidencial adoptada en los Estados Unidos que extinguió la pena que cumplía. Ese acto jurídico, plenamente válido dentro de aquel ordenamiento, modificó su situación penal, pero no reescribió la historia ni deshizo los hechos que durante años estremecieron a Honduras. Su regreso devolvió al trópico no solo a un hombre, sino también al fantasma de un poder que nunca terminó de expirar en el negocio de los lisonjeros locales.

A su regreso, la escena nacional se reacomodó en una legión de especímenes formados en las artes oscuras del oportunismo político, para hacer fila y besar el anillo del caudillo del Partido Nacional. En este despliegue de bajeza, los zalameros de siempre y los nuevos -políticos de la vieja guardia, opinadores de la gran prensa que antes redactaban excomuniones morales, empresarios de maletín y hasta rostros de una oposición domesticada que condena en público y negocia en privado- compiten hoy por exhibir la obediencia más rancia.Habrá quienes sostengan que toda rectificación merece celebrarse. Y ciertamente, reconocer un error es una virtud democrática cuando nace de la conciencia. Pero otra cosa muy distinta es la conveniencia de quienes nunca rectifican convicciones, sino intereses. No estamos viendo a ciudadanos que, con honestidad realizaron un ejercicio de autocrítica, sino un cálculo político que cambia cada vez que se modifica el equilibrio de fuerzas.

Esta masa de aduladores sabe perfectamente quién es el hombre al que le deben favores o al que le temen por la memoria de su poder. Por ello, el cinismo institucionalizado supera con creces la miseria material del pueblo que los padece. Prefieren el vasallaje ante al regreso del jefe en lugar de arriesgar sus cuotas en las estructuras partidarias nacidas, crecidas y amamantadas a la sombra del mismo poder autoritario.

Más allá de estos serviles, están las ratas que, con olfato infalible, un día abandonaron el barco cuando el líder cayó en desgracia procesal en Manhattan, temerosas de que el naufragio arrastrara sus propias cuentas y privilegios. Hoy, amparadas bajo las cloacas de una impunidad perpetua, asoman nuevamente sus uñas desde las madrigueras para regresar a este “país de las maravillas”.

En Honduras, la justicia es un decorado de cartón que se desploma o se levanta según sople el viento o convenga a los cálculos de los dueños. Aquí, las cartas de libertad se exhiben como naipes en las ferias de la impunidad, en medio de una epidemia de amnesia colectiva. El regreso de Juan Orlando Hernández no representa únicamente el retorno de un individuo; constituye la radiografía descarnada de un Estado donde la dignidad fue hipotecada hace décadas y donde el poder continúa sosteniéndose sobre el andamiaje de los serviles.

Al final, la tragedia hondureña no termina en el retorno de los fantasmas del pasado ni en quienes hoy vuelven a arrastrarse ante el poder recobrado. La verdadera calamidad está en la normalización de las bisagras políticas que se doblan. Porque una democracia necesita ciudadanos capaces de reconocer sus errores; lo que no puede permitirse es una clase dirigente incapaz de distinguir entre la lealtad a los principios y la obediencia al poder.

Mientras tanto, Juan Orlando Hernández desayuna su plato típico; inquebrantable y vertical, sostenido sobre los dos únicos pilares que garantizan la longevidad de los caudillos tropicales: una arquitectura política donde todavía demasiadas personas le deben algo o le temen.

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